Tardes bajo el monte Aratz

Otro año más Iduia, un pequeño barrio de Araia, nos ha recibido como cada año para darnos cita a cuantos hemos querido disfrutar de una tarde de deporte, chavalería y momentos entrañables junto con viejas caras conocidas y grandes amigos. Grandes amigos sí, pero en cuanto se da la salida a la carrera de 7,5 km. a las 17,00 horas, nadie cede el paso por ceder al que viene bufando por atrás. El que quiere cruzar la meta dignamente se lo tiene que sudar porque la prueba es tan importante para cada uno de los que nos reunimos que cualquiera diría que algún premio millonario nos espera tras cruzar la meta. Millonario quizás no pero milenario sí, si no que partan el queso de Idiazabal o hagan una tortilla con las patatas de la llanada que sólo el primero clasificado tiene el honor de recibir. Además de la carrera a pie el que se apunta a la prueba de bici porque con los 7,5 km. recién se le acaban de abrir los pulmones, ya pasa a otro listón, el del duatlón, y al primero y la primera, cómo no, en la meta le espera el aplauso del público y la patatada. Para finalizar la prueba, la carrera de los txikis va tomando tanto arraigo y es de suponer que en un futuro cercano podamos ver a grandes campeones que seguramente optarán a premios con más glamur que la rica patata o el queso de oveja latxa. Mucho tendrán que sudar todavía, me temo.
Después de la entrega de premios nos esperan en las mesas del jardín las viandas y la bebida que cada uno buenamente se ha encargado de traer. Es entonces cuando se pasa el ratico entrañable con la gente que ha acudido a la cita un año más. Algunos es la primera vez que vienen, seguramente atraídos por el boca a boca y se nota porque no paran de moverla engullendo a diestro y siniestro los ricos y variados bocados que con tanto mimo se han preparado para la ocasión.
Este año el frío reinante también abría la boca y nos mordía a cada uno de los presentes con apetito voraz.
En definitiva, las fiestas de este barrio son un buen reclamo para animar a aquéllos que por timidez o miedo a las pruebas deportivas de alto nivel y compromiso se queden sin dar ese paso para acudir a la cita. No importa que no se sea profesional, el caso es participar y si llegas a la meta seguro que un aplauso recibirás.
Pronto tendré las clasificaciones y quizás podamos hablar de algún nuevo récor, aunque sea el de botellas vacías tras la merienda. Un saludo a todos los que han tomado parte en esta fiesta.

Ánimos desde casa

Poco a poco las noticias vuelan desde las altas montañas y los grupos que andan inmersos en el ataque a cumbre son ya menos porque por diferentes motivos algunos han dado por culminada su expedición. Es el caso de la expedición alavesa de los Oscar, Txasti y Jesús. Al parecer, el hielo brillante que colgaba de la cumbre no les ha motivado mucho al cuarteto, la climatología estaba empeorando y los partes dan mínimo cuatro días de mal tiempo. Por todo esto y por el cansancio acumulado en la preparación de la ruta están pensando volver a casa. No queda otra que desearles un feliz regreso y mandarles ánimos que seguro no les faltarán.
El que tiene un mérito que se lo pisa es Juanito que sigue oliendo la cota ochomil como nadie. Tan acostumbrado com está a jugar al mus no es de los que sueltan el órdago a la primera, con esa misma filosofía ha jugado en el Xixa y se ha llevado una cima que supera la cuota ochomil y que no desmerece en absoluto el reto que se planteaba. Teniendo en cuenta que los angelitos que revolotearon por su cabeza en el 2004 cuando regresaba del K 2 y trataron de persuadirle que a partir de ese momento fuera pensando en paseos, zambullidas en el sofá de casa, familia y las partidas después de comer con los amigos, es evidente que no sabían con quién estaban tratando.
Los que sí estarán concentrados al máximo son Mikel, Juan y Alberto. No es de extrañar después del susto vivido. Sin embargo, ahora tienen la ventaja de conocer cómo deben moverse en esa ruta en donde nada más comenzar a nevar tienen que haberse adelantado y ser capaces de ver este fenómeno desde el campo base. Pero lo normal es que la nieve no les vaya a ahogar la fiesta ahora. Siendo así, les puedo ver muy altos en esa ruta, tan altos que muy probablemente puedan conseguir el objetivo porque se les ve con muchas ganas y todos sabemos de sobra de lo que son capaces. Desde gasteiz les mando toda la fuerza y suerte.

Las montañas no están solas

Ni mucho menos. Estos días hay un movimiento por las altas cumbres del Himalaya que nos cuesta seguir a todos los que intentan culminar el objetivo que se han marcado: conseguir la cima y regresar para contarlo. Hemos recibido la grata noticia de que Estitxu junto con Gorri han ascendido al Cho Oyu, siendo ésta la primera alavesa que consigue un ochomil. Enhorabuena.
Desde estas líneas quiero felicitar a Txasti, Jesús, Oscar y el cuarto de a bordo que no recuerdo su nombre. Me imagino la ilusión que le pondrán a la actividad que están haciendo, sabiendo que para la mayoría es la primera vez que intentan coronar un ochomil y además, ¡vaya ochomil!, pedazo de corredor mantenido que tiene que dejar los gemelicos a punto de cualquier cosa. Por lo que he podido saber por las noticias que se van filtrando por ahí, han colocado ellos la cuerda fija hasta que se les ha acabado. Me parece un acierto buscar seguridad. A cambio se desgastarán más con el árduo trabajo que resulta el montage de las cuerdas. Y además, siendo la primera vez que se ponen delante de uno de los ochomiles, cuantos menos sustos mejor. Más adelante, cuando estén más curtidos para realizar estas tareas ellos mismos ya tendrán tiempo de poner en práctica otros estilos y con el tiempo decidir cuál les va mejor. Eso sí, no quisiera que se vayan a la vida facil y utilizar otros recursos de adinerados y comodones: llámese acompañarse de la sherpada, el oxígeno o aclimatación a pie de Txozna. A ver qué tal les sale la última parte del corredor. Ojalá que disfruten porque la ruta se presta a ello.
En la otra vertiente de la misma montaña anda también Juanito tramando algo. Al parecer, va a hacer gau pasa este sábado y el hamarretako se lo va a pegar en la cima de su veintinosecuántos ochomil. Suerte también desde Gasteiz.
Y cómo no, a Juan, Alberto y Mikel, ojalá no se les agoten las fuerzas para que el pedazo paredón que están escalando vaya quedando bajo sus pies.
Se me olvidaba que está también Edurne y su grupo. ¡Qué puedo decir que no se sepa! Ferrán y Alex ya han ascendido la montaña, quizás Asier también. Sin duda es una gran ventaja que les hará las cosas más fáciles y además la cuadrilla de Txasti se sentirá arropada porque siempre es una ventaja estar acompañados de calidad técnica y humana al lado.
Cambiando de tema, ayer presenté la película del kangchen y aunque todavía la tengo que pulir algo, me quedé contento por ver la respuesta del público: nadie me tiró tomates ni me abuchearon, fuera bromas, conseguí contar la historia pasada y que el público la viviera.

Etapas de aproximación al kangchen

El otoño comienza sin pereza apartando a manotazos los calores que nos han acompañado los pasados meses. Tiempo de vendimias, de recoger patatas, de exprimir las huertas con los últimos regalos del campo y de acercar la leña a las casas. Tiempo de hacer frente a un nuevo curso que cada uno afrontará como mejor pueda y si algún truco del “magialdia” de Vitoria puede ayudar a enfrentarnos con el panorama que tenemos, se agradecerá. Mientras tanto yo me voy al campo de nuevo y os traígo un resumen de las etapas que completan la aproximación al Kangchenjunga. Aquéllos sí que se habrán aplicado bien preparando todo para el largo invierno que cuando regresamos se les echaba encima.

El kangchenjunga vive ya en mí como un recuerdo hermoso al que acudiré con frecuencia para reencontrarme con un universo de aristas y escarpadas cumbres, en donde el lenguaje de los glaciares y nieves perpetuas salpican con su melodía, cada recoveco de toda aquella inmensidad. Allí es precisamente donde se esconden los bellos y sufridos momentos pasados junto a mis compañeros.
Ahora tiro del recuerdo y la añoranza para resumir lo que dio de sí la expedición en la que pretendía ascender a dos de los cinco tesoros: el Yalung Kahn y el Kangchen.
Las etapas que fuimos completando desde que salimos de Kathmandu hasta llegar al campo base, han sido toda una experiencia humana, difícil de olvidar. Se desconecta durante unos días de la realidad que nos invade y nos trasladamos a otros espacios donde sobran las armas que a menudo utilizamos en nuestro territorio cargado de competitividad, envidia y ambición. Las sonrisas de los lugareños, sus miradas nobles y sus quehaceres tan dignos en un mundo elemental y armónico, nos convencen y nos seducen a cada paso.
¡Cómo se disfruta con esa sensación de vacío en el cuerpo! Todo ese lastre de cosas mundanas que tanto nos pesa permite que nuestra piel roce a su antojo con todo este escenario que nos va envolviendo y que nos hace sentirnos parte viva del camino. Parte viva que respira las esencias de la tierra húmeda tras la tormenta y que siente los latidos del bosque donde se guardan todo tipo de aves, reptiles, animales e insectos.
Antes de hacer un resumen de la ascensión describiré las etapas que completan la marcha de aproximación al campo base del Kangchenjunga por la cara oeste:
SUKHETAR-LALIKHARTA
Comenzamos la marcha después de haber asistido al reparto de cargas entre las jóvenes porteadoras y un puñado de hombres. El camino es ancho al principio pero pronto se estrecha hasta convertirse en un agradable sendero por el que caminamos dejándonos llevar cada uno por sus emociones. Bajo el sol, una suave brisa que escapa de las montañas, acaricia nuestros rostros. Algunas vacas ajenas a nuestra presencia destacan en el verdor de los pastizales. Por cada caserío que pasamos las infatigables gallinas pasean a sus anchas. Cabras, conejos y cerdos, se dejan ver por cualquier rincón añadiendo chispa vital a cada casa.
Nada más ver una cuadrilla de chiquillos sentados en un prado haciendo los deberes de la escuela y a otros cargando con sus libros acercándose a sus casas, intuyo que estamos en un pueblo importante, y un letrero lo recuerda. Se trata de Lalicarta: un conjunto de casas de campo ordenadas en el llano de una colina entre el sendero y el borde de la montaña. Hasta aquí la caminata no ha llegado a las tres horas y ya podemos acampar. Estamos a 2149 metros de altitud.
HACIA KANDEBHAYANG
Madrugamos lo justo, o mejor dicho lo que exigen los porteadores que se encargan de llevar entre otras cosas, las tiendas donde dormimos.

El camino nos lleva colina abajo mientras atravesamos los prados cercados que rodean los caseríos que asoman al vacío. Algunos torrentes se suman al caudal del río principal que se abre paso sin que, nada ni nadie, ose detenerlo. El sonido del agua todavía lejano, no consigue aliviar la sensación de bochorno que se prende mientras descendemos. Sólo, cuando un único y escandaloso sonido impregna todo, el de las alocadas aguas, disfrutamos de su frescor y nos hace olvidar la subida que poco después nos espera hasta culminar en el lugar donde finaliza la etapa: Kandebhayang.
Este pueblo nos recibe con un sol que hace que busquemos la sombra en unos diminutos soportales de una casa. El chorro de una fuente cercana nos anima a salir y además de refrescarnos aprovechamos a lavar la camiseta empapada de sudor. El terreno que pisamos nos habla del último aguacero apenas un puñado de horas antes. Es más, el cielo nos pone sobre aviso de que hoy también la lluvia hará acto de presencia. Dos horas después, a pesar de estar reunidos en el comedor compartiendo el té de las cinco, no hay conversación que se atreva a interrumpir al único y sonoro lenguaje de la tormenta.
A NAMANKE
La mañana conserva todavía el frescor de la tierra mojada cuando nos ponemos en marcha, y el sol apenas nos salpica con sus rayos por caminar ocultos bajo inmensas ramas de arbolado. Cuando volvemos a tener el cielo como techo, el paisaje que vemos nos habla de lo que aquí se esconde. Como si el hombre y la naturaleza siguieran a rajatabla un antiguo pacto firmado, así queda a la vista esta simbiosis perfecta entre el hombre y el medio. Por un lado, vemos las inconfundibles terrazas de cultivo que quedan esculpidas por la mano del hombre a lo ancho y alto de algunas laderas. En otras zonas, los fenómenos naturales se encargan, según se les antoje, de hacer su propia obra.
Después de menos de tres horas de caminata hacemos una parada en un caserío para almorzar. De esta forma volvemos a encontrarnos con los porteadores que vienen más tranquilos. Estos ratos de descanso nos sirven para introducirnos efímeramente en las vidas de esta gente. Observamos las herramientas que utilizan y analizándolo bien, no les falta de nada. Es evidente que cada labor que realizan está fuera de nuestro tiempo. La tabla que cortan para construir la casa, la recolección de cosechas en las pendientes, el engorde de los animales… Si aceleraran de repente el proceso de elaboración de las cosas por llegar hasta estos rincones la fiebre del consumismo que hoy día envuelve a la mayoría, el arraigo y el carácter independiente de la gente, se perderían rápidamente. Cada casa, eso sí, tiene su panel o paneles solares.
Después de esta visita continuamos cuando el sol pega más fuerte y el característico traje de humedad y calor nos envuelve por completo. Otra vez entramos en el bosque donde pensamos que iremos frescos, sin embargo, de la tierra sale un vapor cargado de bochorno, como si algunos duendecillos estuvieran haciendo una paella gigante bajo nuestros pies.
A YAMGPUDIN
Entre los que comparten el permiso y los cinco que formamos el grupo, sumamos nueve los expedicionarios. En total vienen con nosotros 70 porteadores. Esta etapa es la antesala a la que será la más dura y que nos colocará a 3000 metros de altitud, en Tortong. Sólo de pensar en el trabajo que tendrán que realizar los porteadores se me pone la piel de gallina. Pero como aquí se trata de vivir el ahora y los lugareños bien que saben de esa filosofía, ahora toca disfrutar con el paseo como al parecer están haciendo ellos.
El terreno se va volviendo más abrupto a medio camino. Los barrancos están ya por cualquier lado, por lo que resulta difícil toparse con aldeas como al principio de la marcha. En las laderas al otro lado del río apenas se ven casas y las que hay nos dejan con la sensación de aislamiento total del mundo. Se trata, más bien, de caseríos donde se dedican a la cría del ganado. Después de un ameno recorrido a media ladera, vigilados en todo momento por los lejanos picos nevados entre los que, oculto entre las nubes estará nuestro Kangchenjunga, una última bajada para cruzar el río y una posterior subida entre sudores, llegamos por fin a Yangpuding.
A TORTONG
Nada más salir de este último pueblo vamos comprobando que está asentado justo en los límites de un terreno en donde la naturaleza es dueña de todo. En definitiva, lo que vamos viendo no hace sino confirmarnos la realidad: los bosques que hemos visto hasta ahora son apenas un aperitivo para lo que viene. Entre rododendros en flor, abedules, fresnos y todo tipo de coníferas vamos elevándonos por los senderos mientras, la humedad y el calor van rindiéndose ante otros aires más secos y frescos que se esconden a partir de los 3000 metros de altitud..
En travesía por una cresta conectamos con otro valle que surge entre la niebla. El sol aparece y se esconde a cada rato, mostrándonos una zona donde se respira la intemperie y los árboles sufren los rigores del clima; muchos de ellos están tendidos y los que quedan de pie adoptan posturas extrañas, como si estuvieran heridos de muerte o implorando clemencia. Los rayos, cómo no, también contribuyen con su huella inconfundible a que esta zona parezca un campo de batalla. De uno de los árboles que se mantiene erguido pero hueco por efecto de un rayo, sale un duende que nos para y nos ofrece tres deseos, se trata de Juanjo Garra con una de sus simpáticas ocurrencias.
Tras un vertiginoso descenso nos introducimos por una de las vaguadas en que queda dividida esta zona; precisamente por donde se abre paso el río que lleva más caudal. Al principio resulta ser un lugar encajonado y sombrío pero a medida que avancemos los próximos días todo se irá ampliando y podremos disfrutar de las impresionantes vistas de los sietemiles y ochomiles que conforman la cadena de los Kangchenjunga. Para cuando llegamos a Tortong hemos completado ocho horas de marcha.
A TSERAN
Las últimas franjas de bosque acompañan nuestro caminar durante unas horas. Después continuamos al margen del río entre inmensas piedras hasta llegar a unas campas de hierba. Un par de cabañas nos indican que ya hemos llegado. Algo más retrasada que nosotros, pero seguro que con más fuerza, llega la lluvia y convierte todo el verde que vemos en un gran charco. Estamos a 4000 metros.
A RANSHE
Esta etapa que nos queda nos llevará a Rantshe donde pasaremos tres noches puesto que la mayoría de los porteadores en este punto darán media vuelta para regresar a sus hogares, por lo que deberemos encontrar un grupo que sea lo suficiente fuerte para encarar las etapas más duras de montaña. Al parecer, es habitual que un grupo reducido de porteadores acabe realizando varios viajes durante más de una semana desde aquí al campo base.
A nuestra derecha, el final de la morrena nos muestra su característico sendero de pedrusco, cascajo, hendiduras y socavones. Un pliegue en el terreno hace de muro de contención a todo ese caos y queda oculto a nuestros ojos mientras recorremos los últimos metros hasta llegar a Ranshe.
RANSHE-CAMPO BASE
Después de tres noches en Ranshe, a 4500 metros, salimos en dirección al glaciar donde pronto pondremos a prueba nuestros tobillos. Antes, nos detenemos en un lugar de ofrendas y oración, Oketeang. Aquí, cada uno de nosotros reza a su manera cualquier plegaria con el fin de que sea escuchada por los dioses que habitan estos lugares. Después de un corto paseo por el glaciar realizamos un campamento entre el hielo y las piedras. De esta forma hacemos que la etapa siguiente no nos deje fuera de combate, sobre todo por la altitud que alcanzaremos cuando lleguemos al campo base, los 5500 metros.

La situación es para protestar

Ya que la boca parece que no quiere cerrarse y está entrando demasiado oxígeno y de esta forma está espabilando a algunos temas adormecidos de los que uno intenta hablar lo mínimo, voy a ver en qué acaba todo esto. Por estas fechas hace unos meses pensaba que podría estar inmerso en alguna expedición y concretamente tenía un objetivo para hacer en solitario y con el único estilo que se puede plantear cuando no se utilizan sherpas ni otras ayudas, llámese alpino o casero. Por dos razones me he tenido que quedar disfrutando de la familia y los amigos, y soportando al enemigo número uno: la crisis. Un motivo que me ha hecho quedarme ha sido haber venido algo tocado de los pies, como sabeis, de la expedición del kangchen. Cuando se tienen este tipo de daños por principios de congelación es conveniente darle tiempo a la recuperación, máxime si lo que se quiere hacer es sin oxígeno y la montaña se acerca a los 9000 metros. El otro motivo es que el día 23 de setiembre tengo que asistir a un juicio por un accidente hace más de dos años y medio cuando iba de Vitoria hacia Urkiola. Un energúmeno me embistió en mi carril en un cambio rasante, por supuesto línea contínua, que hay antes de llegar al alto de Urkiola desde Vitoria. Iría a unos 130 km/h y yo a no más de 50. Si no llego a ir en mi furgón carrozado, mi herramienta de trabajo y en su lugar hubiera usado cualquier coche estaría escribiendo ahora desde ultratumba. Y si pensamos en cualquier familia que se hubiera encontrado con ese demonio, la tragedia habría sido gorda. Lo que viene después de un accidente como este en donde uno agradece estar vivo, son los siete largos meses de convalecencia y para un autónomo del transporte como yo, la lucha para volver a salir al ruedo comprando un nuevo vehículo, alquilando otro durante cuatro meses y contratando un chófer, amén de una expedición que tenía programada para ese año y que por el motivo que tuve que apearme, a uno le jode. Por no hablar de las secuelas, esos duendes invisibles que aparecen cuando menos te lo esperas y te recuerdan el fatídico día.
He hablado de dos razones por las que este año por estas fechas no voy a ninguna expedición pero quizás, haya una tercera razón también que de no haber interferido las dos primeras habría sido difícil de sortear: nunca he ido a más de una expedición en un año, me echarían de casa.
Ya que he sacado el tema de mi trabajo cotidiano a parte de los garbeos por el monte, quiero alentar a todos los autónomos de mi gremio, el transporte, que sé por experiencia que lo están pasando terriblemente mal. Un transportista para poder rular aunque sea tres horas a la semana tiene que pagar a todo bicho viviente que tiene que ver con este gremio: seguros, impuestos, créditos etc, mientras la herramienta de trabajo sin usarse apenas se está devaluando. Una ruina, de verdad. Por poner un ejemplo, ¿cómo las aseguradoras pueden tener la cara de seguir subiendo los seguros cuando se trabaja mucho menos de la mitad cuando se trata de autónomos pequeños? Es realmente grotesco. Desde esta ventana quiero acabar este artículo solidarizándome con todos los que lo están pasando mal y que no pierdan la motivación de seguir hacia adelante.

Con la boca pequeña

Asomo a esta ventana con intención de romper el silencio que quedó congelado tras la expedición pasada. Todos estos calores de este verano parece que han conseguido que la palabra siga fluída por los conductos de las comunicaciones, aunque la idea no sea más que saludar a los que estuvísteis pendientes de la actividad pasada. Saludar y ya de paso comentaros que pronto tendré preparado el audiovisual que próximamente iré mostrando en los lugares que se me vaya pidiendo. A pesar de tener la película y el guión en la mente, se requiere de una habilidad especial para poder ir haciendo el audiovisual y que el enfoque, la música y la narración vayan hilvanándose, apartado que a mí me queda grande, por lo que de la mano de Álvaro, técnico de “Sonora Estudios”, es seguro que algo interesante saldrá.
Como habréis podido ver, el pasado 1 de agosto se cumplió el primer año de mi ascensión en solitario al k 2. Por ese motivo, y sobre todo como homenaje hacia las personas que ese día perdieron la vida en esa montaña, he querido compartir con los que siguen esta página lo que dio de sí aquella expedición. Un saludo a todos y ya iremos comentando algo, de montaña, del tiempo o de la vida misma.

Recordando el K2 3a parte

“En realidad me voy porque tengo en mi ciudad un asunto entre manos que me está llamando. Bueno, en realidad son dos asuntos, espero que llegue a tiempo y pueda atenderlos. Ya me entendéis, me esperan un par de chiquitas que están como para untar”, nos dice con tono socarrón.

“¿Pero cómo le has dejado sólo a Jorge? “, le pregunta Martín.

“¿Solo dices? Pero si está con su novia y no me hace ni caso. Así que mira, me voy, para el servicio que le hago y para lo que estoy sufriendo en este arisco lugar, lo mejor es ir a caer en brazos de mis amigas
”, concluye mientras levanta el plato para servirse un cazo más de alubias.

Su manera de contar las historias y los temas que saca sin parar, no tienen desperdicio. No duda en seguir con su repertorio por lo que la sobremesa resulta entretenida. La risa, el vino que descorchamos y el humor que no falta ayudan a digerir las alubias que hemos comido.

Éste es un figura”, dice Aitor que ha venido hace poco junto con Lina del monte. En la mesa también está Miguel, un compañero de Martín que se había quedado desde hace unos días compartiendo Expedición con un grupo internacional. Ha estado toda la mañana en el portátil mandando informes por internet y resolviendo temas de la empresa donde es gerente. Pedazo de empresa por lo que nos ha contado. Y aquí está. Ha aparcado la corbata que le ahogaba, se ha dejado la barba y ha simplificado su idioma a la mínima expresión. Habla el lenguaje del Baltoro, no necesita mucho más aquí.
A veces incluso una mirada o una sonrisa son suficientes para expresar lo que uno siente. Aquí nadie te pide cuentas. Uno mismo es el que a veces mira su interior y comienza a ver la película de su vida, resultando en algunos casos un traje hecho a la medida. Por lo general se trata de retales que se van adhiriendo al monstruo, al ángel o bicho que va creciendo dentro. Nunca es tarde para una enmienda, para poner un parche que tape una fisura e incluso para descoser de arriba abajo la vestimenta porque dista mucho de lo que queremos.
Afuera la montaña es un nuevo paño con el que intentaremos adornar nuestras vivencias. Ella será en todo caso la que nos pida cuentas cuando estemos en plena faena para intentar ascenderla.
El día catorce de Julio también es un día de descanso y lo dedicamos a los quehaceres cotidianos que no hay que descuidar: hacer la colada, escribir, leer y compartir los alimentos, alegrías y las ocurrencias de cada uno.
Nuestro campamento vuelve a ser hoy un lugar de peregrinación de cantidad de gente de otras expediciones. Estamos contentos por la capacidad que tenemos de hacer “amigos”. Ahora bien, no sé qué sería si nuestro generador dejara de funcionar. También somos conscientes que los días de cima se aproximan y algo han debido ver en nosotros que se preocupan de los movimientos que tenemos pensado.

¿Será el oxígeno y la fuerza que nos aporta soplar de las botellas de Magnum Covila o Marqués de Riscal? ¿O será el ambientillo que se respira en nuestro campo base alejado de los barullos de los demás campamentos?

Por la noche ponemos en marcha la sesión de cine y nos tragamos una película de tres horas: esa de los vaqueros homosexuales. No sabemos la impresión que puede dar este tipo de películas en los lugareños. El oficial y los lugareños además de sonreír, no parecen desconcertados. Después, dejamos las praderas y los paisajes del cine y trastabillamos al caminar entre las piedras heladas que nos llevan hasta la tienda.
Nos volvemos a echar de brazos a la noche para imitar el dormir de la marmota que sólo sale de la cueva cuando el hambre aprieta.

Con el descanso de hoy me empiezo a sentir pletórico para salir de nuevo a la montaña: La única duda que tengo es si estoy ya en perfectas condiciones como para llevar a cabo un ataque a cima o no. Sin embargo, Lina y Aitor llevan un día menos de descanso por lo que tengo que retener el ímpetu que me está animando. Por otro lado, resulta normal que me encuentre con ganas de acción, dos montañas están ahí esperándome y no tengo todavía claro qué tipo de partida voy a jugar.
No he visto ni tan siquiera las cartas que tengo. Todavía hoy, no sé cómo voy a poder hacer caso a las dos montañas. Si en la siguiente salida no voy hacia la cumbre del Broad, será necesaria otra subida más y luego, con cima o sin cima, ya veremos cómo hago para subir el más grande. Lo que sí está claro que los dedos de los pies tanto bajar sobre todo, van a sufrir mucho.
Por la tarde, cuando ya estoy sobrellevando el descanso con ganas, recibimos la visita de Miguel que viene dispuesto a alborotar nuestro gallinero:

“Buenas tardes tengan ustedes, ¿estáis todos y todas? Pues entonces empiezo: el día 17 es con casi el noventa por ciento de posibilidades, un día de cumbre. El parte meteorológico que tengo es fidedigno, y añade además que al día siguiente hará un día pésimo, de perros para que me entendáis, por lo que sólo nos da un día de margen para maniobrar.”

“Esto quiere decir que de querer pillar el día de cumbre con acierto habría que salir como quien dice ya”,
digo asimilando la situación.

Algo así tiene que ser, si no se va a poner difícil otra oportunidad, por lo menos para mí, puesto que en cinco días tendría que estar saliendo de aquí. Además el mal tiempo parece que va a durar”, nos informa Miguel.

Siendo así las cosas, con la luna llena como compañera nocturna, Martín. Lina y yo salimos a las once de la noche con intención de llegar mañana al campo 3. Miguel y Aitor se deciden a salir en la tarde mismo para estar en la madrugada en el campo 2 y continuar al campo 3 en la mañana.

A estas horas no hay un alma que deambule por el glaciar, ni ninguna sombra ni luz que “manche” la claridad de la nieve. Sólo nos acompaña la luna y el sonido del hielo cuando lo mordemos con los crampones. En la primera canal de hielo hacemos uso de las frontales ya que queda encajonada en las faldas de la montaña y para aprovecharnos de la luz nocturna debemos remontar estos pliegues inferiores. Sí podemos oír en cambio, el estruendo ensordecedor que provoca una caída de seracs por encima. Y cómo no, ver abalanzarse una enorme masa blanca de bloques que van arrastrando todo a su paso hasta convertirse en glaciar.
Es tan grande la masa que a pesar de estar a resguardo por no coincidir con la ruta, sentimos el rebufo que nos envuelve en una neblina blanca que nos deja helados. Esto nos hace aumentar el ritmo para hacer frente a este repentino cambio de tiempo.

Lo malo de salir tan temprano es que durante casi toda la ascensión no podremos hacer apenas paradas porque no se aguanta el frio que nos envuelve y va en aumento según vamos ganando metros en la ruta.

A mitad de camino entre el campo 1 y el 2 amanece inyectando nuevas dosis de gélido ambiente en nuestros cuerpos. Echamos de menos los monos de plumas que tenemos en el campo 3. Con los cuerpos retorcidos y con el semblante asustado llegamos al campo 2, donde están el resto de componentes del grupo que habían salido ayer para seguir aclimatando. Así que las dos tiendas están abarrotadas y en estos momentos es lo mejor para recuperar el calor perdido.
Cuatro horas después salimos de este campo Lina, Aitor y yo. Martín ha preferido salir antes junto con Miguel y el resto de nuestros compañeros: Diego, Santi y Alfredo, cuyo fin es llegar al campo 3 y dormir para culminar la aclimatación.
En este tramo disfrutamos del sol y las vistas que nuestra posición en la montaña nos regala. Nuestros pasos cansados y la escasez de oxígeno nos avisan que estamos ya a 7000 metros. Cuando adivinamos que ya no falta mucho hacemos una parada para comer los espaguetis que Manssur nos ha preparado. La parada es obligatoria puesto que el sueño y el cansancio nos han dejado vacíos. De esta forma, llegamos tarde pero más presentables de aspecto a la reunión que tiene lugar en la azotea del Broad Peack. Apenas faltan dos horas y la sombra se echa sobre nosotros, como si fuera una manta helada. Así que después de saludar y escuchar los planes que tienen Miguel y Martín me meto en la tienda.

“Todavía no hemos quedado cómo vamos a hacer. Tengo que hablar con Babanov y su compañero de cordada. El portugués Joao, una coreana y una francesa también se unirán a nosotros, además de dos rusos, en total seremos nueve los que estaremos para ir abriendo la huella”, me dice Martín.

Yo ya les he informado que ni Lina ni Aitor van a salir en el ataque. Con la aclimatación justa y la paliza que les ha supuesto, salir del campo base hasta el campo 3, han dejado que el cuerpo se exprese sin tapujos: nada de salir con estas “pintas de piltrafas humanas” a la cima. Así no pueden ni engañarse a sí mismos y esconderse entre los demás. Yo mismo estoy “tocado” por el cansancio, sin embargo soy optimista y creo que en cuanto vaya ascendiendo y el día comience a mostrar lo que se espera de él: sin viento, sin nubes y con sol, sentiré el empujón –hacia arriba- que necesito.
Ya oigo afuera la voz de Miguel comandando la estrategia a seguir mañana.

Alberto, mañana hemos quedado a salir a las tres de la mañana”, y tras desearnos buenas noches, cada uno se recoge en sus tiendas y se encierra en su mundo. A mi lado Aitor ha caído en un sueño profundo y por el tono de la respiración se ha despedido hasta mañana. Gracias a que Lina no ha dejado de hacer agua y ha preparado un piqueo antes de que el sueño acabe por vencerme, me atrevo a pensar en que mañana pueda albergar alguna posibilidad de hollar la cumbre. Estoy cansado pero a la vez inquieto por lo que me espera. Cuando miro el reloj ya son las diez de la noche, por lo que apenas voy a tener cuatro horas para dormir. Esto es poquísimo, si tenemos en cuenta que la noche pasada no dormí nada por haberla dedicado a llegar hasta aquí. Estoy tan a gusto en el saco que no me apetece verme junto con un grupo tan temprano abriendo huella y además a un ritmo que para mí será demasiado lento. Pronto me decido y ya sé lo que voy a hacer. Cuando Miguel toca a mi “puerta” para despertarme, le digo:
Id saliendo vosotros que yo quiero dormir un poco más”. Media vuelta y a seguir buceando dentro del saco. Sin embargo, saber que el grupo de ocho en bloque caminan ya hacia la cima no me deja indiferente y me inquieta, me acelera el pulso, me hace que me pregunte ¿qué hago yo aquí tumbado? En fin, no me deja conciliar el sueño y cuando la primera claridad aparece tengo que asomar el gaznate fuera de la tienda para ver cómo anda el grupo. Llevan casi tres horas desde que han salido y todavía se ven próximos. Me puedo hacer idea de lo laborioso que se les está haciendo abrir la huella. Algo me dice que me tengo que decidir porque el tiempo empieza a correr en mi contra.
A las siete de la mañana me pongo en movimiento con el objetivo de alcanzar al grupo de cabeza y ayudar a abrir la huella. Voy a un buen ritmo por lo que pronto adelanto a dos rusos y me voy acercando a los de cabeza. El frío del amanecer parece que sigue en aumento durante un par de horas ya que el sol está entretenido en el k 2. Del hermano pequeño no se acuerda todavía, así que miro con envidia todo ese espacio que está bañado por el sol. Para colmo, comienzo a notar un ligero dolor de cabeza que me obliga a ir más despacio e incluso me quita las ganas de acoplarme al grupo que abre la huella. Soy consciente de que si les doy caza se van a apartar de la huella para obsequiarme amablemente con la invitación de ir de primero. Además he dormido cuatro horas más que ellos Y si les digo: “no, gracias, agradezco vuestra deferencia, no es necesario que os molestéis por mí”. Ellos seguramente no me dirían nada pero las miradas de todos se me clavarían como dardos. Y si les digo la realidad: “no, no puedo porque me duele la cabeza”. Seguramente me habrían acogido a la cola del grupo y entonces me tocaría llenarme de paciencia para sobrellevar atrás el pausado ritmo de abrir la huella. Según lo que estoy observando, no dispondría de la paciencia necesaria que requiere el momento. Sólo de pensar que me tocaría padecer durante tantas horas la jaqueca, me obliga a planteármelo. Así que me quedo sentado en la nieve esperando a ese sol que no acaba de llegar y cómo no esperando a que mi cabeza se reponga. Los dos rusos me vuelven a adelantar y se interesan por mí, ya que me ven sentado encima de la nieve.

Mal menor, se pasará en cuanto baje al campo 3”, les digo.

A lo que uno me responde que quizás con un par de pastillas la cosa marche mejor. “La verdad es que ya he perdido hasta las ganas para seguir, a ver si tenéis suerte vosotros y lo conseguís”, les digo despidiéndome de ellos.

Mientras voy descendiendo miro hacia arriba para observar los avances del grupo. Cada paso que me aleja de ellos es como si bajo mis pies arrastrara una pesada losa, como si en cualquier momento, en este paso o en el siguiente, el dolor de cabeza pudiera desaparecer y la decisión de abandonar la ascensión, quedara truncada y de nuevo el objetivo volviera a ser el del principio: la cumbre del Broad Peak.

Ya en la tienda del campo 3, me tumbo un rato y en cuanto me quito el gorro que me aprieta, el dolor de cabeza desaparece repentinamente. Después aprovecho a poner orden y a dejar todo preparado para “la próxima vez que venga”. Resignado y pletórico de fuerzas comienzo a descender puesto que mañana habrá un cambio repentino de tiempo y aquí ya no pinto nada. Hay mucha gente que sube hacia el campo 3. Son todos aquellos que salieron el mismo día que nosotros pero que ni en sus planes ni en sus posibilidades estaba superar tres campamentos en un día. Por lo tanto tendrán que rezar para que las predicciones estén equivocadas y mañana vuelva a hacer buen tiempo. Si es así, lo tendrán más fácil ya que encontrarán la huella abierta. En mi caso, esta es de esas veces en la que confío plenamente en la meteorología anunciada. ¡Qué más me hubiera gustado a mí pensar lo contrario!
Durante el descenso me encuentro con Lina y Aitor que están en el campo 2. Los tres seguimos camino del campamento base con la satisfacción al menos, de haber culminado la aclimatación para un definitivo ataque a cima.
Desde que llegamos hasta que nos dan la noticia de que Miguel y Martín junto con otras tres personas han llegado a la cima, han pasado unas horas. La hora de llegada ha sido minutos ante de anochecer. Al parecer parte de la noche se va a mantener estrellada, por lo que el descenso no será problemático para ellos.

Así que debo mantener el tipo ante la cruda realidad: todavía me esperan los dos objetivos y tengo que estar animado para cuando llegue el momento y esperemos que sea pronto. En la noche estamos todos cansados agarrándonos a una última taza de té antes de caer en el saco.
Por la mañana las nubes revolotean por el Broad Peak y a media mañana somos nosotros los que nos movemos dentro de una única nube que dispara lluvia y granizo. A ratos surge un claro que es como una puerta de entrada para ver lo que se esconde en el interior. Todo el mobiliario de una gran borrasca se va descargando en el Broad. El K 2 no existe. Antes de que la puerta quede sellada a cal y canto, divisamos en las lomas entre el campo 3 al campo 2 un rosario de gente que desciende, valga la expresión, con una mano delante y otra detrás. O lo que es lo mismo, con la sensación de venirse de vacío tras el esfuerzo derrochado.
Es precisamente en estos momentos en los que uno debe asumir la derrota y cargar con ella. Hay que bajarla al igual que se hace con la basura que generamos en la montaña. Ya en el campo base podemos reciclar ese fracaso y sacar lo que puede ser aprovechado para más adelante.
Al atardecer llegan Miguel y Martín con el peso del cansancio y la alegría, un peso que en vez de tirar de ellos hacia el suelo, les hace flotar en una nube de satisfacción que invade cada rincón del campamento. Los dos vienen atragantados de sensaciones que rebosan júbilo y quieren que les ayudemos a digerir la brillante ascensión que han logrado, primera de este año.
Nos van explicando al detalle cada situación dura que han vivido como si de una batalla se tratara y que en algunos momentos, la idea de abandonar les ha rondado por la mente. Según nos comentan durante toda la ascensión han tenido diferentes criterios y eso mismo les ha llevado hasta la cumbre.

Cuando uno de los dos proponía lo sensato que sería darse la vuelta, el otro no estaba de acuerdo y viceversa”, nos cuenta Martín.

Lo mismo que a veces, un grito e incluso una torta es aceptable darle al compañero para que descienda cuando lo da todo por perdido bajando de la cumbre, es saludable incentivar al compañero para que suba cuando la montaña le detiene. Ofrecerle bebida, buenas palabras y estar junto a la persona unos minutos, a veces tiene un efecto inmediato. Insistir demasiado no es recomendable. Por supuesto, este tema de estimular al compañero para que suba o baje, dependerá de los fregados en los que se hayan visto para saber con certeza si merece la pena insistir o no.
Por la noche hay una borrachera de fotos robadas en los momentos en que la montaña no podía estar más hermosa. Fotos que parecen cobrar vida al ver en el ordenador a Martín señalar la arista cimera con la expresión misma que luego vemos en la foto de cumbre que nos muestra. Nos va describiendo las vivencias del último tramo, de la cumbre secundaria a la principal y a mí se me ponen los pelos de punta al escucharle. Quiero estar allí y ver toda esa hermosura, siento con sana envidia.

Increíble de verdad, la última rampa a las horas que hemos llegado, nada aconsejables por cierto, era impresionante. El paisaje, el abismo a ambos lados, Miguel a mi lado mostrándome la felicidad que yo mismo disfrutaba. En fin, tenéis que conseguirlo la próxima vez. Ánimo”.

Nos cuenta también lo mucho que les ha costado abrir la huella y lo difícil que era repartirse el trabajo todos por igual. Aquí es Miguel el que narra la experiencia:

Martín ha sido el verdadero artífice del éxito conseguido. Ha abierto huella como un titán. Hemos visto sufrir a Babanov como un condenado, encorvado, buscando aire a base de resoplidos, igual que yo. Las chicas han empezado animadas pero enseguida le han invitado a Martín”.

Hay que decir que Miguel ha abierto un buen tramo al principio y luego ha pagado con una buena pájara su ofrecimiento”, reconoce Martín el buen trabajo de su compañero.

Será difícil olvidar la alegría que muestran los dos recién venidos de la montaña, su entusiasmo y sus ganas de repetir con nosotros esos momentos intensos vividos, que en una buena parte hemos compartido.
Para cuando vamos a dormir, la nieve ha cuajado en el campamento y es evidente que por encima de nosotros se ha instalado una borrasca de cuidado. Esperemos, que como nómadas que son estos fenómenos atmosféricos, se cansen pronto de este lugar y caminen con viento fresco hacia otro valle.
Por la mañana tenemos visita de los franceses con los que cada día nos entendemos mejor. No todo lo que mal empieza acaba peor. En este caso, los dos grupos nos hemos dado cuenta de que estamos muy a gusto charlando o compartiendo uno de los aperitivos a los que el ocio nos predispone. Lo malo es que la obsesión por la climatología y las previsiones van a ir ocupando más protagonismo cada vez.
Es curioso lo que afecta el mal tiempo al humor en las expediciones cuando se está preparado para salir a la cumbre. Máxime si se tiene la misma cantinela durante varios días, como resulta ser el caso. Todo el mundo es consciente de que si nieva muy seguido, la montaña se “carga” y se hace en algunos tramos, peligrosa y engorrosa. Es por eso que la mayoría de la gente va perdiendo seguridad en sí misma, se pone nerviosa y se llena de dudas respecto a cuándo salir. Por eso se recurre a refugiarse en otros grupos con el afán de equilibrar fuerzas que superen esta carencia que tenemos. Los contrincantes son los mismos: la montaña y el ser humano. La montaña a pesar de los cambios y condiciones que pueda tener, es la misma. El sol, las heladas y el viento van moldeando a su antojo toda la nieve que se va depositando en la montaña.
Los “sobrantes” caen por su propio peso y el resto siempre está en continuo cambio; cada día, cada hora. Ante toda esta exhibición de poderío, nos sentimos diminutos y nos convencemos de que cuantos más escaladores sumen fuerzas, más fácilmente la montaña acabará superada, vencida, en términos de guerra. Así funcionamos en las expediciones donde se junta mucha gente de diversos países.
Y si para colmo después de cinco días de mal tiempo seguido como nos está pasando, viene un sexto y un séptimo, y además los meteorólogos a los que pedimos auxilio nos dicen que el buen tiempo no existe a corto plazo, la cosa se pone como la estamos viviendo ahora: días de pateos, visitas y de cine nocturno en el portátil. Mientras siga así, no está nada mal.
Hemos oído que del campamento del K 2 han ido haciendo las maletas los que ya no podían esperar más. Los guías franceses se han esfumado antes de volverse locos. Jorge Egotxeaga de su ciudad en Oviedopasó a despedirse hace dos días puesto que debía entrar a trabajar en el hospital el día tres de Agosto. En la conversación que mantuvimos fue como yo lo había conocido hasta ahora: parco y didáctico en las palabras. Antes de despedirse, dejó escapar un dardo envenenado:
Alberto, este año el K 2 está pa tragedia”. Y se quedó tan ancho, y yo tan confundido, meditabundo, compungido, qué sé yo.

De todas maneras los que habían oído junto conmigo la frase no sé lo que llegaron a pensar, pero estoy seguro que no tuvo el efecto que a mí me produjo. Jorge criticaba desde que había venido que la gente durante el hastío del mal tiempo convocara demasiadas reuniones donde se repartían las tareas que había que hacer por arriba. No le cuadraba tanta reunión.
En fin, julio parecía que quería llegar a la meta sin dejarnos vislumbrar una esperanza que permitiera vestirnos de montañeros. Cuando ya pensábamos que en cuestión de un par de días no íbamos a dar abasto a ver pasar expedicionarios, maleta en mano abandonado el hotel del K 2, veo por los prismáticos que un rubio con un maletín pequeño se va acercando a nuestro campamento. Se trata de Nick que en la mano trae su portátil y en su cara una alegría que hace tiempo había desaparecido de cuantas estaba acostumbrado a ver últimamente. Efectivamente, su padre, el de la Nasa, le ha traído la noticia de una ventana de buen tiempo para final de mes o principios del mes siguiente. El hombre de Chamonix, el de la silla de ruedas, también coincide en lo mismo. Juan Vallejo desde su campamento del G 4, nos avisa que ha recibido de su padre, Ángel, la misma noticia.
Otra vez los ánimos vuelven y hasta una botella de vino adorna nuestra mesa durante la cena. Nos damos cuenta de que todavía corre sangre por nuestras venas. El derroche de vagancia que exhibíamos hasta en nuestros andares y gestos, parece que ya ha tocado fondo. Ahora hay que desenterrar el nervio y la chispa para inyectarlo al alma y recobrar el ímpetu perdido. Por mi parte, si quiero aprovechar los dos días o más que aseguran de buen tiempo, tengo que salir mañana hacia el campo base del K2. Así que me iré despidiendo del grupo desde ya mismo. Los seis estamos compartiendo mantel y nos damos cuenta de que las pasadas noches de cine que disfrutábamos en el portátil mientras duraba el mal tiempo, son cosas del ayer. Así que cierta nostalgia nos envuelve porque salir a la cumbre significa, entre otras cosas, que pronto la familia que formamos aquí se disolverá y cada uno irá al encuentro de lo que dejó en suspenso. Significa que hecha o no la cumbre, lo importante será intentarlo; sin obsesionarnos demasiado, procurando siempre que lo que puede ser una bonita historia no quede contaminada por elementos extraños a ella.

“Bueno Alberto, a ver si pones un poco de orden en el campo base vecino porque a este paso tanta reunión y tanta estrategia para subir va a traer la confusión”, me dice Aitor.

“Si os digo la verdad, me da pena no ir con vosotros; quizás sea mejor dejar el K 2 para después; si es que se puede”, comento algo dudoso.

“No te preocupes por nosotros, tú piensa que entre las dos montañas la que está a tu medida es la grande, así que no le des más vueltas”, habla de modo convincente Lina.

“¿Pero no os dais cuenta que lo que intento es tener una buena coartada para no ir allí?”

“Nada, nada, que no me va a quedar otro remedio que salir cuanto antes porque de lo contrario vosotros sois capaces de echarme de aquí”.

Ten por seguro que si no hay más remedio no dudaremos en arrastrarte hasta la misma pared”, concluye entusiasmado Santi.

Mientras tanto Manzoor cocinero y Manzoor cocinillas o ayudante de cocina, no paran de traer platos, cada cual más pintoresco. Hay momentos en los que parece que estamos en una sidrería porque lo que tenemos ante nuestros ojos es de auténtico lujo. “¡Pobre vaca despistada que has tenido que pasar por aquí en el momento más inoportuno¡”, ¡que Dios te bendiga! dice Diego sirviéndose otro pedazo de chuletón. Los demás, cuchillo y tenedor en mano, seguimos reflexionando también sobre el triste desenlace del animal. Nos falta poco para alcanzar la cumbre del éxtasis a través del paladar; otro vaso de vino y el postre, harán que alcancemos por fin el cielo. Ya veremos cómo bajamos de este paraíso culinario.
Una buena conversación, risas y sincerarse entre nosotros es la “magia” para un buen descenso de la nube donde nos han elevado nuestros cocineros.
No es fácil acomodarse en el saco y dejarse llevar por la vía crucis del sueño cuando faltan horas para afrontar la escalada. Sin embargo, dormir es necesario para estar mañana listos para la acción. Así que me esfuerzo en cerrar los ojos y mantener la calma. Me asusta la cantidad de gente que nos iremos juntando por la pared y los campamentos. Mis amigos Sahin, Ibrahin y un tercero cuyo nombre no recuerdo, irán junto con sus clientes y todos en general estarán atareados con todo lo que conlleva un ataque al K 2 cuando todavía nadie ha hecho cumbre este año y ni tan siquiera se ha equipado la ruta a partir del campo 4. Ser autosuficiente es lo primordial para saber que tengo paso libre hasta la cumbre. No depender de nadie ni de nada para que según tome mis decisiones, las tinieblas que me acompañan, vayan quedándose por el camino y así pueda brillar con luz propia durante toda la ascensión. Sólo mantendré algunas dudas hasta el final: ¿He de llevar uno o dos piolets?, ¿cuánta comida?, ¿y material? Etc.
Al final me iré después de comer hacia el campo base del K2; si voy ahora, justo después de desayunar, se me va a hacer demasiado largo el día. Las expediciones estarán ocupadas con sus reuniones y preparativos, con sus nervios e inquietudes, trasegando material de los bidones a las mochilas sin fondo de los sherpas. A veces me pregunto qué obligaciones tendrán estos porteadores de altura con las expediciones donde el dinero no es problema. Siendo esto así, para algunos jefes de expedición de estos grupos tampoco será ningún inconveniente ir dejando a esta abnegada gente sin otra alternativa que estar a su disposición para lo que quieran o necesiten. Lo único positivo es la gran fortaleza de los sherpas que aun jugando a veces en el filo, aguantan sin quejarse.
Así que decido guardar la distancia con respecto a ese campamento cercano hasta el final, para que lo que pueda ver allí ni me dé motivos para reflexionar, ni me haga replantearme o confundirme con lo que tan claro y estudiado llevo. El K2 es todavía para mí una montaña que no me ha hecho sufrir ni física ni sicológicamente. La palabra obsesión no ha hecho acto de presencia en mi vocabulario. Me siento como cuando alguien dice después de toda una noche de juerga, o después de una actividad deportiva muy exigente, que está entero. Así me veo yo o por lo menos así quiero verme.
La visita de José Carlos Tamayo nos trae aires de otro valle, del G4, aires de alegría porque el grupo que forman tiene las horas contadas –entiéndase para jugar la última baza que tienen-y podrán aprovecharlas para un último intento a la montaña. Además, nos comenta que la despensa de su campamento está en las últimas. Es una suerte tener cosas para ofrecerle que le vendrá bien a todo el grupo vecino. Ellos llevan dos semanas más que nosotros y es normal que estén de todo muy escasos. Solamente de paciencia y agallas van sobrados. ¡Vaya quinteto que se ha juntado! La experiencia que tienen entre todos, me da respeto. Se puede hablar de un monte o de otro y en la mayoría de los casos sobran palabras para expresarnos. Sin embargo, cuando hablamos de este tipo de retos como el que pretenden nuestros vecinos del G4, las palabras escasean. O dicho de otra manera:”Eso son palabras mayores”. Las mañaneras de Inaxio aquí no tienen espacio.
He preparado ya la mochila concienzudamente y en la cocina me han llenado con espaguetis el taper de dos litros que les he dado. La mochila es enorme y aunque el ayudante de cocina, Mashur, la pasea sobre su espalda como si fuera poco más que un globo, es un auténtico lastre. Lleva media hora esperándome a que me despida de una vez de la gente para acompañarme hasta el campo base y no se ha quitado la mochila de encima. Uno no sabe qué pensar, o es un fuera de serie o a mí me queda grande el traje que quiero probarme.

“Bueno Alberto, vete ya de una vez que estás empezando a ser un poco cansino”, me dice mi subconsciente. Tras unos abrazos me echo al sendero pensando que llevo suficiente escudo conmigo para poder salir indemne de cualquier sorpresa que me esté esperando. Aitor y Lina me acompañan también hasta el campamento vecino. El trayecto se hace entretenido y en las miradas que nos cruzamos, la emoción queda impresa y las palabras se dicen sin que ninguna voz se adueñe de ellas.
Ya se acercan los colores que vemos desde hace rato siguiendo la morrena. Se oyen ya algunas voces en italiano que irradian vigor y ánimo. Sin embargo, las dejamos atrás y continuamos el sendero del poblado, dejando en el interior de las lonas sonidos que se me antojan sean parches que ocultan los miedos y dudas que surgen antes de salir a escalar.
Los coreanos están repartidos por las tiendas y se entretienen con pasatiempos. Las cocinas de los campamentos recogen las visitas de expedicionarios y sherpas que agotan los últimos momentos de poltronería antes de salir hacia la cima. Nuestra visita parece que no es demasiado importante. Tampoco pretendíamos que lanzaran cohetes y saliera alguna fanfarre a darnos la bienvenida, pero algo más de calor habría sido de agradecer.
Por este motivo decidimos invitarnos a tomar algo y sin pedir permiso allanamos la cocina de la expedición serbia. Nos colamos hasta dentro. Son dos tiendas grandes unidas dejando un amplio pasillo en medio. Al lado izquierdo está un grupo majo de porteadores y lugareños enfrascados en una partida que hasta el mismo K 2 se siente desplazado por la entrega que ponen en el juego. Entre los porteadores, reconozco a Sahin e Ibrahin. Me saludan con una mueca rápida y siguen como si nada a lo suyo. Al lado derecho está el jefe de expedición de los serbios junto a algunos oficiales de enlace de otras expediciones y algunos miembros. Una vez estamos dentro nos invitan a sentarnos y nos sirven bebida caliente. Tras unos minutos de conversación y acabamos hablando entre nosotros Aitor y yo. Lina, mientras tanto va a visitar a Nick, el americano con el que le une amistad desde hace años.

En cuanto les has dicho que el día 17 de julio no pudiste hacer cima en el Broad y han sabido que ahora vienes al K 2 en solitario, sin ayuda artificial y sin sherpas, se han sentido burlados. Y no es para menos porque ellos se consideran un grupo potente aun llevando cuatro sherpas y bombonas de oxígeno para dar y regalar”, comenta Aitor.

Está visto que lo mejor es callar o decir cualquier mentirijilla que por lo menos asegure la buena armonía entre todos”, le digo.

En verdad, te tiene que resultar raro venir aquí y constatar que estás más solo que la una. Además, al haberse retirado la expedición con la que compartías permiso, no te queda ningún vínculo con el que puedas pensar que estás algo acompañado”.

Precisamente lo bueno es sacar lo positivo de cada situación, que en este caso es ser consciente de estar solo y asimilar que dependo de mí mismo. Ya sé que es una responsabilidad muy grande, pero tratándose de esta montaña, esto me servirá para no confundirme en el momento de tomar las decisiones puesto que no pensaré que alguien me puede ayudar en caso de seguir hacia arriba sin tenerlo muy claro. Descartando cualquier ayuda exterior será más fácil saber lo que puedo hacer en cada momento”, hablo como si intentara convencerme a mí mismo.

Bajo nuestros pies el frio del suelo helado va despertándose y nos avisa que la tarde va quedando huérfana de sol. Así que cuanto antes tengo que saber cómo voy a hacer para pasar la noche aquí y qué preparativos de último minuto tengo que organizar. Tras despedirnos del grupo caminamos no más de treinta pasos y nos encontramos en terreno de la expedición de Nick, Hugues y Frank. Lina sale de la cocina y me dice que tiene el tema resuelto para que yo pueda pasar la noche; le ha pedido una tienda a Nick y la tendré que montar ya. Hugues habla desde dentro de la tienda y con amabilidad de buen anfitrión nos invita a entrar. Aitor no se llega a sentarse porque quiere regresar junto con Lina de vuelta al campamento antes de que se haga de noche. Además, ellos también deben preparar su salida al Broad Peack y deben estar concentrados con sus tareas. Una vez he preparado la tienda y me he organizado, me meto en el saco hasta que el cocinero me avisa que la cena está ya lista. Sentados a la mesa estamos los cuatro: el alemán, el francés, el americano y el vasco –el solitario-. Frank, que en un principio me hablaba muy simpático, está ahora en su mundo. Su cara refleja aburrimiento y desánimo, seguramente fruto de la larga estancia en este siniestro lugar. Hugues y Nick por el contrario, muestran otro talante más risueño. Por el tono de sus palabras van a afrontar esta última oportunidad que se presenta en la montaña con el ánimo que requiere. ¡Qué menos!
En estos momentos, víspera de la salida hacia la cumbre, no se habla de objetivos ni de sensaciones, ni de otros temas que tienen que ver con lo que en unas horas, ocupará toda nuestra atención. Con las justas nos pasamos la cazuela y hablamos de lo rico que está lo que ni el paladar es capaz de degustar en estos momentos de concentración. Poco después se oye barullo afuera y los tres salen a saludar a los italianos, holandeses y al irlandés que se han acercado a desear suerte a sus amigos. Hugues aprieta con fuerza cada mano de sus amigos y les desea suerte como se hacía antaño:”mucha mierda, mucha mierda”. Yo escucho agarrado a la taza de té desde dentro de la tienda, y siento con más fuerza la soledad de la persona “escondida” entre el calor de la gente. Siento a las personas cuyo cariño llevo dentro y me ayuda a sobrellevar los momentos de zozobra.
La fuerza del corazón te permite salir de cualquier atolladero. Da igual por dónde se pasee: por lugares de sol y playa, en torno a la familia, los amigos, unas buenas jarras de buen vino y saludables viandas, da lo mismo, con tal de que se vuelva del paseo en plenitud por los momentos vividos.

Cuando regresan los tres a la cocina no se sientan. Recogen algunas cosas que deben meter a la mochila y se despiden de mí hasta el desayuno. El frio que causa la ausencia de gente dentro de la tienda sumado al frio cotidiano de la noche, hace que diez minutos después salga también en busca del único regazo caliente que me espera, el saco. Antes reparo en las tiendas que quedan visibles por ese foco de luz que se mantiene vivo dentro. Todo está en silencio. En el ambiente se mastica la expectación, la esperanza, la intriga y la reflexión. Todo cabe en este espacio agreste donde desde no hace tantos años el ser humano comenzó a perseguir el misterio de los sueños más disparatados.
Estos primeros aventureros fueron sembrando cada rincón por donde pasaban de afán de superación y de reto, en un acto admirable de generosidad que los que hemos tomado el testigo, debemos mantener lo más puro posible. ¿Cómo entender si no que nos presentemos aquí tan diminutos, tan indefensos y seamos capaces de ser tan desprendidos? ¿Que demos toda nuestra energía, ilusión e incluso la vida persiguiendo con afán lo que nos hemos propuesto? Puede ser una locura o un acto que roza lo incoherente, sin embargo está comprobado que el ser humano se supera a sí mismo gracias a estos arrebatos que fluyen de dentro.
Todavía estoy a tiempo de volver dejando el K 2 plantado aquí si es que pienso que todo esto que he elegido es una tontería. Reflexiono intentando escuchar la voz que todos tenemos y podemos dejar que se exprese. Pero no, está muda, escondida entre todo el ambiente que hay aquí y del que estoy totalmente impregnado. Cada bocanada que respiro es un aire familiar del que me alimento y sigo cargándome de ilusión y de ganas antes de comenzar el ataque a la cumbre.
La noche ha transcurrido aparentemente como siempre, sin embargo para cada uno de los que estamos desayunando o a punto de salir de las tiendas, ha sido más o menos enredada. Aquí estamos, viéndonos las caras los de ayer y percibiendo una vez más, lo sabio que es el cuerpo humano que toda esta comedura de coco que trae echarse al monte, nos predispone para el esfuerzo y lo que tenemos pendiente.

Hugue y Nick en compañía de sus sherpas salen sin entretenerse mucho hacia su ruta: la Tom Cesen o ruta vasca. Frank tiene ya a su sherpa pendiente y no me dice ni mu cuando se va.
Contagiado de tanto silencio y ahorro en despedidas salgo a las seis de la mañana hacia el campo 2. Veo con satisfacción que los sherpas de los serbios están adelantados y aunque no es mi idea unirme a ellos, me viene bien mantenerlos a la vista para no perderme. A pesar de eso, me pierdo por no haber cruzado el riachuelo en su momento y me introduzco en un laberinto de enormes bloques de hielo que en algunos momentos me obligan a retroceder para poder seguir avanzando. De vez en cuando veo al grupo pero lo pierdo enseguida de vista porque tengo que dar rodeos para poder avanzar. Al final decido ir por la pedrera donde se yergue la montaña aunque para eso tenga que destrepar por el hielo.
Cuando por fin veo las tiendas del campamento depósito y el sendero marcado, respiro hondo puesto que ya en la ruta, perderse es casi imposible.
Al lado de una de las tiendas está el porteador de altura de Machulu, Amin: un buen amigo con el que puedo hablar cordialmente y con confianza. Me ha sentado bien reírme un rato. Él va con los italianos y lleva un mochilón que parece que van de barbacoa.
Voy sacando el material que necesito y el que no dejaré guardado aquí para no llevar tanto peso. De golpe me quito casi tres kilos que no pienso subir.
El taper con los dos kilos de espaguetis que lo suba su padre”, me digo.

También dejo un piolet porque necesito creerme que con uno basta. Seguramente con la gente que estaremos en este ataque a cima, la travesía del cuello de botella estará abierta y en caso que me toque abrirlo a mí, ya me las ingeniaré pidiéndole a cualquiera que me deje un piolet. ¡Si supiera lo que me espera!

No hay tanta gente todavía en la pared, me esperaba más. Lo que me hace pensar que tiene que haber algunos que hoy han dormido en el campo1 y otros que hoy saldrán más tarde porque su idea es llegar a ese mismo campamento y no al 2 como los que estamos aquí.
Manteniendo un ritmo sostenido, la mañana me va transportando pared arriba, hasta que hacia las dos de la tarde llego al Campo 2. Esto sí que ha sido una mañanera. Atrás ha quedado el esfuerzo y el abismo que paso a paso se ha abierto a mis pies. Ahora es necesario asegurarse un buen descanso en este espacio donde ya no hay parcelas a simple vista donde colocar la tienda. El reposo es tan merecido como obligatorio, por lo que debo empezar cuanto antes a palear con el inconveniente de la ventisca. Sahin es todo un caballero y me ayuda a montar la tienda que no hay quien la sujete. Es una suerte no tener que montarla solo, me obligaría a esperar hasta que amaine el temporal. A parte de los sherpas de los serbios hay otras muchas personas aquí. Algunas palean para desenterrar sus tiendas, otras intentan arreglar los desperfectos de los muchos días de mal tiempo pasados.
Por fin me pongo a resguardo en la tienda Ferrino que le compré al difunto Benoit Chamoux hace catorce años cuando coincidimos en el Makalu. Ese mismo año, en el otoño del 95, cuando se encaminaba hacia la gloria de ascender su catorce ochomil y en el mismo día que Erhard Loretan también atacaba la cima, nunca más se volvió a saber de él. Son muchas las expediciones en las que he traído la tienda y descolorida como está y llena de parches, me resigno a abandonarla en un museo. Además, siempre recuerdo a Benoit y a su compañero que también perdió la vida en el Kangchenjunga. Voy poniendo orden y comienzo a derretir agua. Me doy un respiro y asomo la cabeza al balcón para observar qué ambiente se traen los vecinos. Mi tienda queda la más próxima al principio de la ruta hacia el campo 3, por lo que las vistas son extraordinarias. Pegando a la mía y asegurada también a la pared están las dos tiendas de los serbios, y siguiendo la misma línea están la de Amín, la de Marco y Roberto, la de los americanos y la de los noruegos. En el piso de abajo están los coreanos y sus sherpas que abarrotan literalmente la explanada. Hay también más gente que no controlo desde mi garita.
Son ya las cinco de la tarde, y hora comunicarme con los compañeros del Broad Peak. El teléfono que llevo sólo me permite entrar en conexión a corta distancia como si fuera un walki. La conversación es por lo tanto telegráfica para que la batería aguante.

Estoy en el Campo 2 y todo va perfecto, agur”

“Recibido, mañana volvemos a comunicar a la misma hora, buenas tardes”, me dice Aitor.

Si antes miraba por la ventanilla de la tienda para ver a la gente en sus faenas, ahora me entretengo disfrutando de las vistas del atardecer que son espectaculares. El clima no obstante está todavía revuelto. Poco a poco me voy sumergiendo en un sueño profundo con la satisfacción de tener todo “controlado” a la perfección. La noche va transcurriendo y la serenata de la ventisca golpeando una y otra vez en la tienda me mantiene a cada rato en vilo.

Por mañana no hay ni tan siquiera un amago de movimiento en el campamento. Es más, no hay quien asome la gaita afuera. Estando así el clima lo más sensato es seguir a resguardo y aprovechar para descansar. Cuando surgen las pegas, también hay que buscar en ellas las ventajas y en este caso se me antoja que hoy es un día perfecto para alimentarse y recobrar fuerzas. Sigo asomándome a la puerta de entrada de vez en cuando y ya no sólo para ver a la gente o el paisaje, sino intentando buscar conversación con alguien, puesto que llevo un montón de horas sin dialogar con alguien que no sea yo mismo. Me tengo que resignar y como siempre sacar lo positivo de cada situación. En este caso pienso que me viene de maravilla darme cuenta que estoy solo. Los sherpas amigos, están a un par de metros en otra tienda pero la sensación de distancia es como el abismo que tenemos esperándonos en la puerta. Están a su historia y ahora no pueden desconectar de sus inquietudes y obligaciones. El resto de expediciones, lo más seguro que estén también inmersos en sus estrategias para que todo funcione según lo previsto.

A las cinco de la tarde vuelvo a encender el teléfono para comunicarme con Aitor. He estado soñando con que llegara este momento para poder hablar con alguien de los míos.

“Kaixo Aitor, al final estoy todavía aquí en el campo 2 por la ventisca, y vosotros ¿qué tal?”.

“Ya estamos también en el campo 2, bueno que hay que ahorrar batería, mañana hablamos”.

Esta conversación me ha dejado peor de lo que estaba antes. Mejor no pensar en que lleguen las cinco de la tarde de mañana porque ya me imagino qué será lo que nos digamos, seguro que no será más de un hola y adiós. ¡Qué le vamos a hacer! Hay comida, calor y comodidad, las tres ces, ¿no es esto un lenguaje de calidad apropiado a las circunstancias?
La segunda noche en este campo comienza para mí a las seis de la tarde. He desayunado, almorzado, comido, merendado, cenado y ahora lo mejor será dormir porque a este paso acabo con las provisiones. Por la noche oigo la tos de uno de los sherpas amigos. No sé si es Ibrahin o Sahin, pero la noche que está pasando es jodida. Ha salido varias veces a vomitar. Esperemos que no sea grave.

No hay duda de que el tiempo se está comportando; el cielo está estrellado y la ventisca ha remitido. Por la mañana se escucha algo diferente al viento que hace pensar que pronto me pondré en marcha. Las voces que se oyen son de ambiente festivo y el sonido de abrir y cerrar cremalleras va en aumento.

En pocos minutos estoy preparado para salir de la tienda. No es tarea fácil comenzar a moverse sabiendo lo que me espera, después de llevar aquí dentro unas 40 horas. No he salido ni para regar las plantas puesto que cuando lo he hecho, ha sido en el bote de isostar.
En fin, fuera galbanas y comodidades absurdas, fuera todo lo que no sea motivación, sacrificio y alegría. Todas las carencias que sufra ahora, cuando haya bajado de la cumbre serán verdaderos trofeos. Y cualquier cosa, hasta la más simple, me parecerá un capricho.

Por eso escalar montañas entregando hasta enterrar casi las últimas gotas de energía, hasta quedarnos casi vacíos, debería hacernos mucho más humildes y mejorar como personas. Esto es la teoría, porque luego en la práctica poner la zancadilla al vecino y la envidia, se estilan como si fueran doctrinas de fe de una religión que se impone con más fuerza cada día. No obstante, no es para tanto, el día a día tiene muchas horas y no va a ser todo ser un santito, estaríamos apañados. En la vida como en la montaña hay que saber esquivar las dificultades, dejar atrás los obstáculos, y sortear los peligros.
Ya estoy fuera de la tienda poniendo en práctica los postulados para poder contarlo cuando baje. Vamos que si no ando con el equilibrio suficiente me voy ladera abajo desde aquí. Tengo parte de la tienda que cuelga al vacío y para pasar de un lado a otro no me queda otra que destrepar un murete y si resbalo voy derecho a impactar contra tienda de mis vecinos japoneses. Los sherpas de los serbios están también preparándose para salir. Les he preguntado a ver si todos se encuentran recordando los quejidos nocturnos. Sahin se acerca y me dice que él tiene que bajar porque se siente pachucho. Y cuando me ve que estoy desmontando la tienda para salir hacia el campo 3, me dice:

Alberto, no desmontes tu tienda. Puedes ocupar mi sitio en la tienda que tenemos arriba y de paso llevar el material que tenía pensado yo: estos tornillos de hielo, la cuerda, algo de ropa y una bolsa de comida”.

“Mi mochila es grande, así que no hay problema Sahin, es más, os ayudaré en todo lo que pueda a tu grupo”:

“Tu mochila será grande pero tú – aquí se golpea repetidas veces la parte del corazón- eres más grande aún”, y acto seguido me estrecha la mano con pena y alegría al mismo tiempo.

Después de tantas horas de silencio y de creer que ya se habían olvidado de mí, me veo otra vez conectado a los sherpas y nunca mejor dicho ya que he abandonado por ahora la etiqueta de ir solo. Soy un sherpa más que abandona la cueva y se dirige con el cargamento hacia las partes más afiladas de la montaña en compañía de sus colegas. Un sherpa más que siente las cosas parecido a ellos, aunque seguramente con la frescura del novato en su primer día de trabajo. Es difícil explicarlo pero hasta cuando adelantamos a algunos expedicionarios y los miramos, siento que lo hago con la mirada y las maneras de mis compañeros. Me sienta bien el papel y lo llevo con orgullo.
Las rampas no dejan de acentuarse hasta llegar a la escalera de la chimenea. Una vez la hemos sobrepasado, las vistas a la montaña cobran una nueva dimensión. A partir de ahora esta parte de la montaña la tengo sin pisar por lo que aún puedo disfrutar más de la subida. A mi izquierda veo el nevero colgante de la ruta Tom Cesen y me hace recordar el lugar exacto donde llegué hace once años y que queda doscientos metros más abajo.
La zona por la que ascendemos ahora es muy aérea y perfecta para disfrutar del día tan bueno que está haciendo. El ritmo de las personas que van en cabeza parece va rindiéndose al rigor de la subida, a las horas de baile en la pista, a veces de nieve, de hielo o de roca. Así que vamos acercándonos al que va en cabeza y con unos banderines en la mochila. Paso por una repisa donde queda enterrada una tienda destrozada. Esto viene a decirme que el campo 3 debe estar cerca ya. En este tramo que no hay cuerdas fijas advierto que el coreano que va en cabeza y chupando oxígeno se ha detenido literalmente. Cuando estoy a su altura, no tiene ni que echarse a un lado; está hundido hasta las rodillas y parece que el oxígeno no le saca del atolladero. Yo le digo que esto no tiene ningún secreto, se trata sólo de abrir huella paso a paso con decisión. “A ver, muéstrame”, parece que me dijera. Y yo encantado de tener un reto que me haga superar la pendiente final que sólo hasta el último momento no me permite ver las tiendas semienterradas de este campo.
Sentado encima de mi mochila contemplo a la gente que va acercándose. El coreano no tira ni con oxígeno, ni con la huella abierta. Esto me deja sorprendido. Los únicos que llegan con algo de sangre en las venas son mis compañeros y otros del mismo gremio de otras expediciones. Ibrahin me muestra la tienda de ellos que está que da pena verla. A parte de estar completamente tapada, en el interior hay un hoyo que cuando me introduzco para meter algunas cosas, me recuerda a un yakusi. Apenas hemos comido algo y los dos compañeros vuelven a ponerse en pie y comienzan a descargar sus mochilas para posteriormente introducir en ellas botellas de oxígeno a discreción. Antes de salir de nuevo hacia arriba a dejar los trastos recibo las órdenes de mis compañeros.

Puedes ir preparando una repisa para montar esta tienda a nuestro grupo que pronto llegará. Luego, hidrátalos y dales algo de comer”, por favor me dicen.

A partir de ahora comienzo a trabajar y no paro de palear y pisar intentando robar un pedazo de terreno de nieve donde colocar una tienda para tres personas. Tras varias paradas en las que me quedo clavado de rodillas en la nieve para recuperarme, por fin consigo que la tienda pueda montarse en condiciones. Para entonces han llegado los clientes serbios y me ayudan a colocar la tienda. Después me lio con otra repisa, esta vez la de los italianos. Marco está sentado y cuando se reincorpora para palear no aguanta demasiado. Así que me ofrezco a ayudarle en la ardua tarea. Al final he conseguido una buena plataforma en la que cabe perfectamente una tienda grande. Después me pasa la tienda y me quedo un tanto sorprendido por lo acartonada y vieja que está. Cuesta trabajo hasta desdoblarla y despegarla para poder sacar el techo. Con un esfuerzo que pone límite a mi paciencia logro extenderla. Cuando estoy colocando las varillas me Marco me informa de que esa no es la tienda que quería poner. Me quedo con cara de tonto, intento volver a plegarla y es imposible recogerla de forma correcta. Por lo que se ve se trata de la tienda de los sherpas, Amin y otro compañero.
Los serbios se ofrecen a seguir montando la tienda de Marco, por lo que yo voy a mi tienda a rellenar el hoyo que tiene. Tengo que palear introduciendo la nieve bajo el suelo de la tienda y cada rato tengo que entrar para ir pisando y apelmazando la base. Cuando ya me ha quedado curiosa la labor me introduzco y comienzo a ordenar todo el caos de dentro. Tras el trabajo me quedo contentísimo y sin parar me pongo a derretir agua y a cocinar. Estoy satisfecho sólo de pensar que los sufridos sherpas cuando vengan van a agradecer la comodidad, orden y limpieza que he conseguido de un sitio nada acogedor. Para tres personas tenemos sitio de sobra.

Afuera queda el viento, que quiere ser protagonista un día más. Habrá que pensar que así se “limpiará” más de nubes el cielo. Cuando la sombra apaga la alegría de la tienda y el frio se mete dentro como un inquilino más, oigo las voces agotadas de mis compañeros que tras quitarse los crampones y las mochilas aparecen mostrándome un rostro de fatiga como si bajaran de la misma cumbre. No, para ser más exactos, la expresión de sus caras no trae la alegría de la cima impresa, entonces será que han visto al diablo por el camino. Si esa fuera la razón del abatimiento que traen sería para alegrarse. Sin embargo, es el exceso de trabajo lo que evidencian sus semblantes, y esto me dice que de aquí a la cumbre lo que les espera, puede desbordar hasta al más abigarrado de los sherpas.
Justo cuando voy recalentarles los espaguetis, Ibrahin me mira sonriendo y se lleva la olla hacia afuera y se la entrega a los clientes. Confundido les paso el té y tras darle un sorbo me lo dan como diciendo:

Bébetelo tú que esto sabe a rayos”. Entonces llenan la cazuela con nieve y se ponen a derretirla. Cuando hierve el agua le echan unas hojas y le añaden bien de sal, especias y algo de grasa.

Aprende Alberto, así se hace un té si quieres ser uno más de ellos, a ver si te enteras; ¿qué es eso de echarle miel o azúcar?, ¿pero dónde te has creído que estás?”, me digo observando con atención sus movimientos.

Yo ya estoy metido en el saco y de momento disfrutando de comodidad y de vivir estos momentos junto a los compañeros. ¡Qué bien vamos a dormir aquí los tres! No han pasado unos segundos desde que lo he pensado y oigo que la tienda se abre y entra el otro sherpa que completa el grupo y que yo pensaba que iba a dormir con los clientes. Mientras está sentado compartiendo el té con el resto no se aprecia la estrechez de espacio. Sin embargo, la noche echa todo su peso sobre nosotros y acabamos tumbándonos en la típica lata de sardinas. Y yo al estar al lado de la puerta donde la ventisca está que la tira, sufro la intemperie de forma íntima, sólo me falta encender unas velitas para impregnarle un aura de misterio al ambiente. La colchoneta no llega hasta la zona de la entrada donde estoy tumbado. Esto me provoca una incomodidad que pone a prueba mis huesos con tal de no ser una presa fácil del congelador que tengo bajo ni cuerpo. Cuando parece que las respiraciones se van relajando y que la ventisca sigue con su “nobleza” característica de no abandonarnos, de seguir haciendo guardia velando nuestros sueños, unos gritos de angustia se oyen lejanos.

Cuál es mi sorpresa cuando advierto que no se trata del viento el que parece que quiere abrir la tienda para colarse y así violar nuestros sueños. Es un pobre hombre cuya voz revenida pide auxilio y sus manos a punto de congelarse acarician la tienda para intentar acertar con la cremallera y entrar en la cueva que será su salvación!!.
Inmediatamente abro la cremallera y después de entrar una ráfaga de nieve y viento entra un muñeco de nieve con los ojos inyectados en sangre.

Amin, ¿qué haces por Dios?, ¿qué te ha ocurrido?, ¿de dónde vienes a estas horas?”, le pregunto sobresaltado.

Amin no puede hablar, sólo llora y nos entrega sus manos para que las reavivemos. La cocina se pone de nuevo en marcha para un té de emergencia y mientras tanto entre los cuatro sherpas que estamos le intentamos sacar la tiritona que no le permite más que seguir llorando. Sólo cuando empieza a verse a salvo del susto que lleva, puede empezar a emitir las primeras frases inteligibles. Al parecer traía un cargamento de 25 kilogramos y se ha ido quedando atrás hasta quedarse completamente solo. Le ha entrado una pájara salvaje y sin embargo no ha querido fallar al grupo de los italianos para quienes trabaja. El impulso de cumplir con su deber y su fortaleza han hecho que pueda estar ahora a salvo.
Mientras sigo dándole calor entre mi saco y frotándole las manos, me viene a la mente la tienda que en un principio estaba montando a Marco. Ahora me explico para quién era esa tienda cuarteada y testigo de cientos de batallas en la montaña. Aquí arriba todo cambia, la consciencia puede ser efímera como una sonrisa. Es el momento de no dejarse nublar por lo cambiante del lugar.
Ahora me explico que Amin esté aquí junto a nosotros y respire tranquilo; nadie se ha encargado de montarle la tienda, ni de dar la voz de alarma por no haber llegado, y para colmo seguro que sus clientes le han dicho que se busque la vida por ahí. No sé, ni quiero saber. En estas altitudes pasan cosa muy raras y se hace difícil comprender ciertas maneras de proceder.

Amin bebe el té con ansias y de su cuerpo comienza a brotar una neblina de calor que le va adormeciendo. Le ayudamos a que encuentre una postura cómoda aunque para él, con tal de no salir a la calle, todo es un lujo.
Es como para estar contento de que Amin esté a salvo, sin embargo no puedo dejar de pensar en la nochecita que me espera. Estamos nada menos que cinco personas metidas en una tienda repleta de cachivaches y mañana es un día decisivo por ser la víspera del día de cumbre.
Además, la incertidumbre del clima mantiene la intriga. Según pasan los minutos me voy arrepintiendo de no haber traído mi tienda. Y cuando pasan un par de horas pienso que voy a enfermar de incomodidad; me duelen los hombros por la postura que tengo mantener con tal de evitar el hielo. La angustia quiere apoderarse de mí y por momentos me entran ganas de esperar a mañana y bajarme de aquí con viento fresco. Le voy dando vueltas a la situación y a lo que me espera, hasta que por fin me viene una idea coherente a la cabeza: “quiero estar solo como en un principio”.
Así que la única manera de poder volver a reencontrarme es dejando que mañana se larguen todos al dichoso campo 4. De esta forma podré estar el resto del día a mi aire hasta que llegue la hora en que decida salir a la cima. Podré hidratarme y comer lo que crea más conveniente y así reunir todas las fuerzas posibles para que me permita una ascensión como en el mejor de los sueños.
Una vez tengo atada la estrategia a seguir, intento desconectar de todo lo que quiere hacerme la vida imposible aquí. Al viento, mejor dejarle en paz, a mi compañero de al lado le meto el codo de vez en cuando para que no me arrastre hacia la puerta. A Amin intento no moverle con mis piernas que hacen las veces de almohada. Así hasta que amanece y el sol nos trae el calor necesario para empezar a movernos aquí. Hacer el desayuno para cinco personas, en este espacio no es lo que se diga tarea fácil. Lo bien compartido bien sabe aunque aquí sepa a poco.
Amin se levanta como si los agobios y el mal rato pasado no hubieran tenido nada que ver con él. Hoy es un día de trabajo como otro cualquiera para él, por lo que sale afuera a poner en orden sus cosas y a ocuparse de sus dos clientes italianos. Se marcha Amin y en su lugar entra un serbio a dar la soba y a desayunar.

Tranquilo que el restaurante está ya funcionando”, le digo con la mirada.

¿No le valdrá con la cazuela de espaguetis que se zamparon ayer?, y además sacados de la escasa comida que tengo. Iluso de mí que pensaba que en la tienda de los sherpas habría comida abundante. Al parecer todo ha volado para los clientes y el resto, albaricoques secos y duros como piedras, trigo tostado y otros frutos secos y abundante té con sal y tropiezos, para mis compañeros. Un valiente sale el primero de todos hacia el campo 4, justo cuando se adivina que la ventisca da los últimos coletazos. En la hora siguiente una gran fila de gente se forma en la pendiente. Los movimientos que exhiben son desganados como si estuvieran ahorrando fuerzas para lo que les espera mañana.

“Por fin puedo salir a hacer tranquilo mis necesidades fisiológicas”, pienso.

Sólo me hace falta el periódico. Justo cuando salgo me encuentro con la pareja de noruegos, así que tengo que aguantarme y saludarlos cordialmente. Cecilie me pregunta por qué no salgo todavía.

Voy a salir de este campamento a la cima esta noche, mañana nos veremos por arriba”, le digo.

Ella me mira sorprendida y pensativa como si estuviera ella también sopesando esa posibilidad.

“Yo tengo que subir porque no llevo porteador y cargo las dos botellas de oxígeno que necesito. Si pudiera prescindir del oxígeno sería un buen planteamiento”, creo entenderle.

Le deseo suerte y ella sigue su camino, por no decir su viacrucis, y yo sigo unos pasos hasta elegir un lugar discreto, aunque aquí si uno logra esconderse es que ha caído por el precipicio.
De nuevo en la tienda toda para mí, la felicidad me sonríe por fin. No hay nada como verse recuperando el movimiento, las energías, el talante risueño. Lo primero que hago para ver en qué condiciones estoy de reserva de alimentos es fisgonear cada bolsa, cada bolsillo de la tienda. De mi comida queda la justa para el ataque a cumbre. He cometido el fallo de invitar “pensando que” ellos también podrían ofrecerme algo.
Lo que yo me temía, no hay ni azúcar. Sólo el trigo, que sí, está rico y es nutritivo pero la tristeza que te da en el estómago es considerable. Entonces recuerdo que Frank, el grandullón alemán, me ha pasado antes de salir una bolsa con material que no necesita subir para que se lo guarde, ya que ha desmontado su tienda para ponerla arriba. Sólo por el peso que tiene puedo imaginarme que una gran parte será comida. Me rio solo pensando en Frank y su petición amable de que le guardara la bolsa en la tienda.

“Es un placer Frank, no te preocupes que no me estorba”, me imagino diciéndole.
Y ahora aquí estoy, sin ningún respeto, como si fuera un profanador de tumbas, enredando en busca de alimento que voy a necesitar para lo que la montaña me exigirá pronto. No han sido más que unos bocados de unos dulces pero me han sabido a gloria y me han vuelto a motivar.
A cada rato asomo la cabeza de la tienda para observar los avances de la fila india que araña metros, a simple vista sin garra suficiente, como si en sus espaldas cargaran una pesada y variopinta losa: la altitud, los miedos y los cachivaches que se llevan cuando se va uno de excursión a la campiña.
Las horas pasan que no me doy ni cuenta, así que intento dormir porque hasta que pueda hacerlo de nuevo van a pasar muchas horas. Cuando dan las cinco de la tarde pongo en marcha el teléfono y justo cuando se enciende se vuelve a joder como si de una muerte súbita se tratara. Adiós al “hola y adiós” que nos íbamos a decir entre Aitor y yo. Adiós al tipo de ascensión moderna donde se estila hablar en directo desde la cumbre con cualquiera que esté en su sofá tumbado fumándose un buen habano y bebiéndose una franciscana. Adiós a los saludos a la familia que se queda al otro lado comiéndose las uñas porque sabe que después de esa llamada queda lo peor. No voy a llevar teléfono ni otras cosas superfluas, pero intentaré por lo menos, si todo va bien, llegar a la cúspide de la montaña.

Las dos primeras horas después de anochecer hay que pasarlas como si estuvieras preparándote para subir ya: llenando la cantimplora y el termo, probándote las medias, eligiendo la ropa más apropiada, volviendo a llenar el termo porque te lo has bebido ya, metiendo cosas en la mochila, sacando algunas porque piensas que van mejor en el mono de plumas o cualquier otra cosa siempre que sea sin parar un momento. Para mí que soy de vestirme en un boleo y salir, este teatro que hago me hace verme como si fuera otra persona más reflexiva y observadora. Durante algunos minutos me quedo inmóvil sopensando a qué hora voy a salir. Se me ocurren dos horarios: si voy de listo puedo dormir como un lirón hasta las cinco de la mañana y salir sabiendo que todo el tropel de gente que tengo por encima me va a abrir la huella, van a poner cuerdas, y lo mejor, van a dejar la travesía del cuello de botella abierta; si voy como me pide el cuerpo, quiero estar ayudando a poner cuerda junto con los sherpas encabezando la subida. Ya me imagino lo que pasará en la travesía; todo el mundo se peleará por abrirla. Me lo estoy figurando, la gente se empujará y gritará como en un mercado de precios de saldo:

“¡Dejadme sitio que voy! ¡La travesía es mía, que tengo buenos tornillos! Dejadme

pasar a mí, que me lo como todo…! ¡Apartaos que voy! ¡Ese hielo es mío, no se os

ocurra tocarlo!

Mejor ni entrar en esas discusiones en un sitio tan expuesto, lo mejor será mantener la

distancia de seguridad, mientras lo abre el más fuerte. Bromas a parte, no sé

cómo será ni si nos encontraremos demasiada gente allí.

A todo esto: ¿dónde estarán mis compañeros del Broad?, ¿estarán hoy mismo intentando la cumbre? Por mucho que mire hacia el Broad no logro distinguir a gente por la presencia de algunas nubes que revolotean por las zonas más altas. Si están haciendo cumbre hoy, estoy seguro de que la ventisca en la madrugada les ha tenido que castigar fuerte. Está claro que el mejor día viene mañana. ¡Suerte compañeros!
Ya estoy completamente dispuesto para salir y noto el calor de la vestimenta y de los tés que me he tomado. El chaleco de plumas me sobra desde ahora pero decido llevarlo en la mochila, quizás tenga que hacerme unos calcetines con él, me da por pensar al ser consciente de los muchos problemas de congelación que el K2 ocasiona. Sin darme cuenta, acompañado por la oscuridad notable de la noche y por la euforia que me envuelve, estoy avanzando con una digna soltura para la altitud de la que se trata.
Pronto alcanzo un gran serac bajo el cual hay colocada una tienda que seguramente será de Frank y de su porteador de altura. De este punto hasta el campo 4 no deben faltar más de doscientos metros. Una de dos, o estaban muy cansados y han optado por recobrar fuerzas y probar suerte, o prefieren dormir esos doscientos metros más abajo para no desgastar tanto y mañana ir a por todas. El caso es que de momento deben de estar roncando porque veo los piolets y los crampones fuera y no están preparando algo caliente.

Una última rampa más vertical me transporta por fin al hombro donde distingo formas que deben ser las tiendas. He venido con tan buen ritmo que poco me falta para romper a sudar. Me llevo un desengaño cuando veo que todavía apenas hay movimiento en este campamento. Sólo veo cuatro personas fuera de las tiendas y algunas más que parecen que están saliendo pero no se deciden a hacerlo todavía. Y mientras espero no sé muy bien a qué, me voy quedando helado y tengo que entretenerme en dar pequeños saltos mientras muevo los dedos de los pies para mantenerlos calientes. Uno de los sherpas está intrigado por saber quién es esa aparición que está bailando solo a unos metros de él, así que se me acerca y me pregunta:

“¿De dónde vienes? ¿Cómo te llamas? ¿De qué expedición eres?”

Le he ido contando resumidamente que voy solo, que vengo del campo 3, y que mi idea es ir junto con ellos para montar las cuerdas fijas.

“Yo me llamo Pemba”, me da la mano y se va a seguir con lo que estaba haciendo.

Me ha parecido escuchar las voces de Marco y Roberto Many, por lo que me acerco para hablar con ellos y preguntarles por qué no están saliendo todavía.

Hola Alberto, nosotros no salimos hasta que pase una hora y media una vez hayan salido los sherpas”.

“Pues ya nos veremos por arriba entonces, ¡mucha suerte!”, les digo y comienzo a caminar detrás de las primeras luces que se ponen en movimiento. No dejo de notar el frio clavado en los dedos del pie izquierdo, por lo que continuamente estiro y encogiendo los dedos dentro de la bota. A ver si va a ser verdad lo de hacerme unos calcetines con el chaleco. De lo único que puedo alegrarme es de haber proseguido la marcha; que todo sea por recuperar el calor perdido.
Lo malo son las continuas paradas para colocar las cuerdas que dicho sea de paso las están dejando en lugares donde no veo oportuno hacerlo, más sabiendo que queda mucha cuerda todavía por poner. En fin, habrá que tener paciencia. Pero hasta cierto punto.
Un sherpa que no conozco y yo vamos en cabeza del grupo y cuando la cuerda se nos tensa debemos meter una o dos estacas, según el estado de la nieve, y esperar al resto o por lo menos al siguiente para que nos dé más cuerda. Al ver, que el sherpa tiene todavía una cuerda, no dudo en pedirle un cabo para no perder tiempo y no quedarme helado en la rampa. A partir de este punto va todo más rápido aunque no todo lo que yo quisiera. Cuando llego a la zona donde están las primeras franjas rocosas antes del cuello de botella decido montar la reunión en unos bloques, puesto que la nieve está tan blanda que no es seguro ni poner estacas.
Después de un buen rato de espera, llega el desconocido sherpa con más cuerda y salgo disparado. La claridad del amanecer trae un frio añadido al que, ya, soportamos. He cometido el error de traer un gorro que me baila en la cabeza por el uso y noto que hasta la boca sufre la helada. Para entonces ya estoy en otra reunión en medio del cuello de botella. Me las he visto y deseado para montar un anclaje seguro. Incluso me he metido por la roca de donde me he desviado de nuevo a la nieve porque los de atrás no me lo hubieran perdonado. La reunión que he montado aquí para la cantidad de gente que viene tirando de yumar, me da miedo. Un tornillo de hielo y una estaca que ha entrado con la mano, es todo lo que he podido poner. Y gracias a que he encontrado algo de hielo entre las rocas. Justo encima de mi cabeza, sí que puedo ver hielo: el gran serác amenazante, mostrando una salida incierta hacia la izquierda. Toneladas de hielo suspendidas a escasos 50 metros crean la angustia necesaria como para querer estar cuanto antes en el otro lado. Por si acaso, mientras espero a que me pasen más cuerda, me mantengo fuera de la reunión sin asegurarme. Si por casualidad se sueltan los seguros por no aguantar los envites de los que vienen detrás que no me arrastren, no quisiera hacerles daño cayéndome encima.
De nuevo puedo seguir ascendiendo por el cuello de botella que presenta un ambiente inolvidable. En esta zona hasta completar la travesía creo que se dan cita la mayoría de los ingredientes que constituyen la esencia del himalayismo: altitud extrema, amenaza latente, temor sin llegar a cundir el pánico, impresionante belleza paisajística…
¿Y ante todo esto qué talante debemos mostrar? Muy sencillo, cualquiera que nos estimule el poder de convicción, técnica, poderío y muy importante, la mejor cabeza para tomar las decisiones apropiadas en cada momento.
Más nos valdrá, puesto que la situación alcanzará su punto álgido cuando haya que pasar la travesía que nos permita seguir optando a la cima.
En estos momentos me encuentro ya montando la reunión antes de la travesía. Miro hacia abajo y me asusto de ver tanta gente formando una larga fila humana que va ascendiendo muy despacio los metros que nos separan. He colocado dos tornillos en un hielo de muy buena calidad. No obstante cuando llegue el sherpa que me dará más cuerda para continuar, le pediré que me dé también más tornillos para no pasar penurias en la travesía. Que me den cuerda, que me pasen tornillos, toda esta naturalidad al expresarme viene a decir que lo tengo clarísimo que voy a ser yo quien abra esta zona. Y si no lo hago, al ritmo que se va nos darán las uvas.
Ha pasado una hora y media larga hasta que el sherpa ha llegado a donde estoy. He tenido tiempo para visualizar hasta los golpes de piolet que voy a dar y los agarres que me permitirán mantener el equilibrio. Al ir sólo con un piolet los golpes tendrán que ser más certeros que nunca. Ojalá que el hielo acompañe y sea de buena calidad.
Antes de empezar la travesía le dejo mi cámara de fotos al Sherpa y le digo que me saque alguna mientras abro la travesía. He metido dos tornillos y apenas he comenzado a cruzar hacia el otro lado. El tercer tornillo lo tengo que sacar de la mochila y en la postura que estoy es engorroso. Una vez lo estoy enroscando en el muro puedo respirar hondo. Cuando me falta poco para pensar que estoy ya al otro lado, el hielo y la zona mixta que tengo bajo mis pies dan paso a un nevero que al estar en una pendiente de unos 75 º y con una nieve malísima, no me permite afianzar el pie y ni tan siquiera el piolet. Sería descabellado intentarlo ya que resbalaría sin remedio pendiente abajo. Lo único que puedo hacer es seguir con el piolet en mi mano derecha y seguir ascendiendo algo más por el hielo donde además puedo alojar el pie derecho. La parte izquierda, tanto la mano como el pie, la uso para equilibrarme e ir tanteando ese terreno al cual no me va a quedar otro remedio que pasar tarde o temprano.
En cuanto he visto que la pendiente de nieve blanda pierde algo de inclinación intento probar a hacer un primer escalón para el pie izquierdo. Aguanta: es el momento de ir saliendo del muro hacia la izquierda. Antes de seguir, he mirado a los que tengo debajo y la escena que veo parece de otra dimensión. ¡Qué alivio!, por fin pierdo de vista toda la amenaza que he tenido durante un buen rato.
Cuando veo que me he separado lo bastante monto una reunión con un estaca y me preparo una buena repisa. Después, otra vez a esperar a que vayan llegando, mejor dicho, a que llegue el sherpa que lleva mi cámara y así salir cuanto antes pendiente arriba. La primera hora se me pasa rápida y en el transcurso de la misma he oído un grito que me ha conmovido por unos momentos. No pienso que haya sido nada grave aunque tengo mis dudas. Sigo esperando y me da la sensación de que el que va a gritar dentro de poco voy a ser yo. No es posible que después de hora y media aquí todavía no vea a nadie salir de la travesía. Por más que miro hacia la zona del serác no veo más que a algunos que están en la reunión anterior, del resto ni rastro. Al final les he preguntado a gritos a ver qué es lo que está pasando pero las únicas respuestas que obtengo son algunos ademanes de brazos de los que esperan su turno. La mayoría llevan máscara de oxígeno.
Antes de continuar solo y sin la cámara hacia la cumbre vuelvo a descender hasta la travesía para saber si viene la gente y sobre todo para recuperar la cámara. En la travesía están pasando cinco personas y ninguno es el sherpa que lleva mi cámara. Está en la reunión y me hace señas que ni quiero interpretar. Vuelvo de nuevo con rabia y con brío al terreno que había dejado y con esa energía que da la mala uva me voy defendiendo de forma solvente por un terreno de nieve muy blanda y vertical. Intentando siempre dar con algo de hielo que me permita no hundirme tanto. De vez en cuando miro hacia atrás y soy consciente de que nadie, excepto yo, va abrir la huella hasta arriba. Mientras pienso lo trabajoso que va a ser sigo avanzando y cada cierto tiempo doy una ojeada al reloj. Voy bien siempre y cuando no me dé el bajón. De momento lo único que noto que me da es el subidón, que me está dando mirar hacia arriba y ver que cada vez falta menos, si bien, parece que la rampa final no se acbara nunca.
A veces intento desesperadamente salir a flote de zonas donde me hundo como si tiraran de mí hacia adentro. Por eso no dudo en zigzaguear buscando otras partes donde aparenta haber seracs, hasta que en una de esas noto que hay una grieta cuando estoy hundiéndome en cámara lenta hacia el interior. “El K 2 me está devorando, ¡qué miedo!”. Rápidamente pongo remedio a este malentendido y pincho con el piolet y la garra en que se ha convertido mi mano y salgo por la vía rápida. Esta grieta es la misma que Kurt Denberger describió en su libro “el nudo infinito”. Un lugar ideal para quedarse a dormir durante toda la eternidad pero que de momento no me llama. Esta situación vivida me ha vuelto a dar otro calentón que aprovecho para reavivar el ritmo que me está llevando al tejado. Por muy engañoso que sea lo que me falta, la cumbre está ahí mismo, mejor dicho está aquí mismo: bajo mis pies. Si continuo caminando me salgo y ruedo por la vertiente.
Tengo una euforia controlada porque tratándose de esta montaña donde la mayoría de los accidentes vienen después de que se baja de la cumbre, no es para menos. Estoy cansado, cosa más que normal, pero mientras estoy de pie disfrutando de este momento exclusivo, advierto con alegría que la parada en la cima me permite descansar y noto que me recupero, que recobro el aliento y la fuerza. Esta sensación me da una seguridad y motivación especial para cuando emprenda la bajada. Después de fijarme en todas y cada una de las agujas, en las esculpidas aristas, en las montañas que sobresalen de cuantas las rodean, en glaciares que surcan los valles y en un mundo que se rinde a mis pies de todos estos misteriosos lugares, procedo a sentarme en la cima a observar el canal abierto en la nieve con esfuerzo y tenacidad. Observo también a la gente subiendo muy lenta, cosa normal en estas altitudes, pero todavía alejada de este punto donde me encuentro, cosa nada normal porque son ya las tres y cuarto de la tarde y les quedan algunas horas hasta que consiga llegar aquí. En definitiva, no me explico por qué continúan siendo tan tarde y con unas pésimas condiciones que les hará más expuesta todavía la bajada. Puede haber situaciones y explicaciones que me convenzan de que no es un problema llegar tan tarde, pero lo que estoy viendo aquí es una temeridad. Los sherpas que acompañan a sus clientes me imagino que están obligados a continuar aunque sea por los intereses económicos. Yo no sé qué tipo de derechos tiene un porteador de altura, pero dudo mucho que pueda tener criterio como para decidir si seguir o no subiendo. En fin, después de cuarenta minutos con un clima excepcional y disfrutando con este nuevo logro, me dispongo a bajar hasta el lugar de donde he salido, el campo 3. Los primeros metros los bajo cara a la pendiente pero en cuanto la verticalidad y la nieve que está aún peor se cruzan en mi camino, comienzo a destrepar cara a la pared y con mucho cuidado. Pronto me cruzo con el grupo humano que no ceja en el empeño. Todos me van saludando y el sherpa que llevaba mi cámara me la devuelve. Algunos me agradecen todo el trabajo que les he facilitado. “Ojalá sirva para algo bueno”, me digoa mí mismo.
Me cuesta reconocer a la gente, ya que la mayoría lleva puesta la máscara de oxígeno. A algunos les digo que la bajada está muy delicada e incluso se lo repito. Y es que es verdad, de las bajadas que he hecho de una cumbre, puede que sea ésta una de las más comprometidas. Cuando doy un paso hacia abajo e intento que el pie se quede detenido en la huella, se rompe y el pie comienza a resbalar. La única forma de no seguir pendiente abajo es la destreza del otro pie y las manos y una coordinación que se debe improvisar automáticamente para no dejar que se salga con la suya la invitación a seguir rodando. Todo este baile puede resultar muy divertido pero hacerlo en esta altitud y después de todo el esfuerzo que supone llegar a la cima, es como para ser cauto.
En medio del grupo veo también a Hugue que me saluda lleno de euforia apartándose la máscara de la cara. A pesar de saber que va con dos sherpas –en estos momentos iba con uno ya que el otro se había despeñado al ir a ayudar a un serbio que poco antes también se había caído y de lo cual yo no sabía nada- no me da alegría verlo a horas nada recomendables para seguir ascendiendo. Sigo con una sensación de impotencia y tristeza al mismo tiempo.
A la cola del grupo veo a Cecilie Skog, que me saluda y me pregunta cuánto tiempo queda hasta la cumbre. Esta circunstancia me la conozco de otra situación en el Everest en la que uno que acababa de pasar el escalón Hilary le preguntó al que venía de la cima:
“¿Cuánto falta para llegar?”. A lo que el otro le contestó: “alrededor de una hora”.
Nada más oír la respuesta, éste se dio la vuelta por considerar que era demasiado tiempo como para descender con garantías. ¿Cuál fue el problema después? Cuando este hombre que había acariciado la cima, volvió a hablar de esa experiencia con alguien que había estado en el Everest y le dijo que en diez minutos habría llegado, se puso a rabiar.
Así que estoy en un dilema y no quiero que por mí desista al decirle que le queda más de la cuenta, ni tampoco que diciéndole que le queda menos empujarle a una situación dramática. Finalmente opto por decirle que no le tendrían que quedar más de dos horas para llegar.
-Por lo que supe después, le sobró tiempo con esas dos horas y además fue la siguiente detrás de mí-.
Cómo son las cosas que ni me he parado a sacar unas fotos ahora que tengo la cámara. Uno va tan concentrado en lo que está haciendo y cómo no, tan en una nube por haber conseguido momentos atrás el sueño deseado, que no repara en detalles. Cuando estoy en el punto donde dejé anclado el último tramo de cuerda, paso el mosquetón y como si estuviera bajando por una escalinata de la torre de una iglesia, peldaño a peldaño, agradecido por el gran surco que el paso de tanta gente ha ocasionado, alcanzo el tornillo que coloqué en el muro de hielo. Es de agradecer que a uno le abran la huella aunque sea para descender. Como en el dicho de favor con favor se paga.
Lo que no me convence demasiado es ver la media docena de bombonas de oxígeno que han dejado colgando del tornillo de hielo de donde voy a rapelar. Si les da por caer al vacío pobrecito del que le pille el bombardeo. Una vez que vuelvo a tener la amenaza del serác y de las botellas sobre mi cabeza acelero el ritmo y sólo me relajo cuando estoy a salvo.
Las tiendas del campo 4 están cada vez más cerca. Sólo me he sentado en dos ocasiones para descansar y asimilar todo lo realizado. Aprovecho para observar a los que están acercándose a la cumbre. La visión que ofrece la última pala del K 2 con dieciocho personas luchando por ganar el pulso a la montaña, es indescriptible. Por un lado admiro la bella imagen bucólica que desprende ser humano al quedar representado en una simbiosis perfecta con la naturaleza, donde el esfuerzo, la tenacidad y la entrega, son destellos que brillan y ayudan en la consecución de los anhelos.
Sin embargo, mirándolo desde otro punto de vista, la cosa cambia. No tengo más que verme a mí a salvo ya en el campo 4. Hace escasas dos horas yo estaba en la cumbre y haber llegado a una hora razonable me permite pensar relajado en lo que he hecho y en lo que están haciendo los demás. Por eso, toda esa belleza que veo arriba con la mejor luz del atardecer no me deja indiferente: el horario para todo el grupo que por lo general lleva oxígeno y llevan sherpas, roza la temeridad. Si viera que el grupo lo conforma gente que viene más autónoma, seguramente pensaría diferente.
En el campo 4 parece no haber vida. Cuando bajaba he visto a una persona de pie que seguro ahora está en el interior de alguna de las tiendas. Me siento en la mochila con ganas de abrazar a alguien, con ganas de hablar, de compartir. Oigo entonces una cremallera que se abre y asoma la gaita un escalador americano. Le saludo como se saluda a algún conocido que pasa a tu lado por la calle y dejo que sea él quien continúe, si es que no se ha acabado ya la comunicación. Estoy perplejo, puesto que no ha hablado ninguna palabra más, como para pensar que me va a invitar a tomar un té o a algo de comer. Pasados diez minutos, la sensación de tener más oxígeno a los casi 8000 metros que estoy parece como si fuera el único alimento necesario, ya que me siento descansado y con fuerzas suficientes para seguir descendiendo al campo 3.
Es de agradecer que no me haya invitado a nada porque quién sabe, si me ofrece un té y luego me invita a pasar a su tienda, a lo mejor no salgo de allí. Así que desciendo sin tan siquiera haberme despedido del americano. “Que le den”, pienso. La bajada hasta el campo 3 la hago de forma muy “mecánica” y sin parar. Cuando llego al punto donde bajar más supondría perder de vista a los que están en plena pelea con la cumbre, me detengo unos minutos para seguir sus últimos metros. Después no me paro hasta llegar a la tienda del campo 3. Me suelto los crampones y me meto en la tienda. Cuál es mi sorpresa cuando veo en el interior a mis dos compañeros sherpas que están encordados con el mismo ronquido. Ni tan siquiera miran hacia atrás para saber quién está entrando. No cabe duda de que están reventados. Al ver que tienen todo desperdigado por la tienda, comienzo a poner orden y no me queda otro remedio que despertarles porque tienen mi saco debajo de sus espaldas. Ni se inmutan. Una vez estoy cómodo y con medio cuerpo en el saco, pongo en marcha el infernillo y dejo una cazuela en el fuego con un mazacote de hielo dentro. Para que eso hierva va a hacer falta más de una hora, por lo que me tumbo y me sumo a la cordada del ronquido que tengo a mi lado. Por supuesto, las ventanillas de la tienda están siempre abiertas, ya que están rotas, así no puede haber problema con la cocina.
Cuando me despierto el agua está hirviendo. Introduzco dos bolsas de té y les aviso a mis compañeros que ya está la infusión. Pasan de mí, del té y de todo lo que no sea seguir durmiendo.
Por la mañana voy saliendo de un sueño profundo como si estuviera emergiendo de un lugar misterioso donde he estado mucho tiempo. Los movimientos que me acompañan son lentos, como paralizados por miedo a volver a la realidad de un hermoso día que me saluda con buen tiempo. Mis compañeros sherpas están ya imprimiendo vida a sus cuerpos agazapados y me miran de reojo. Yo les observo, les doy los buenos días y me entretengo oyéndoles murmurar y viéndoles lo entregados que están en la búsqueda de cualquier cosa que aparezca para desayunar. O lo que es lo mismo, están intentando sacar algo de donde no hay. Entonces me preguntan:
“¿Alberto, te queda esa bebida que era muy rica de frutas?”, y esperan mi respuesta con los ojos iluminados de esperanza.
“Lo siento pero no queda nada de nada, con las justas podremos tomar un té”, les digo. Y eso es lo que hacemos, un té que beberemos sin azúcar como el de ayer por la noche.
Después salimos de la tienda y empezamos a recoger todo cuanto hay que descender abajo. Entonces, de la tienda de al lado sale una persona que resulta ser de Singapur. Al parecer, ésta, era la única expedición que no había coincidido en el ataque al K 2. De buenas a primeras me comienza a dar información de lo que está ocurriendo en la zona de la travesía en estos momentos.
“Por favor, si tienen comida de sobra déjenla, hay gente que todavía no ha bajado al campo 2. También sabemos que hay desaparecidos y unos cuatro muertos”, prosigue dejándome sin habla.
“Pues ya lo siento, ni yo ni mis compañeros tenemos nada para dejar, no queda ni la reserva”.
Le hago algunas preguntas que no puede contestarme y que yo mismo me las puedo imaginar. Desde este momento me entra prisa por bajar. Nadie sabe nada de mí, ya que llevo días sin comunicarme y sé lo que esto significa: las noticias si son malas vuelan a gran velocidad. Sin más contratiempos salgo hacia el campo base. Mientras desciendo no puedo dejar de pensar en la dimensión que pueda cobrar la tragedia.
Llego al campo 2 y recojo ropa y basura; también aparto una bolsa de comida que los que bajen puedan necesitar. Sigo hacia el campo 1 y cuando llego ni tan siquiera me paro. El sitio tampoco invita mucho a hacerlo. Cuando llevo un rato descendiendo veo a una persona con un mono amarillo que está sentada a unos cien metros de mí. Se trata de Roberto Mani, compañero de Marco, que al parecer desistió de la cumbre cuando se encontraba en el cuello de botella. Le pido el teléfono pero no consigo ponerme en contacto con nadie. Me cuenta que me ha visto subir hasta la cumbre y que había pasado muchos nervios viéndome buscando el mejor itinerario. De los accidentes apenas hemos hablado. Su compañero Marco está en el ajo, así como la gran mayoría de los que formaban un rosario en la ascensión. Los dos somos conscientes de eso. Tras un apretón de manos y desearnos suerte, me despido y sigo empujado por la prisa e intentando que la alarma sobre mí no cause daños innecesarios.
Roberto va bien, no necesita mi ayuda pero va muy despacio para evitar cualquier susto. A Las doce del mediodía estoy en el campo depósito y me junto con el cocinero y otro ayudante de la expedición italiana. Me abrazo a ellos. Necesito expresar todo lo que siento en estos momentos confusos para mí.
Después de unos tragos de refresco realizo el último tramo que me llevará al campo base. Para hacer más emocionante la llegada, voy y me pierdo. No he salido donde debía haberlo hecho y esto me supone ir empujado hacia el inicio de la ruta Tom Cesen. Gracias a lo familiar que se me hace esta ruta salgo sin más contratiempos. La mochila que traigo pasa de los veinte kilos por lo que se me está haciendo pesada la llegada.
Paso la primera tienda y saludo a alguien que parece de Singapur, continúo y la siguiente persona que veo es Aitor que viene a mi encuentro con cara de estar viendo un fantasma más que una realidad. Ni que decir tiene la emoción de estos momentos. Lina está también con él. Dentro de toda la efusividad del encuentro, me fijo en gente que mira de lejos y es reacia a venir a saludarme; el ayudante de cocina casi me ahoga del abrazo, después me van saludando algunos sherpas más que no pueden disimular la tristeza en sus semblantes. Es duro ver la realidad que se respira aquí. Cada expedición sigue teléfono en mano las trágicas noticias que tres kilómetros y medio más arriba se van filtrando en el aire y es necesario masticarlas para digerirlas.
Tras mantener la calma durante unos momentos vamos a la tienda comedor de la expedición de Singapur a tomar un té. Les cuento resumidamente cómo ha sido la ascensión y me doy cuenta de lo difícil que se hace pasar por alto muchos de los detalles que con tanta intensidad he vivido. Después les pregunto qué tal les ha ido a ellos.
“Déjalo Alberto, nosotros somos unos mantas, nada de nada, a excepción de Alfredo que ha conseguido pisar la cima”, me dice de forma divertida Lina.
Y Aitor remata la frase: “Santi y Diego han llegado hasta la cima secundaria”.
“Lo que quiere decir que los únicos mantas están aquí conmigo”, les digo dándoles un abrazo de ánimo.
Aitor ha perdido el teléfono en el Broad y ahora trae otro que ha conseguido por ahí y que suena como si me lo hubieran puesto a mi nombre. Es difícil contestar nada que no sea lo que he asimilado ya. Sin embargo, no me apetece hablar mucho de ello por todo lo que está ocurriendo aquí. Y aunque menos me apetezca hablar del drama que nos envuelve, los periodistas no son conscientes de eso y sueltan preguntas que son muy comprometidas.
No dejamos pasar mucho más tiempo hasta que volvemos de regreso a nuestro campo base del Broad Peak. La verdad que es un alivio dejar este campamento donde se respira el ahogo de los acontecimientos, donde las heridas están supurando dolor y desánimo y además, reina la incertidumbre y el desconcierto al haber gente desaparecida. Por todo esto tengo ganas ya de estar junto con todos los de mi grupo y los vecinos franceses para sentir otro calor que amortigüe las penurias vividas, que disuelva la tensión que llevo. Nunca imaginé que después de una cumbre tan dura, llegara abajo y en vez de relajarme y dedicarme tan sólo a descansar, comer y dormir, tuviera la mente tan inquieta, tan enredada.
La llegada al abrigo de mi expedición me hace recobrar la felicidad y entre abrazos y felicitaciones me dejo caer finalmente en una de las sillas del comedor y me “hacen” contar algunos de los pasajes vividos. Los franceses vecinos también vienen a recibirme y entre todos pasamos un rato entrañable. Antes de cenar encendemos el portátil y escribimos la crónica después de varios días de silencio. Resulta que la magia de la tecnología, así como la llegada tan rápida al campo base –ayer mismo estaba en la cima-, hacen que a nuestro blog se metan miles de personas buscando novedades que puedan despejar algo las noticias confusas que se han dado hasta ahora.
Al día siguiente, Aitor sale hacia el campo base del K 2 para saber cómo van las cosas. Los demás preparamos todo el equipaje para salir mañana mismo de vuelta hacia Eskardu. Mientras estamos desmontando y ordenando cosas me siguen llamando al teléfono de Alfredo. Me da pena que mi ascensión al K 2 haya quitado protagonismo a la ascensión de Alfredo al Broad. Debido sobre todo a su juventud –tiene 24 años- , lo lleva a regañadientes y yo le comprendo; el teléfono está que echa humo, la batería se gasta y él tiene que atender a los suyos.
Después de comer viene Aitor de regreso y nos cuenta todo lo que ha averiguado de la tragedia. Le han escrito los nombres definitivos de nueve personas confirmadas que han perdido la vida. También hay dos desaparecidos y heridos que van bajando con la ayuda de algunos sherpas que estaban con ellos. De entre todos los muertos llama mucho la atención, a mí por lo menos, de que sean cuatro los sherpas que hayan fallecido. Es inaudito, gente tan fuerte y preparada, trabajando para los que contratan sus servicios. Pienso en Amin, a quien conozco y sé que es muy fuerte y he podido ver en qué condiciones llegó la noche del treinta de julio, casi al límite. Confío en que como salió de aquella, haya podido también salir de ésta.
Sin embargo, son muchas las preguntas que me hago:
“¿Por qué han hecho trabajar tanto a los sherpas? ¿Porqué los sherpas no pueden decir que se bajan cuando ven que es un peligro continuar? ¿Y si lo hacen qué les ocurre? ¿Dejan quizás de cobrar una gran parte de su sueldo? ¿Por qué los italianos por ejemplo, no tenían montada una tienda para Amin cuando llegó de noche en mitad de la tormenta? ¿Por qué ni tan siquiera se preocuparon de salir en su busca sabiendo que no había llegado después de más de una hora de haber anochecido? ¿Por qué no lo alojaron en su tienda?”
El lugar donde él sabía que le iban a cuidar era, como no podía ser de otra manera, en la tienda de los sherpas, donde estaba también yo.

REGRESO A CASA

Cuando damos la espalda al K 2 para desandar el camino que nos lleve a casa, somos conscientes del tributo que este año se ha cobrado la montaña. Soy consciente de lo afortunado que soy que puedo irme andando como vine, algo que suena a cotidiano pero dada las circunstancias me hace valorar cada paso que doy. Es obvio que no vuelvo tan entero como viene. El esfuerzo y no comer durante 24 horas me han reducido el cuerpo a la mínima expresión. También noto, o mejor dicho, no noto, tres dedos del pie izquierdo. Visiblemente no he dejado ni la uña del dedo gordo en el K2, aunque en unos días se me caerá. Eso sí, emocionalmente casi me supera. Por un lado está la ascensión que he llevado a cabo sin más problemas que los que esta montaña te obliga a resolver para tener opción de volver sano y salvo a casa y que no son pocos. Si a todo esto le añado que me he librado de ver y vivir en directo las fatalidades ocurridas, puedo considerarme una persona muy afortunada y agradecida. Ahora bien, si mi ascensión se mezcla con el dolor que provoca ir asimilando la enorme tragedia, esto es ya otro cantar. En estos momentos todavía hay gente luchando por salir con vida de la montaña. Dentro de lo malo, la climatología ha ayudado a que por lo menos los heridos puedan ir descendiendo al único lugar posible donde la vida les espera con los brazos abiertos: el campo base.
Los helicópteros revolotean el cielo una y otra vez sacando a los que no pueden regresar sobre sus pies y esperando que alguien más quede liberado de las garras del K 2. Desde Concordia observamos el continuo pasar de porteadores que se dirigen al campo base del K2 para transportar el material de las expediciones y ayudar a cargar con las penas y el dolor de los que allí se encuentran.
Cecilie Skog, la chica noruega, ha salido aparentemente sana y salva del infortunio, aunque parte de su corazón se quedará para siempre en el K 2. Su marido fue el primero en ser castigado por la furia de la montaña siendo arrastrado por un bloque de hielo en la zona del cuello de botella. Apenas los conocía pero la vitalidad y la alegría que exhalaban, saltaba a la vista desde el primer momento. Ahora tendrá que sacar fuerzas de los sitios más recónditos de su mente para no hundirse en la melancolía.
Recuerdo con tristeza la figura de Hugue, con el que me sentía como en casa cada vez que visitaba su campamento. Daba conversación, animaba a los compañeros y la expresión de su rostro era la de un padre ordenado e inteligente. Su pasión por la montaña y los viajes hacía que cualquier momento fuera bueno para mostrarnos fotos de sus viajes con la familia y de sus escapadas a cualquier rincón del mundo. Estuvo a punto de abandonar su intento al K2 días atrás pero a última hora, decidió tener paciencia y esperar esa supuesta ventana de tiempo que finalmente llegó, y se lo llevó para siempre. Después de haber intentado en tres ocasiones esta cumbre, a la tercera lo consiguió y así lo comunicó a su familia desde la cumbre. Quedando así para la historia otra frase grabada desde la cima que expresaba su euforia de una manera desgarradora: “Por fin estoy aquí después de tanto esfuerzo, ya me puedo morir tranquilo”. Y como si el K 2 se hubiera tomado en serio cada palabra y cada silencio, se lo quedó para siempre. Sus sherpas también han quedado junto con Hugue en la montaña. Cuando los vi por primera vez pensé que eran el cocinero y el ayudante de cocina, puesto que ellos mismos servían las cenas o los almuerzos y andaban de un lado para otro para ayudar en cualquier cosa. Supe bastante después de haber llegado a casa que uno de los dos era el que se había caído después de caerse en la travesía un componente de la expedición serbia. Al principio di por muerto a otro sherpa con el que había compartido el campo 3 y que trabajaba para los serbios.
A la tienda comedor de Hugue casi todas las veces que lo visitaba venía a cenar o al postre, Gerard, de Irlanda. Como la mayoría, hizo cumbre demasiado tarde por lo que junto con Marco y Wilko decidieron hacer un vivac por encima de la travesía. Una noche al pie de ese abismo situado a 8300 metros es un trozo de vida que pasa lentamente y te envejece en cuestión de horas. Una decisión tomada cuando sólo queda una opción. ¿Cómo se puede explicar si no, que a uno se le ocurra quedarse de pupilo en la azotea del K 2? Quedarse a pasar noche tan lejos de la vida, del mundanal ruido, es tener clarísimo que cualquier otra alternativa siempre sería peor. La angustia masticada minuto a minuto tiene que ser tremenda y el amanecer un momento donde lo humano de la persona se desvanece y sólo los movimientos mecánicos si el recuerdo los mantiene vivos, pueden ir sacándote de la encrucijada. El cansancio, la confusión, el deterioro, sumado a las avalanchas que caían, habían convertido la vuelta en un terreno minado y regado de muerte. Siguen bajando y se encuentran con tres coreanos que esperan un destino como la vela encendida espera dar el último suspiro. Momentos después Gerard pierde la vida al precipitarse por el abismo. Los otros dos compañeros siguen bajando y logran dejar atrás esa zona plagada de trampas.
Si para mí todo lo que ha ocurrido en la montaña que roba el sueño de muchos alpinistas ha sido incomprensible, ¿qué pueden estar pensando los que viven ajenos a estas actividades? Muchas preguntas para una sola respuesta que se puede alargar todo lo que se quiera. El ser humano deja constancia una vez más de lo insignificante que es y lo grandes que pueden llegar a ser sus sueños y sus metas.
En estos arrebatos que exhibe el hombre se esconde el inconformismo y la lucha por alcanzar el equilibrio de sí mismo y de lo que le rodea. La montaña reúne los escenarios ideales para poder disfrutar las vivencias más intensas y a la vez más satisfactorias, aunque en el empeño la tragedia pueda estar presente. ¿Qué sería de la muerte si no hubiera una vida plena antes? Se quedaría en nada, sería algo corriente que pasa sin apenas llamar la atención. ¿Qué sería la vida sin la tragedia de vivirla?
Nadie podrá ignorar los sentimientos heroicos que alimentan el espíritu humano de las personas que quedaron en la montaña. Han sido dueños de sí mismo, de su decisión, por algo que para los que deambulan inmersos en la ceguera de la rutina cotidiana, resulta imposible de entender. Sin embargo para los que la desafiamos por el mero hecho de acariciar un sueño, nos es suficiente con sentir la llamada del deber de hacerlo. Y aunque nos quedemos en el intento a la hora de emprender lo que nos proponemos habremos experimentado en muchos casos más que llegando a la misma cumbre.
Quizás en esto de la montaña, en esto de echarnos al monte a perseguir nuestros sueños, se haya perdido parte de lo bucólico que antaño abundaba. Hoy en día es difícil verse de explorador por el Himalaya o el Karakorum sintiendo que por donde te llevan tus pasos va quedando dibujado un mapa atrás. Los pioneros se llevaron las vivencias más vírgenes de lo que hacían, sin embargo, nos han dejado intacto el instinto de perseguir entre paredes de roca, hielo y nieve, lugares donde poder poner a prueba nuestras más alocadas ocurrencias.
En estos lugares donde se dan cita las más extraordinarias y bellas montañas, los abismos más amenazantes y donde se esconden los desafíos más escalofriantes, el límite lo pones tú.

La montaña se podrá reír del iluso que piense tras haber coronado una cima, que la ha conquistado y que su límite está por encima de cualquier cumbre.

A personas que no saben frenar a tiempo por equivocación o por creerse superiores, la montaña tarde o temprano les detendrá, y si pueden volver a contarlo, agradecerán la enseñanza recibida.

Recordando el K2 2a parte

Así que alcanzar de nuevo el campo 2 me ha sabido a victoria. Otra noche de aclimatación y de descanso dará por concluida mi primera visita al K 2. La próxima será para intentar la cumbre.
Por la noche, la ventisca es más violenta, por lo que estar dentro del saco a mis anchas, me motiva. Sin embargo, a eso de las diez de la noche oigo voces distorsionadas por el alboroto del viento contra las tiendas. Gritan para entenderse entre ellos y consigo darme cuenta de que son las bestias de los franceses que se pasean a cualquier hora por el mismísimo infierno. Esa ruta que quieren abrir a este paso se les va a quedar pequeña. Me da la sensación que han salido del campo base después de un buen almuerzo y no me equivocaría diciendo que hasta hayan jugado una partida de cartas. Estos guías franceses con tal de experimentar y asimilar cualquier situación se sienten felices. Intuyo además el diálogo que se traen. Sain les había dicho ayer por teléfono que cogieran mi tienda para que pudieran dormir hoy aquí. Claro está que en estos momentos no puedes montar una tienda a no ser que la situación sea de vida o muerte. Asomado en la entrada de la tienda y recibiendo perdigonadas de hielo, les grito que vengan hacia mí y que se repartan en las dos tiendas que usamos ayer. Cristian, el grandullón, asoma con una expresión de decir: “ Alberto, a lo mejor me quedo un rato afuera para aprovechar estas ráfagas de ventisca como masaje terapéutico para mis huesos”. Le veo entrar en la tienda desde mi camastro como si yo fuera la mujer que espera a su marido que viene de juerga a las tantas de la noche. Se sienta al lado y me da la impresión de que le está dando pena perderse el ambiente de fuera, como si hubiera dejado a la cuadrilla afuera en el último bar y se arrepintiera de haberlos abandonado. Sus movimientos son lentos y no sabe por dónde comenzar a desvestirse. A parte del traje blanco de nieve que trae y que lo va desmigando por toda la tienda, tiene un buzo de plumas rojo que de momento se resiste a desprenderse de él. Las botas parecen estar soldadas a los pies y hace maravillas para quitárselas.
Dirá lo que quiera pero andar a estas horas y con un temporal así es de inconscientes. Bueno, en realidad son guías de Chamonix y aprovecharán a vivir experiencias de otra índole, ya que no van con clientes. Eso será.

Es que se nos ha hecho un poco tarde esta mañana. Que si hacía bueno, que si hacía malo. Al final, hemos salido del campo base a las once de la mañana”, me dice.

El cisco que me ha armado dentro de la tienda este cachalote es monumental. Todo su mono de plumas está blanco, así que entre lo que ha entrado y lo que ha traído él, estoy apañado. Por muy pequeño que sea este lugar yo aquí soy el “amo” de casa y después de haber fregado, barrido y recogido todo a nadie le gusta que vuelvan a desordenar.
Después me quedo pensando lo difícil que es quedarse sólo en esta montaña, ni aún habiéndolo elegido.
Por la mañana reacciono rápido y tras colocar en mi petate las cosas que necesitaré la próxima vez, me voy escapado para el campo base. Me despido de Cristian que por el semblante que me muestra, me da la impresión que se va a quedar todo el día tirado a la bartola. Lo malo será que le entre el hambre y acabe con todo.
Un poco de nieve y la omnipresente ventisca, me acompañan en la bajada y me la hacen más entretenida. Pensando así, me da la impresión de que Cristian me ha contagiado sus andares y su desfachatez por estas montañas. No viene mal y resulta incluso divertido. Tanto que se me ha hecho corto y ya me deslizo por las rampas de nieve caldosa en dirección a las tiendas que se ven en la escombrera que forma el espacio apretujado entre el paso del glaciar y el pie de la montaña.
Resulta que el primer campamento por el que tengo que pasar están montándolo ahora y por el habla de uno que viene a saludarme son los que pertenecen a mi expedición.
Jorge Egotxeaga está aquí trabajando”, me dice “Tú debes de ser Alberto Zerain, yo soy Javier Feito”. Para el permiso del K 2 la agencia me añadió a otro grupo que iba a intentarlo y por fin puedo saber quiénes son.

Encantado”, le digo sorprendido.
Luego me ha puesto al día de todo lo que han hecho y no han hecho. También me dice que cuando vaya a mi campamento encontraré a un chico que se llama Martín Ramos, de Zamora.
Al parecer se quedará con vosotros, ya sabes, cosas de las agencias así no tienen que volverse locos. Él, es el que ha hecho cumbre junto con Jorge hace apenas cinco días, lo que pasa que Martín ha traído un dedo del pie un poco tocado del G 2 y Jorge le ha aconsejado que el K 2 es mucho para el dedo, que vaya al Broad”, sigue contándome hasta que Jorge se acerca a saludarme.
Tras dos palabras justas para presentarnos, se va a sus quehaceres dejándome de nuevo con Javier que parece que tiene mono de hablar.
Ya me ha dicho Jorge que estos grupos que hay por aquí no arrancan todavía a hacer nada. Sólo llevamos desde ayer por la tarde y según parece todos están pendientes de lo que vayan a hacer los demás. No puede ser, así se pasa julio entero y todavía no van a tener montado ni el campo 4. Alguno anda que no sabe por dónde le da el aire. También hay un figura que se sube a un pedrusco y se tira una hora haciendo gimnasia de mantenimiento. Me parece que voy a estar entretenido”. Entonces le interrumpo para preguntarle cuando piensan atacar ellos, a lo que él me contesta:
Este Jorge va a salir para cumbre escopeteado. Ya sabes lo fuerte que es. A la mínima les va a demostrar al vecindario cómo se sube un Montañón de estos. Por si acaso, que sepas que yo no escalo, que yo solo vengo como acompañante, soy su tercer ojo y por eso a Jorge le va bien tenerme de cordada en el campo base. Me doy el gusto haciendo una escapadita de la rutina y de paso ayudo en lo que puedo a gente como Martín, Jorge, o tú mismo que, para mi sois de otra galaxia. Siendo más preciso, soy como un manager, aunque este Jorge pasa de todo eso, si me oye hablando así me fulmina con la mirada. Ya sabes, su medicina, su filosofía, su novia, sus amigos, su estilo y lo demás va a su aire. Le da por rasca cualquier ambiente donde haya mucha tontería, es sencillo hasta la exageración. Parco en las palabras y en la comida, aspectos estos que acabarían conmigo. Tanta frugalidad no va conmigo, en fin, que Jorge es de forma de ser reservada. Para comunicarse con quien haga falta, para eso estoy yo. Los coreanos ya me conocen todos y estos de Singapur que han venido hace dos días ya me dejan pasar por la cocina como si fuera de casa. Yo soy así de extrovertido. Venga vámonos a ver quién nos invita a tomar un té”.

Yo sé dónde vamos a tomar un rico té y de paso te voy a presentar a los que me han acogido antes de llegar vosotros aquí”.

Sí, sí, Alberto, llévame adonde esa gente que espero que tengan generador porque tengo un montón de accesorios que me gustaría cargar”.

Este Javier es entretenido pero me está poniendo la cabeza como un bombo y ahora además va con el papel de pedigüeño oficial. Miedo me da que no le echen de aquí con el descaro que tiene y a mí con él.
Nick y Hugues han pensado que Javier es un familiar mío, así que cuando ha ido a saco a pedirle a Nick no sé qué cosas, yo miraba para otra parte.

Esta gente está provista de cojones, ¡mira qué pedazo de generador! Subir, no sé si subirán pero esto sí que es nivel”.

No te extrañe Javier, el padre de Nick trabaja en la Nasa, si quieres que te dé algún parte climatológico o quieres que te muestre la ventana que tiene al mundo desde su portátil, éste muchacho es el indicado. Además me han dicho que su página web es la más visitada de cuantas existen de montaña. Alucina con el niño”, le digo pensando que no me entiende.

No sé los días que estaremos por aquí pero ya lo creo que voy a estar entretenido”, dice Javier entusiasmado.

Después de un té con pastas y algo más de conversación con Hugues, voy pensando en regresar con los míos al campo base del Broad Peak. Antes de salir, entra Gerard, el irlandés y consulta con Hugues un tema de informática que por la expresión que muestra, no entiende demasiado.
No te preocupes Hugues, si me dejas el libro de instrucciones ya lo puedo solventar yo mismo”, le dice Gerard.

Pues va a ser que no, porque no lo he traído, pero tranquilo que yo tengo algo mejor: tengo el teknoniño”, y señala a Nick quien al momento resuelve el problema. Los demás reímos la ocurrencia de Hugues, que está con Nick como si fuera su hijo pequeño. Se ve que además de apreciarse como compañeros de expedición, se empiezan a querer.

Con la sensación de haber hablado para los próximos días, me despido de todos pensando en que nos veremos pronto, ojalá sea para ir a cima.
Cuando veo a Martín en mi tienda, sentado y formalito, le estrecho mi mano como si ya lo conociera desde hace tiempo.
“¿Qué tal Martín? Enhorabuena por tu éxito en el G 2. Yo soy Alberto.”

Ah, ¿Has estado con Javier? Bueno, bueno… No habrás tenido tiempo para aburrirte, seguro”, me dice amablemente.
Al lado de Martín está José Carlos Tamayo que ha venido desde su campamento del G 4 a ver qué tal nos va.
Así da gusto regresar a casa, es un lujo tener semejantes visitas, les digo mientras doy un abrazo a José Carlos”.

Para mí sí que lo es, tus amigos me están agasajando hasta con lo que tenéis reservado para la cumbre, me va a dar pena marchar de aquí”, dice agradecido.

“Tú ya lo deberías saber Carlos, para nosotros todos los días son como si hiciéramos cumbre. Esta es una expedición de lujo para ricos. Ricos de espíritu. Y respecto a lo de que te da pena marchar: ¡quédate aquí hombre! Tu compañía es para nosotros como una bendición y si traes a Juan Vallejo, mejor. Ni te imaginas “la huella” que podría dejar vuestra presencia aquí. Ni te imaginas la ilusión y la motivación que nos daría. Sería de película teneros a los dos aquí, ofreceros nuestras más ricas viandas y luego despediros para que mano a mano, abráis un buen surco desde el campo 3 hasta la cumbre”, le digo pasándome ya de gracioso.

Por lo que veo el K 2 te ha tratado bien; te veo en forma y con chispa”, me dice sonriendo.

Aitor nunca se cansa de decirlo: más vale tener humor que en los huevos un tumor”, habla nuestro nuevo jefe de expedición, Santi.

Massur me trae agua caliente para la ducha, así que antes de que el sol pierda fuerza aprovecho para asearme. Una ducha, amigos con los que pasar un buen rato y la satisfacción del trabajo bien hecho, le suben el ánimo a cualquiera. Por si acaso la última jarra de agua que me tiro cabeza abajo es helada, no vaya a ser que se me suba demasiado el pistón.
De nuevo estoy sentado a la mesa y disfruto conversando con Martín que cuenta las cosas con aire de nobleza poco común. Santi está encerrado en su mundo, con los cascos puestos y un libro entre las manos. Alfredo está preparando el generador como casi siempre y hoy con más razón, si cabe, ya que los franceses, los rusos y nosotros mismos, le pondremos a prueba con un montón de baterías. Lina y Aitor, contando la de hoy será la tercera noche que pasen en el Broad. Diego está en la tienda, al parecer está un poco delicado y “algo” me dice que su mal es más de amores que de otra cosa. Esto de tener teléfono en estos lugares olvidados de Dios, en ciertos momentos, evocan imágenes que te dejan enfermo al no poder ver ni tocar a la persona por la que suspira tu corazón. Minuto a minuto, la voz, la respiración, el escalofrío del cuerpo, los susurros e incluso los silencios, acallan los rugidos del glaciar y los vientos que viven en los dos ochomiles que tenemos al lado. Después, cuando la línea se corta, sólo queda un cuerpo suspendido en el aire que va cayendo roto hasta posarse de nuevo en las piedras del maldito glaciar. Cómo no pensar que Diego haya necesitado de refugio dentro del saco para soñar y recobrar lo que le acaban de robar.
Pocas veces puede sentirse uno más a gusto al meterse en el saco cuando se nota cansado, igual que las hojas sabias de otoño que se echan bajo los árboles. Y si al mismo tiempo ninguna tarea u obligación espera al día siguiente, los sueños vendrán a llevarme por hermosos lugares como a las hojas el viento les hará viajar por donde quiera. Las únicas tareas por las que preocuparse mañana, serán, comer y seguir viviendo.
Estamos a doce de Julio y quizás en la siguiente salida se pueda dar la ocasión de salir hacia la cumbre. La climatología y nuestra disposición, lo decidirán. ¿O será sólo la climatología, si se presenta favorable, la que nos llevará con la fuerza de una avalancha? Está claro que cuando ya rozamos la aclimatación necesaria para poder enfrentarnos a intentar la cumbre, este suele ser el dilema.
Si el tiempo es malo durante muchos días seguidos, sólo pensamos en que deponga su actitud para salir sin más miramientos hacia el objetivo. Sin preguntarnos siquiera si estamos preparados para afrontar el asalto a la cima. Por el contrario, otras veces en que disfrutamos del merecido descanso tras haber estado por los campos de arriba, y casualmente el tiempo es formidable: ¿Qué hacemos? ¿Seguimos a la bartola o aprovechamos para subir no vaya a ser que esta sea la oportunidad? El instinto es un aliado que en muchos casos no se tiene en cuenta. Es básico tener el olfato necesario para captar el momento apropiado en que hay que despegarse del campo base.

Resulta evidente que desde el saco y con el cansancio que tengo, el mañana no existe para mí, el ahora ocupa todo, y el ahora es dormir y dejarme llevar por los sueños.
Por la mañana el campo base está tranquilo. Desde la tienda se escucha el murmullo de Manssur y del ayudante de cocina, así como el graznido de algunas chovas que entre nosotros se encuentran como en familia. Abro la ventanilla de la tienda para apreciar el hermoso día que sin decir nada, ha venido de visita sorpresa. Mis ojos beben de la luz que todo lo envuelve y de inmediato recobro nuevos bríos que me hacen levantarme al nuevo día. Los franceses han madrugado más y andan en los quehaceres cotidianos, secando ropa, aseándose y cómo no, mirando a cada rato lo que compartimos, la belleza expresada con mayúsculas, donde cada montaña es una letra, un sueño, una ilusión.
Después del desayuno el glaciar nos trae caminantes que nos visitan con los que conversamos sin olvidar que hay varias tareas pendientes. Entre otras, está la de escribir la crónica para que la gente esté informada al día mandarla de la expedición. Las otras son: comer bien y cenar mejor. Además, hoy he cocinado alubias con todos los sacramentos menos la morcilla porque el viaje en bidón hasta el glaciar la ha dejado con un aspecto que ni para el perro. En la mesa está Javier Feito que ha debido oler el perolo desde el campamento del K 2.

No, Alberto, no pienses así de mí. He pasado por aquí para despedirme de vosotros porque he decidido volver para casa”, me dice con tono serio después de escuchar la broma.

Tras dejar limpio el plato y llevar unos minutos instalado el silencio en la tienda cocina, Javier ha tomado aliento y nos ha contado con pelos y señales sus inquietudes, así como sus flirteos y andanzas amorosas….

Recordando el K2 1a parte

Por la mañana desayuno con Frank y Nick. Ellos también van a salir a escalar.
A Frank le acompaña un porteador de altura maduro que exhibe la expresión recia de estar curtido en mil batallas. Seguro que cuidará bien del grandullón alemán.
A estas horas y envuelto en una helada maja no me doy cuenta ni de lo que estoy tragando. Como si el sentido de la saciedad se hubiera evaporado. Entre que Frank no me hace más que servir y acercarme de todo y yo, que creo que comiendo se lucha mejor contra el frío, no hay manera…
Frank ha decidido no salir por creer que en cualquier momento puede empezar a nevar. Yo veo que los porteadores de los serbios están ya saliendo y mirando hacia donde estoy yo. Antes de seguir sus pasos peso la mochila: la friolera de 23 kilos.
“Con esto no llego ni al campo depósito situado a dos horas”, me digo.

Cuando amanece estamos los tres porteadores de altura y yo caminando juntos.
Paro para filmar y esprinto para alcanzarles, esto me asfixia pero no queda otra que joderse si es que quiero mantener un ritmo vivo y seguir filmando. Gracias a que no sólo dispongo de un corazón que puede bombear sangre que va engordando con la altitud como el cemento. Delante de mí están funcionando otros tres corazones que mueven cortesía y humanidad a chorros. Y es que si algún “pecado” tienen los lugareños, lo que me demuestran a continuación me lo confirma: son demasiado humanos. Sí, así de cruda es la realidad. Yo, por supuesto, me niego a que cometan ese tipo de faltas cuando me piden que les pase algo de material que llevo en la mochila para facilitarme el porteo. “No, no, tranquilos, que voy muy bien”, les digo no muy convencido. A los diez minutos me vuelven a repetir la misma oferta y esta vez no puedo disimularlo y acepto encantado. Con cuatro o cinco kilos menos es ya otra cosa, la vida se ve de otra manera. Ir acompañado de ángeles como estos es más que un lujo, es una bendición.
Ahora atravesamos una especie de laberinto glaciar que nos va llevando hacia lo que es la base de la montaña. Una inmenso caos de pedruscos enormes no ha podido escapar de la misma montaña al quedar entre la enorme masa del glaciar de hielo que se dirige hacia Concordia. A pesar de tratarse del K 2 el que suelta sus desechos, no acaba por llenar el hueco que hay entre el glaciar y la pedrera, ya que la misma masa de hielo se va llevando de paseo los sobrantes de la montaña.
Pronto se distinguen en una planicie de cascajo las tiendas de varias expediciones: es el campo depósito. Las conocidas tiendas de color verde, las coreanas, están en todas partes. Sus componentes están también en este lugar y suben ahora hacia los campos I o 2. Una pareja de noruegos; Cecilie y su marido, también nos acompañan en la ascensión.
Las primeras pendientes están “diseñadas” como para entrar en calor, ya que permiten disfrutar con comodidad debido a la no exagerada verticalidad de esta zona. Pero pronto se advierte que la nariz puede tocar fácilmente la pared a nada que incorporemos algo el tronco. A partir de aquí, la montaña no admite bromas y el terreno es mixto con tramos de corredor de hielo y nieve. Sain me ha pedido la cámara de video para filmarme y acto seguido, con mejor estilo que el mío va haciendo tomas en varios puntos, a mí y otra vez a mí. Al parecer de sus compañeros no quiere sacar nada, como si ya estuviera harto de verles, empachado de compartir ahogamientos en estas rampas. De ellos, tendrá grabada seguro, varias vidas en su cerebro.
En una de las reuniones hacemos una parada para comer y beber algo. Hablar, hablamos lo justo. La mayoría son gestos y muecas cordiales que nos permiten atenuar la tensión y el cansancio. Yo les invito a unos frutos secos que aceptan con recelo. Ellos me pasan lo que para todos los oriundos de la zona es un manjar exquisito: los omnipresentes albaricoques secados al sol en Machulu y otros pueblos.
Ya queda poco para el Campo I, vas mejor que lo que pensaba. Es más, no creía que siguieras nuestro ritmo cargado como vas”, me dice Sain valorando mi esfuerzo.
No cantes victoria Sain, voy reventado y lo más seguro es que me quede en el primer campamento. Si continuo hacia el campamento siguiente tengo que dejar la tienda, pero entonces, ¿dónde duermo?
Tranquilo Alberto, tenemos dos tiendas grandes para nosotros tres. Mis dos compañeros ocuparán una y nosotros dos, la otra”.
Esta noticia me alivia el cansancio, aunque todavía tengo mis dudas ya que todavía ni tan siquiera aparece el campo I. Tras pasar unas zonas delicadas sobre todo por el riesgo de desprendimientos, llegamos por fin a este emplazamiento que da la impresión de ser un mercado en un día de feria. Hay mucho colorido y algunas tiendas muestran cicatrices de guerra, otras, son trapos que se enredan con el hielo. Fuera de las tiendas parece que hoy lo que se vende en este día de mercado es todo de segunda mano: chatarrería, bombonas de gas, envoltorios de todo tipo y comida congelada. Debe estar todo muy caro porque nadie compra nada y hasta los comerciantes desatienden los expositores. De alguna de las tiendas sale gente que al parecer marchará al campo 2. Son dos americanos que comienzan con movimientos de desgana la primera rampa. Tras ellos van algunos porteadores. De repente, me entran ganas de salir de este campo porque es lo que se dice, un estercolero.
Mi tienda y uno de los piolets que llevo han quedado guardados en la tienda de Sain y sus compañeros. Lo malo ha sido que me han dado un “regalito” para subir; una cuerda para colocar mañana en la chimenea House.
Así arreglas el hueco que tiene tu bonita mochila”, me dice en tono de guasa Ibrahin.
“¿Queréis que os lleve alguna cosa más?, me ofrezco con tono amable.
Si no te importa podías subir una bolsa de comida que tenemos guardada”, dice con voz seria Sahin.
Bah, déjala aquí de momento, no vaya a ser que le entre el mal de altura”, le digo aguantándome la risa.
No sé si me han entendido pero no han parado de reír y de hablar entre ellos durante un rato. Seguro que me la tendrán guardada más tarde; ojalá lo hagan porque si con ello aflora la risa, seguro que el cuerpo lo agradece.
Esta parte de la ruta se me hace entretenida por lo aérea y espectacular. No es de extrañar que pronto me encuentre bajo la primera chimenea antes de llegar al campo 2. Aquí el ambiente cobra otra dimensión. Aquí siento que estoy metido en el K 2, porque lo único que veo es la inmensidad del vacío cuando miro bajo mis pies. Ya en el hombro, distingo las tiendas en la niebla, dispuestas en terracitas y aprovechadas hasta la base del muro que defiende este lugar de cualquier proyectil que ruede desde arriba. Sólo la ventisca se cuela cuando revolotea por cada rincón de la montaña. Por eso mismo toca palear un buen rato hasta sacar a flote la tienda. Otra vez me fijo en las tiendas verdes que vuelven a mostrar desgarros importantes en los avances. No sé qué pruebas pasarán esas tiendas en Corea, o quizás sea que el viento se ceba más en este color. Sea la razón que sea, con la ventisca que tenemos van a pasar una noche un tanto incómoda.
Son las dos de la tarde cuando me tumbo en una verdadera cama conseguida por la gran cantidad de material que está depositado dentro: tiendas, sacos de comida, ropa etc. Tengo la intención de estar sólo un rato inmóvil, y el rato me ha durado hasta las diez de la mañana. No he sido capaz de levantarme. Entre que estaba literalmente baldado y que Sain me animaba a no moverme, se han pasado las horas sin enterarme. Me ha dado de cenar y beber a capricho. A pesar de ello, el descanso ha sido como no puede ser de otra manera cuando se está enfermo de cansancio: malo, sintiendo el cuerpo torturado y enfadado.
No tan temprano a causa de la ventisca, Sain y sus dos compañeros se han ido hacia el campo 3 y me han dejado durmiendo, o mejor dicho tumbado y admirado por ver que son capaces de moverse. Yo siento mi organismo en huelga, vacío y desmotivado. Desde el saco veo la cuerda que subí ayer y que dije que la llevaría hasta arriba de la chimenea. Es a lo único que me agarro para moverme hoy, no quiero fallar a los compañeros después de lo hospitalarios que han sido conmigo, así que la cuerda hoy la llevaré hasta la chimenea. Ha sido una burrada lo de ayer; no obstante me siento animado sabiendo que normalmente asimilo bien el esfuerzo. Dos horas después que de mis compañeros salgo con la bendita cuerda y arrastrando penosamente mi cuerpo. Un poco más adelante van dos porteadores de los italianos. Uno es Amin, amigo desde la expedición que hicimos a los Gasherbrun hace dos años. No deja de sorprenderme el ritmo que puedo mantener que incluso me permite alcanzar a los dos porteadores. Resulta una grata experiencia sentir lo que mi cuerpo es capaz de rendir. En parte se debe a que no llevo más peso que la cuerda por lo que la situación comparada con la de ayer me hace sentir que voy flotando. También por supuesto a la voluntad que le pongo para cumplir con el compromiso.
Cuando llego al final de la chimenea me encuentro con los compañeros de nuevo.
“¿Subirás con nosotros hasta el campo 3, no? Me preguntan, pensando que les voy a decir que sí.
Imposible”, les digo. En cuanto he llegado y dejado la cuerda mi organismo y mi mente han cambiado de actitud. Siento que hasta para bajar voy a ir hecho un trapo.

El Correo Digital

«Siempre antepongo la ayuda a la cima»

El alavés será dado de alta hoy en el MAZ de Zaragoza, donde se ha tratado unas congelaciones leves tras conquistar el Kangchenjunga

«Siempre antepongo la ayuda a la cima»

«Sabía que tenía los pies tocados y sólo pensaba en bajar cuanto antes»

«No disfruté de la cumbre igual que otras. Fue un ascenso precipitado»

«La suerte va contigo, pero hay muchas trampas por el camino»

Dieciséis días después de hollar la cima del Kangchenjunga, la tercera más alta de la tierra, el alavés Alberto Zerain abandonará hoy la clínica MAZ de Zaragoza, donde fue ingresado el pasado domingo con uno de sus pies congelados. Atrás quedan ya una ascensión complicada, por precipitada -adelantó sus planes y subió de noche para auxiliar a los expedicionarios de ‘Al filo de lo imposible’ que bajaban exhaustos- y un azaroso rescate que lo mantuvo seis días atrapado en la ‘Montaña sagrada’. De vuelta a casa, y con el séptimo ‘ochomil’ bajo sus pies, el primer alavés que coronó la cima del Everest no se arrepiente. Por una sencilla razón: «en la montaña, siempre antepongo la ayuda a la cumbre».

-Ante todo, ¿cómo se encuentra?

-Recuperándome. Estos cuatro días en Zaragoza me han venido muy bien para que la herida se vaya asentando y para combatir la infección, que es lo más importante. A partir de ahora, habrá que esperar para ver cómo va la recuperación porque, cuando hay congelación, es un poco larga y pesada.

-El jueves (por hoy), 16 días después de coronar el Kangchenjunga, le darán el alta. ¿Alguna vez pensó que no lo contaría?

-Fue un ataque a cumbre un tanto precipitado, pero siempre supe hasta dónde podía arriesgar. Mi idea inicial era salir a las dos de la mañana del campo IV con el objetivo de hollar la cima hacia el mediodía. Pero todo se precipitó cuando nos avisaron de que el equipo de ‘Al filo’ bajaba de la cima en serias dificultades.

-Y salió en su auxilio.

-Yo siempre antepongo la ayuda a la cima. Las cosas pintaban feas y, aunque estaba anocheciendo, no dudamos en salir a ayudarles. Cogimos bebida caliente y una botella de oxígeno porque era probable que tuviéramos que subir hasta bastante arriba.

-¿Se los encontraron tan mal como se les avisó por ‘walkie’?

-Estaban muy cansados, agotados, pero como había cuerda fija pudieron bajar bien sin necesidad de ayuda.

«O entonces o nunca»

-Entonces, usted decidió continuar el ascenso. ¿Por qué no regresó al campo base habida cuenta de la hora que era?

-Sabía que me arriesgaba, pero si no lo hacía en ese momento la opción a cumbre se me iba. No podía andar subiendo y bajando, así que decidí continuar adelante. O lo hacía en ese momento o ya no lo hacía.

-¿Se arrepiente de su decisión?

-A día de hoy, no, porque no tengo nada grave. Pero hubo momentos en que sí pensé que tendría que haber bajado. La noche fue muy larga, demasiado larga. Tuve que parar muchas veces, descansando más de lo que me hubiera gustado y pasando mucho frío para no llegar a cumbre a las tres de la mañana.

-Finalmente, holló la cima a las cinco y media. Demasiado pronto, en cualquier caso, para disfrutar del momento.

-Ni siquiera pude esperar a que saliera el sol porque, de haberlo hecho, me habría congelado por completo. Permanecí en la cumbre unos 20 minutos y sólo disfruté por segundos. Sabía que tenía los pies tocados por el frío y sólo pensaba en bajar cuanto antes.

-Éste ha sido su séptimo ‘ochomil’. ¿El peor?

-Digamos que no lo disfruté igual que otros. Fue un ascenso precipitado por las circunstancias, de noche y radicalmente opuesto a lo previsto.

-El Kangchenjunga se cebó con todos los que atacaron aquellos días su cumbre, incluso usted. ¿Considera hoy que tuvo suerte?

-La suerte va contigo. El día de cumbre estaba en perfectas condiciones y, desde luego, si hubiera notado que los pies empezaban a no responder habría bajado. Pero hay muchas trampas en el camino y cualquier cosa podría haber hecho que no acabara la expedición.

-La pesadilla arreció con el rescate. ¿Cómo es posible que se prolongara durante 6 días?

-El mal tiempo fue una de las razones, pero yo creo que también tuvo que ver la poca influencia de la agencia de montaña que organizó la expedición en Nepal. Si hubiésemos ido con otra agencia más fuerte, con la que iba el equipo de ‘Al filo’, quizá no hubiera pasado lo que pasó.

Sin helicóptero

-¿Por esa misma razón explica que les ‘quitaran’ el helicóptero que pidieron nada más llegar al campo base?

-Quiero pensar que fue por ignorancia. El primer helicóptero que vimos aparecer en el cielo se llevó a dos compañeros. El nuestro, nos dijeron, llegaría dos horas más tarde. Lo normal habría sido que el piloto hubiera bajado hasta la hierba, los hubiera dejado allí y hubiera regresado a por nosotros. Sin embargo, los llevó hasta Katmandú y no volvió. Luego vino el mal tiempo y la salud de mi compañero Koke comenzó a empeorar. Ahora sabemos que lo que tenía era una neumonía atípica muy fuerte, con una deshidratación inmensa.

-Abandonados como estaban, ¿era imposible rebelarse?

-Presionamos todo lo que pudimos. A mí, de hecho, me llamó la Diputación de Álava para preguntarme si necesitábamos ayuda, pero contra el mal tiempo no se puede luchar. Si cuando hizo bueno no vino ningún helicóptero, con la meteorología en contra era imposible.

-¿Cómo aguantaron?

-Ni locos hubiéramos imaginado que íbamos a pasar seis días esperando a ser rescatados. Estábamos en una situación límite, pero serenos. Había que aguantar como fuera y eso fue lo que hicimos. El sexto día, cuando amanecí y miré al cielo, supe que en esa jornada iba a llegar el helicóptero. Si no llegaba entonces, no llegaba nunca.