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El otro día me acordaba de lo impulsivo e impaciente que solemos ser cuando somos muy jóvenes. Cuesta saber esperar y dejar paso a ese orden que a cada uno se nos tiene establecido para poder realizar esas cosas que tanto nos gustan. Me acuerdo que recién me había comprado mi primer coche y quería estrenarlo para ir a Pirineos a escalar en Ordesa el fin de semana. Era un seat 1430 matrícula VI 27745 y lo tenía aparcado frente al taller de ruedas donde trabajaba y que era propiedad de mi padre. No dejaba de mirarlo cada vez que salía a la calle para indicar a algún cliente para que metiera su coche o para respirar algo que no fuera el tufo de la goma de los neumáticos. Y en realidad no lo miraba por lo bonito que era porque la chapa además de descolorida, por los bajos estaba más que podrida. El motor, eso sí, sonaba que daba gusto y según lo miraba me veía rodeado de mis amigos entre montañas y bellos paisajes. Con este supercoche ya no pasaríamos horas con el dedo helado en cualquier cuneta, seríamos dueños de cada uno de nuestros deseos. Así iba pensando mientras seguía preso en el trabajo el primer sábado por la mañana tras la compra del coche. Esa misma tarde pensaba estrenarlo, aunque primero debería arreglarle los frenos porque perdían aceite por ambos bombines.
A eso de las diez de la mañana entraron en el garaje Fernando y Josu con dos mochilas que dejaban asomar parte de los trastos que se llevan para escalar. Yo no había quedado con ellos, así que me extrañó verles y más con los atuendos de montañeros mientras yo exhibía mi buzo grasiento. Venían a llevarse mi coche porque mañana temprano querían escalar una vía en Ordesa y necesitaban salir ya. “No importa que no tega frenos, no tenemos intención de parar hasta estar allí”, me dijó Fernando mientras con el capó levantado se tuvo que apartar para que el chorro de aceite no le alcanzara cuando yo le demostraba pisando el freno que no funcionaban. “Para una frenada ya sirve”, me dijo. Josu en vez de mirar en el capó de adelante miraba el de atrás para ver cómo iba a acomodar el equipaje.
Me intentaron convencer para que cerrara el taller y me fuera con ellos pero no lo consiguieron. El deber era el deber y el padre, la autoridad suprema. Yo temía más por mi coche que por ellos, total, por dos locos menos no se iba a acabar el mundo, pensaba entre la risa y la incredulidad. Fuera de bromas, ese fin de semana lo pasé francamente mal y todo influía para que esto fuera así. Por una parte me quedé peor que tirado haciendo dedo en cualquier sitio y por otra, temía que algo pudiera pasarles y precisamente, no escalando.
Al final, llegaron en la madrugada del lunes de vuelta con el pánico incrustado en el cuerpo. Habían tenido una escalada de espanto y un viaje de vuelta de infarto. Todavía me crece la carne de gallina cuando recuerdo la aventura que se pegaron a cuenta del desastroso coche. Por cierto, no me lo volvieron a pedir más, además de los frenos ocultaba otros males de difícil cura. Pero esa historia ya se contará a su tiempo. Ellos querían algo ya y lo consiguieron.
Publicado el 09/03/2010 por Alberto Zerain.
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