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Desde que se ha asentado un poco el clima y alargado el día me vuelven a venir arrebatos incontrolables y salgo de casa a perderme por el camino de Santiago alavés a mis montañas cercanas. Es inevitable sentir de cerca la respiración del mónstruo de hormigón acompañando mis primeras zancadas hasta perderme en el bosque. Una vez estoy en el alto de San Miguel aprovecho para darme un respiro y disfrutar con las hermosas vistas que en un día claro enganchan un buen pedazo de mapa ibérico. Los pueblos de Treviño flotan salpicados entre mesetas y campos de cultivo. Esa sensación de paz que transmite este entorno hace que por muy cansado o desganado que uno esté te dejes llevar por ese reclamo y salgas a respirar esos aires reconfortantes lanzándote a trote desbocado cuesta abajo. En Villanueva de Oca un trago en la fuente puede ser un acierto antes de volver a emprender las rampas hacia casa. Antes, cómo no, un saludo a una pareja de burros que están en su paraiso de hierba no rompe la atmósfera impoluta que se respira. La alegría de llegar a la cima de nuevo después de haber sido capaz de ascender sin parar de correr se parece en algo a cuando uno llega a una montaña de las grandes. El mal trago viene después, cuando la vista choca con la escabechina que han hecho en las faldas del monte y que deja ver los módulos de las mazmorras que como si fueran jaulas van colocadas unas encima de las otras. Qué dirá el Amboto de esas modas que tienen sus hermanas montañas vecinas de la sierra de Elguea, de la sierra de Badaya y de otros tantos lugares, repletos de molinos y de esos zarpazos que sufren tantas laderas de las montañas.
Publicado el 11/06/2010 por Alberto Zerain.
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