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El camino que va de Tingri a la entrada del campo base del Everest se va introduciendo por unos extensos páramos donde el espacio alcanza casi otra dimensión diferente. No es de extrañar que todo este despliegue de majestuosidad esté escondiendo a la montaña más grande de la tierra. Además, la presencia del hombre en estos terrenos inhóspitos y en aparente soledad delata que incluso la sabia naturaleza ha querido compartir este espacio con el ser humano. Y en ese acto de generosidad podemos ver que no todo son rocas, arenisca, cascajo, extensiones de hierba rala y lagunas, ciertamente un paraíso para aves, arácnidos y otras variedades de bichos. También los sufridos tibetanos están aquí compartiendo este cielo y los caprichos del clima.
Así vamos circulando entre trigales y huertos, entre prados donde los yaks están a su capricho y donde, al parecer, en años como este, de mucha hierba, adquieren la envergadura y la belleza que los caracteriza. Pronto comprobaremos cómo están esos yaks. Si toda esa fachada no les hace olvidar, como a veces ocurre, al ser humano y se vuelven más creídos y no rinden lo que tienen que rendir. Los escasos pueblos que hemos atravesado nos permiten ver una estampa del día a día en estos lugares: animales tirando de manejables carros que salen a los campos o entran con la carga al pueblo, niños jugando y corriendo entre las calles, ancianas ocupándose del secado de las boñigas del yak, con las que podrán caldear la casa y cocinar, y algún lugareño girando los molinos para velar por las almas del pueblo. En fin, son actividades que tomadas como algo rutinario permiten ver estos pueblos olvidados llenos de vida y sabiduría, sabiduría que es difícil no ya captarla, sino ponerla en práctica. Precisamente debe estar allí el secreto de permanencia y arraigo en las costumbres, de armonía y sintonía con el medio que los envuelve.
Publicado el 15/08/2010 por Alberto Zerain.
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