Etapas de aproximación al kangchen

El otoño comienza sin pereza apartando a manotazos los calores que nos han acompañado los pasados meses. Tiempo de vendimias, de recoger patatas, de exprimir las huertas con los últimos regalos del campo y de acercar la leña a las casas. Tiempo de hacer frente a un nuevo curso que cada uno afrontará como mejor pueda y si algún truco del “magialdia” de Vitoria puede ayudar a enfrentarnos con el panorama que tenemos, se agradecerá. Mientras tanto yo me voy al campo de nuevo y os traígo un resumen de las etapas que completan la aproximación al Kangchenjunga. Aquéllos sí que se habrán aplicado bien preparando todo para el largo invierno que cuando regresamos se les echaba encima.

El kangchenjunga vive ya en mí como un recuerdo hermoso al que acudiré con frecuencia para reencontrarme con un universo de aristas y escarpadas cumbres, en donde el lenguaje de los glaciares y nieves perpetuas salpican con su melodía, cada recoveco de toda aquella inmensidad. Allí es precisamente donde se esconden los bellos y sufridos momentos pasados junto a mis compañeros.
Ahora tiro del recuerdo y la añoranza para resumir lo que dio de sí la expedición en la que pretendía ascender a dos de los cinco tesoros: el Yalung Kahn y el Kangchen.
Las etapas que fuimos completando desde que salimos de Kathmandu hasta llegar al campo base, han sido toda una experiencia humana, difícil de olvidar. Se desconecta durante unos días de la realidad que nos invade y nos trasladamos a otros espacios donde sobran las armas que a menudo utilizamos en nuestro territorio cargado de competitividad, envidia y ambición. Las sonrisas de los lugareños, sus miradas nobles y sus quehaceres tan dignos en un mundo elemental y armónico, nos convencen y nos seducen a cada paso.
¡Cómo se disfruta con esa sensación de vacío en el cuerpo! Todo ese lastre de cosas mundanas que tanto nos pesa permite que nuestra piel roce a su antojo con todo este escenario que nos va envolviendo y que nos hace sentirnos parte viva del camino. Parte viva que respira las esencias de la tierra húmeda tras la tormenta y que siente los latidos del bosque donde se guardan todo tipo de aves, reptiles, animales e insectos.
Antes de hacer un resumen de la ascensión describiré las etapas que completan la marcha de aproximación al campo base del Kangchenjunga por la cara oeste:
SUKHETAR-LALIKHARTA
Comenzamos la marcha después de haber asistido al reparto de cargas entre las jóvenes porteadoras y un puñado de hombres. El camino es ancho al principio pero pronto se estrecha hasta convertirse en un agradable sendero por el que caminamos dejándonos llevar cada uno por sus emociones. Bajo el sol, una suave brisa que escapa de las montañas, acaricia nuestros rostros. Algunas vacas ajenas a nuestra presencia destacan en el verdor de los pastizales. Por cada caserío que pasamos las infatigables gallinas pasean a sus anchas. Cabras, conejos y cerdos, se dejan ver por cualquier rincón añadiendo chispa vital a cada casa.
Nada más ver una cuadrilla de chiquillos sentados en un prado haciendo los deberes de la escuela y a otros cargando con sus libros acercándose a sus casas, intuyo que estamos en un pueblo importante, y un letrero lo recuerda. Se trata de Lalicarta: un conjunto de casas de campo ordenadas en el llano de una colina entre el sendero y el borde de la montaña. Hasta aquí la caminata no ha llegado a las tres horas y ya podemos acampar. Estamos a 2149 metros de altitud.
HACIA KANDEBHAYANG
Madrugamos lo justo, o mejor dicho lo que exigen los porteadores que se encargan de llevar entre otras cosas, las tiendas donde dormimos.

El camino nos lleva colina abajo mientras atravesamos los prados cercados que rodean los caseríos que asoman al vacío. Algunos torrentes se suman al caudal del río principal que se abre paso sin que, nada ni nadie, ose detenerlo. El sonido del agua todavía lejano, no consigue aliviar la sensación de bochorno que se prende mientras descendemos. Sólo, cuando un único y escandaloso sonido impregna todo, el de las alocadas aguas, disfrutamos de su frescor y nos hace olvidar la subida que poco después nos espera hasta culminar en el lugar donde finaliza la etapa: Kandebhayang.
Este pueblo nos recibe con un sol que hace que busquemos la sombra en unos diminutos soportales de una casa. El chorro de una fuente cercana nos anima a salir y además de refrescarnos aprovechamos a lavar la camiseta empapada de sudor. El terreno que pisamos nos habla del último aguacero apenas un puñado de horas antes. Es más, el cielo nos pone sobre aviso de que hoy también la lluvia hará acto de presencia. Dos horas después, a pesar de estar reunidos en el comedor compartiendo el té de las cinco, no hay conversación que se atreva a interrumpir al único y sonoro lenguaje de la tormenta.
A NAMANKE
La mañana conserva todavía el frescor de la tierra mojada cuando nos ponemos en marcha, y el sol apenas nos salpica con sus rayos por caminar ocultos bajo inmensas ramas de arbolado. Cuando volvemos a tener el cielo como techo, el paisaje que vemos nos habla de lo que aquí se esconde. Como si el hombre y la naturaleza siguieran a rajatabla un antiguo pacto firmado, así queda a la vista esta simbiosis perfecta entre el hombre y el medio. Por un lado, vemos las inconfundibles terrazas de cultivo que quedan esculpidas por la mano del hombre a lo ancho y alto de algunas laderas. En otras zonas, los fenómenos naturales se encargan, según se les antoje, de hacer su propia obra.
Después de menos de tres horas de caminata hacemos una parada en un caserío para almorzar. De esta forma volvemos a encontrarnos con los porteadores que vienen más tranquilos. Estos ratos de descanso nos sirven para introducirnos efímeramente en las vidas de esta gente. Observamos las herramientas que utilizan y analizándolo bien, no les falta de nada. Es evidente que cada labor que realizan está fuera de nuestro tiempo. La tabla que cortan para construir la casa, la recolección de cosechas en las pendientes, el engorde de los animales… Si aceleraran de repente el proceso de elaboración de las cosas por llegar hasta estos rincones la fiebre del consumismo que hoy día envuelve a la mayoría, el arraigo y el carácter independiente de la gente, se perderían rápidamente. Cada casa, eso sí, tiene su panel o paneles solares.
Después de esta visita continuamos cuando el sol pega más fuerte y el característico traje de humedad y calor nos envuelve por completo. Otra vez entramos en el bosque donde pensamos que iremos frescos, sin embargo, de la tierra sale un vapor cargado de bochorno, como si algunos duendecillos estuvieran haciendo una paella gigante bajo nuestros pies.
A YAMGPUDIN
Entre los que comparten el permiso y los cinco que formamos el grupo, sumamos nueve los expedicionarios. En total vienen con nosotros 70 porteadores. Esta etapa es la antesala a la que será la más dura y que nos colocará a 3000 metros de altitud, en Tortong. Sólo de pensar en el trabajo que tendrán que realizar los porteadores se me pone la piel de gallina. Pero como aquí se trata de vivir el ahora y los lugareños bien que saben de esa filosofía, ahora toca disfrutar con el paseo como al parecer están haciendo ellos.
El terreno se va volviendo más abrupto a medio camino. Los barrancos están ya por cualquier lado, por lo que resulta difícil toparse con aldeas como al principio de la marcha. En las laderas al otro lado del río apenas se ven casas y las que hay nos dejan con la sensación de aislamiento total del mundo. Se trata, más bien, de caseríos donde se dedican a la cría del ganado. Después de un ameno recorrido a media ladera, vigilados en todo momento por los lejanos picos nevados entre los que, oculto entre las nubes estará nuestro Kangchenjunga, una última bajada para cruzar el río y una posterior subida entre sudores, llegamos por fin a Yangpuding.
A TORTONG
Nada más salir de este último pueblo vamos comprobando que está asentado justo en los límites de un terreno en donde la naturaleza es dueña de todo. En definitiva, lo que vamos viendo no hace sino confirmarnos la realidad: los bosques que hemos visto hasta ahora son apenas un aperitivo para lo que viene. Entre rododendros en flor, abedules, fresnos y todo tipo de coníferas vamos elevándonos por los senderos mientras, la humedad y el calor van rindiéndose ante otros aires más secos y frescos que se esconden a partir de los 3000 metros de altitud..
En travesía por una cresta conectamos con otro valle que surge entre la niebla. El sol aparece y se esconde a cada rato, mostrándonos una zona donde se respira la intemperie y los árboles sufren los rigores del clima; muchos de ellos están tendidos y los que quedan de pie adoptan posturas extrañas, como si estuvieran heridos de muerte o implorando clemencia. Los rayos, cómo no, también contribuyen con su huella inconfundible a que esta zona parezca un campo de batalla. De uno de los árboles que se mantiene erguido pero hueco por efecto de un rayo, sale un duende que nos para y nos ofrece tres deseos, se trata de Juanjo Garra con una de sus simpáticas ocurrencias.
Tras un vertiginoso descenso nos introducimos por una de las vaguadas en que queda dividida esta zona; precisamente por donde se abre paso el río que lleva más caudal. Al principio resulta ser un lugar encajonado y sombrío pero a medida que avancemos los próximos días todo se irá ampliando y podremos disfrutar de las impresionantes vistas de los sietemiles y ochomiles que conforman la cadena de los Kangchenjunga. Para cuando llegamos a Tortong hemos completado ocho horas de marcha.
A TSERAN
Las últimas franjas de bosque acompañan nuestro caminar durante unas horas. Después continuamos al margen del río entre inmensas piedras hasta llegar a unas campas de hierba. Un par de cabañas nos indican que ya hemos llegado. Algo más retrasada que nosotros, pero seguro que con más fuerza, llega la lluvia y convierte todo el verde que vemos en un gran charco. Estamos a 4000 metros.
A RANSHE
Esta etapa que nos queda nos llevará a Rantshe donde pasaremos tres noches puesto que la mayoría de los porteadores en este punto darán media vuelta para regresar a sus hogares, por lo que deberemos encontrar un grupo que sea lo suficiente fuerte para encarar las etapas más duras de montaña. Al parecer, es habitual que un grupo reducido de porteadores acabe realizando varios viajes durante más de una semana desde aquí al campo base.
A nuestra derecha, el final de la morrena nos muestra su característico sendero de pedrusco, cascajo, hendiduras y socavones. Un pliegue en el terreno hace de muro de contención a todo ese caos y queda oculto a nuestros ojos mientras recorremos los últimos metros hasta llegar a Ranshe.
RANSHE-CAMPO BASE
Después de tres noches en Ranshe, a 4500 metros, salimos en dirección al glaciar donde pronto pondremos a prueba nuestros tobillos. Antes, nos detenemos en un lugar de ofrendas y oración, Oketeang. Aquí, cada uno de nosotros reza a su manera cualquier plegaria con el fin de que sea escuchada por los dioses que habitan estos lugares. Después de un corto paseo por el glaciar realizamos un campamento entre el hielo y las piedras. De esta forma hacemos que la etapa siguiente no nos deje fuera de combate, sobre todo por la altitud que alcanzaremos cuando lleguemos al campo base, los 5500 metros.

Comentarios

Juanjo para ser tan simpatico os dejó a parir en la prensa de Lérida

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