El Correo Digital
«Siempre antepongo la ayuda a la cima»
El alavés será dado de alta hoy en el MAZ de Zaragoza, donde se ha tratado unas congelaciones leves tras conquistar el Kangchenjunga
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«Sabía que tenía los pies tocados y sólo pensaba en bajar cuanto antes»
«No disfruté de la cumbre igual que otras. Fue un ascenso precipitado»
«La suerte va contigo, pero hay muchas trampas por el camino»
Dieciséis días después de hollar la cima del Kangchenjunga, la tercera más alta de la tierra, el alavés Alberto Zerain abandonará hoy la clínica MAZ de Zaragoza, donde fue ingresado el pasado domingo con uno de sus pies congelados. Atrás quedan ya una ascensión complicada, por precipitada -adelantó sus planes y subió de noche para auxiliar a los expedicionarios de ‘Al filo de lo imposible’ que bajaban exhaustos- y un azaroso rescate que lo mantuvo seis días atrapado en la ‘Montaña sagrada’. De vuelta a casa, y con el séptimo ‘ochomil’ bajo sus pies, el primer alavés que coronó la cima del Everest no se arrepiente. Por una sencilla razón: «en la montaña, siempre antepongo la ayuda a la cumbre».
-Ante todo, ¿cómo se encuentra?
-Recuperándome. Estos cuatro días en Zaragoza me han venido muy bien para que la herida se vaya asentando y para combatir la infección, que es lo más importante. A partir de ahora, habrá que esperar para ver cómo va la recuperación porque, cuando hay congelación, es un poco larga y pesada.
-El jueves (por hoy), 16 días después de coronar el Kangchenjunga, le darán el alta. ¿Alguna vez pensó que no lo contaría?
-Fue un ataque a cumbre un tanto precipitado, pero siempre supe hasta dónde podía arriesgar. Mi idea inicial era salir a las dos de la mañana del campo IV con el objetivo de hollar la cima hacia el mediodía. Pero todo se precipitó cuando nos avisaron de que el equipo de ‘Al filo’ bajaba de la cima en serias dificultades.
-Y salió en su auxilio.
-Yo siempre antepongo la ayuda a la cima. Las cosas pintaban feas y, aunque estaba anocheciendo, no dudamos en salir a ayudarles. Cogimos bebida caliente y una botella de oxígeno porque era probable que tuviéramos que subir hasta bastante arriba.
-¿Se los encontraron tan mal como se les avisó por ‘walkie’?
-Estaban muy cansados, agotados, pero como había cuerda fija pudieron bajar bien sin necesidad de ayuda.
«O entonces o nunca»
-Entonces, usted decidió continuar el ascenso. ¿Por qué no regresó al campo base habida cuenta de la hora que era?
-Sabía que me arriesgaba, pero si no lo hacía en ese momento la opción a cumbre se me iba. No podía andar subiendo y bajando, así que decidí continuar adelante. O lo hacía en ese momento o ya no lo hacía.
-¿Se arrepiente de su decisión?
-A día de hoy, no, porque no tengo nada grave. Pero hubo momentos en que sí pensé que tendría que haber bajado. La noche fue muy larga, demasiado larga. Tuve que parar muchas veces, descansando más de lo que me hubiera gustado y pasando mucho frío para no llegar a cumbre a las tres de la mañana.
-Finalmente, holló la cima a las cinco y media. Demasiado pronto, en cualquier caso, para disfrutar del momento.
-Ni siquiera pude esperar a que saliera el sol porque, de haberlo hecho, me habría congelado por completo. Permanecí en la cumbre unos 20 minutos y sólo disfruté por segundos. Sabía que tenía los pies tocados por el frío y sólo pensaba en bajar cuanto antes.
-Éste ha sido su séptimo ‘ochomil’. ¿El peor?
-Digamos que no lo disfruté igual que otros. Fue un ascenso precipitado por las circunstancias, de noche y radicalmente opuesto a lo previsto.
-El Kangchenjunga se cebó con todos los que atacaron aquellos días su cumbre, incluso usted. ¿Considera hoy que tuvo suerte?
-La suerte va contigo. El día de cumbre estaba en perfectas condiciones y, desde luego, si hubiera notado que los pies empezaban a no responder habría bajado. Pero hay muchas trampas en el camino y cualquier cosa podría haber hecho que no acabara la expedición.
-La pesadilla arreció con el rescate. ¿Cómo es posible que se prolongara durante 6 días?
-El mal tiempo fue una de las razones, pero yo creo que también tuvo que ver la poca influencia de la agencia de montaña que organizó la expedición en Nepal. Si hubiésemos ido con otra agencia más fuerte, con la que iba el equipo de ‘Al filo’, quizá no hubiera pasado lo que pasó.
Sin helicóptero
-¿Por esa misma razón explica que les ‘quitaran’ el helicóptero que pidieron nada más llegar al campo base?
-Quiero pensar que fue por ignorancia. El primer helicóptero que vimos aparecer en el cielo se llevó a dos compañeros. El nuestro, nos dijeron, llegaría dos horas más tarde. Lo normal habría sido que el piloto hubiera bajado hasta la hierba, los hubiera dejado allí y hubiera regresado a por nosotros. Sin embargo, los llevó hasta Katmandú y no volvió. Luego vino el mal tiempo y la salud de mi compañero Koke comenzó a empeorar. Ahora sabemos que lo que tenía era una neumonía atípica muy fuerte, con una deshidratación inmensa.
-Abandonados como estaban, ¿era imposible rebelarse?
-Presionamos todo lo que pudimos. A mí, de hecho, me llamó la Diputación de Álava para preguntarme si necesitábamos ayuda, pero contra el mal tiempo no se puede luchar. Si cuando hizo bueno no vino ningún helicóptero, con la meteorología en contra era imposible.
-¿Cómo aguantaron?
-Ni locos hubiéramos imaginado que íbamos a pasar seis días esperando a ser rescatados. Estábamos en una situación límite, pero serenos. Había que aguantar como fuera y eso fue lo que hicimos. El sexto día, cuando amanecí y miré al cielo, supe que en esa jornada iba a llegar el helicóptero. Si no llegaba entonces, no llegaba nunca.





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