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Con la bajada de Celedón he ido entrando en ambiente de gentío y muchedumbre que me vendrá bien para cuando llegue a Katmandú.
Las calles del casco viejo de Vitoria están repletas de risas, murmullos y fiesta en general que sin querer se contagia por cada rincón. Son varias las procesiones que se han dado cita por las calles que surcan el alma de la fiesta. Lo mismo se cruza la procesión de los faroles con alguna cuadrilla de txikiteros dirigida por alguna fanfarre, que son algunos grupos que desfilan menos ordenados y con movimientos distraídos y difíciles de gobernar, los que se dan de morros con ellos. El cava con su gas mágico va haciendo mella incluso entre los andarines mas aclimatados. Todos, eso sí, van siguiendo el eco de las calles más abarrotadas, unos atraídos por el olor del pegajoso kalimotxo u otros brebajes que vagan por el ambiente y otros, viviendo con fervor algo que sienten como una llama que les quema y que mantiene la tradición intacta en un mundo cambiante de costumbres y otros valores.
La noche con su manto se va cebando con los más débiles y muestra la típica estampa del gran maratón que supone aguantar una de las noches más largas, a pesar de llevar todos muy en serio el tema de la hidratación.
Expresiones de júbilo, estallidos de risas y momentos de exageración rompen la monotonía de un día cualquiera.
Así voy despidiéndome de amigos y conocidos que se dan cita en este día especial para Vitoria. Todavía me queda un día de inflexión antes de partir hacia el Himalaya que es como un regalo: se trata de la fiesta de la patrona de Vitoria: la Virgen Blanca. Tiempo perfecto para estar con la familia y compartir una rica comida que mi madre, al igual que otras muchas santas madres hacen, nos obsequia para hacer de este día grande un día más grande todavía. Es un día perfecto para ir saliendo de la nube de ayer, que deja la huella en la voz afónica y el cansancio típico que me ha costado llegar a buen término con los preparativos de la expedición.
En Katmandú parece como si Celedón hubiera bajado también del cielo y hubiera congregado a toda la gente por las calles. Pero aquí no hay fanfarres. Las bocinas de las motos, coches y risos no callan y se abren hueco entre la muchedumbre que araña cada centímetro de calle para hacer suyo el espacio que les permite pasear a duras penas. Para pasar de un lado a otro de la calle se debe aprender una especie de baile acrobático que intentamos realizar torpemente. Nos queda mucho que aprender de los profesionales que parecen volverse invisibles ante el peligro más hostil que aparenta llevárselos por delante. Son muchos los años de convivencia entre el tráfico y la población nepalí y a cada cual, a motor o a salto de mata los va llevando la vida, no importa adonde.
Publicado el 09/08/2010 por Alberto Zerain.
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