Recordando el K2 1a parte

Por la mañana desayuno con Frank y Nick. Ellos también van a salir a escalar.
A Frank le acompaña un porteador de altura maduro que exhibe la expresión recia de estar curtido en mil batallas. Seguro que cuidará bien del grandullón alemán.
A estas horas y envuelto en una helada maja no me doy cuenta ni de lo que estoy tragando. Como si el sentido de la saciedad se hubiera evaporado. Entre que Frank no me hace más que servir y acercarme de todo y yo, que creo que comiendo se lucha mejor contra el frío, no hay manera…
Frank ha decidido no salir por creer que en cualquier momento puede empezar a nevar. Yo veo que los porteadores de los serbios están ya saliendo y mirando hacia donde estoy yo. Antes de seguir sus pasos peso la mochila: la friolera de 23 kilos.
“Con esto no llego ni al campo depósito situado a dos horas”, me digo.

Cuando amanece estamos los tres porteadores de altura y yo caminando juntos.
Paro para filmar y esprinto para alcanzarles, esto me asfixia pero no queda otra que joderse si es que quiero mantener un ritmo vivo y seguir filmando. Gracias a que no sólo dispongo de un corazón que puede bombear sangre que va engordando con la altitud como el cemento. Delante de mí están funcionando otros tres corazones que mueven cortesía y humanidad a chorros. Y es que si algún “pecado” tienen los lugareños, lo que me demuestran a continuación me lo confirma: son demasiado humanos. Sí, así de cruda es la realidad. Yo, por supuesto, me niego a que cometan ese tipo de faltas cuando me piden que les pase algo de material que llevo en la mochila para facilitarme el porteo. “No, no, tranquilos, que voy muy bien”, les digo no muy convencido. A los diez minutos me vuelven a repetir la misma oferta y esta vez no puedo disimularlo y acepto encantado. Con cuatro o cinco kilos menos es ya otra cosa, la vida se ve de otra manera. Ir acompañado de ángeles como estos es más que un lujo, es una bendición.
Ahora atravesamos una especie de laberinto glaciar que nos va llevando hacia lo que es la base de la montaña. Una inmenso caos de pedruscos enormes no ha podido escapar de la misma montaña al quedar entre la enorme masa del glaciar de hielo que se dirige hacia Concordia. A pesar de tratarse del K 2 el que suelta sus desechos, no acaba por llenar el hueco que hay entre el glaciar y la pedrera, ya que la misma masa de hielo se va llevando de paseo los sobrantes de la montaña.
Pronto se distinguen en una planicie de cascajo las tiendas de varias expediciones: es el campo depósito. Las conocidas tiendas de color verde, las coreanas, están en todas partes. Sus componentes están también en este lugar y suben ahora hacia los campos I o 2. Una pareja de noruegos; Cecilie y su marido, también nos acompañan en la ascensión.
Las primeras pendientes están “diseñadas” como para entrar en calor, ya que permiten disfrutar con comodidad debido a la no exagerada verticalidad de esta zona. Pero pronto se advierte que la nariz puede tocar fácilmente la pared a nada que incorporemos algo el tronco. A partir de aquí, la montaña no admite bromas y el terreno es mixto con tramos de corredor de hielo y nieve. Sain me ha pedido la cámara de video para filmarme y acto seguido, con mejor estilo que el mío va haciendo tomas en varios puntos, a mí y otra vez a mí. Al parecer de sus compañeros no quiere sacar nada, como si ya estuviera harto de verles, empachado de compartir ahogamientos en estas rampas. De ellos, tendrá grabada seguro, varias vidas en su cerebro.
En una de las reuniones hacemos una parada para comer y beber algo. Hablar, hablamos lo justo. La mayoría son gestos y muecas cordiales que nos permiten atenuar la tensión y el cansancio. Yo les invito a unos frutos secos que aceptan con recelo. Ellos me pasan lo que para todos los oriundos de la zona es un manjar exquisito: los omnipresentes albaricoques secados al sol en Machulu y otros pueblos.
Ya queda poco para el Campo I, vas mejor que lo que pensaba. Es más, no creía que siguieras nuestro ritmo cargado como vas”, me dice Sain valorando mi esfuerzo.
No cantes victoria Sain, voy reventado y lo más seguro es que me quede en el primer campamento. Si continuo hacia el campamento siguiente tengo que dejar la tienda, pero entonces, ¿dónde duermo?
Tranquilo Alberto, tenemos dos tiendas grandes para nosotros tres. Mis dos compañeros ocuparán una y nosotros dos, la otra”.
Esta noticia me alivia el cansancio, aunque todavía tengo mis dudas ya que todavía ni tan siquiera aparece el campo I. Tras pasar unas zonas delicadas sobre todo por el riesgo de desprendimientos, llegamos por fin a este emplazamiento que da la impresión de ser un mercado en un día de feria. Hay mucho colorido y algunas tiendas muestran cicatrices de guerra, otras, son trapos que se enredan con el hielo. Fuera de las tiendas parece que hoy lo que se vende en este día de mercado es todo de segunda mano: chatarrería, bombonas de gas, envoltorios de todo tipo y comida congelada. Debe estar todo muy caro porque nadie compra nada y hasta los comerciantes desatienden los expositores. De alguna de las tiendas sale gente que al parecer marchará al campo 2. Son dos americanos que comienzan con movimientos de desgana la primera rampa. Tras ellos van algunos porteadores. De repente, me entran ganas de salir de este campo porque es lo que se dice, un estercolero.
Mi tienda y uno de los piolets que llevo han quedado guardados en la tienda de Sain y sus compañeros. Lo malo ha sido que me han dado un “regalito” para subir; una cuerda para colocar mañana en la chimenea House.
Así arreglas el hueco que tiene tu bonita mochila”, me dice en tono de guasa Ibrahin.
“¿Queréis que os lleve alguna cosa más?, me ofrezco con tono amable.
Si no te importa podías subir una bolsa de comida que tenemos guardada”, dice con voz seria Sahin.
Bah, déjala aquí de momento, no vaya a ser que le entre el mal de altura”, le digo aguantándome la risa.
No sé si me han entendido pero no han parado de reír y de hablar entre ellos durante un rato. Seguro que me la tendrán guardada más tarde; ojalá lo hagan porque si con ello aflora la risa, seguro que el cuerpo lo agradece.
Esta parte de la ruta se me hace entretenida por lo aérea y espectacular. No es de extrañar que pronto me encuentre bajo la primera chimenea antes de llegar al campo 2. Aquí el ambiente cobra otra dimensión. Aquí siento que estoy metido en el K 2, porque lo único que veo es la inmensidad del vacío cuando miro bajo mis pies. Ya en el hombro, distingo las tiendas en la niebla, dispuestas en terracitas y aprovechadas hasta la base del muro que defiende este lugar de cualquier proyectil que ruede desde arriba. Sólo la ventisca se cuela cuando revolotea por cada rincón de la montaña. Por eso mismo toca palear un buen rato hasta sacar a flote la tienda. Otra vez me fijo en las tiendas verdes que vuelven a mostrar desgarros importantes en los avances. No sé qué pruebas pasarán esas tiendas en Corea, o quizás sea que el viento se ceba más en este color. Sea la razón que sea, con la ventisca que tenemos van a pasar una noche un tanto incómoda.
Son las dos de la tarde cuando me tumbo en una verdadera cama conseguida por la gran cantidad de material que está depositado dentro: tiendas, sacos de comida, ropa etc. Tengo la intención de estar sólo un rato inmóvil, y el rato me ha durado hasta las diez de la mañana. No he sido capaz de levantarme. Entre que estaba literalmente baldado y que Sain me animaba a no moverme, se han pasado las horas sin enterarme. Me ha dado de cenar y beber a capricho. A pesar de ello, el descanso ha sido como no puede ser de otra manera cuando se está enfermo de cansancio: malo, sintiendo el cuerpo torturado y enfadado.
No tan temprano a causa de la ventisca, Sain y sus dos compañeros se han ido hacia el campo 3 y me han dejado durmiendo, o mejor dicho tumbado y admirado por ver que son capaces de moverse. Yo siento mi organismo en huelga, vacío y desmotivado. Desde el saco veo la cuerda que subí ayer y que dije que la llevaría hasta arriba de la chimenea. Es a lo único que me agarro para moverme hoy, no quiero fallar a los compañeros después de lo hospitalarios que han sido conmigo, así que la cuerda hoy la llevaré hasta la chimenea. Ha sido una burrada lo de ayer; no obstante me siento animado sabiendo que normalmente asimilo bien el esfuerzo. Dos horas después que de mis compañeros salgo con la bendita cuerda y arrastrando penosamente mi cuerpo. Un poco más adelante van dos porteadores de los italianos. Uno es Amin, amigo desde la expedición que hicimos a los Gasherbrun hace dos años. No deja de sorprenderme el ritmo que puedo mantener que incluso me permite alcanzar a los dos porteadores. Resulta una grata experiencia sentir lo que mi cuerpo es capaz de rendir. En parte se debe a que no llevo más peso que la cuerda por lo que la situación comparada con la de ayer me hace sentir que voy flotando. También por supuesto a la voluntad que le pongo para cumplir con el compromiso.
Cuando llego al final de la chimenea me encuentro con los compañeros de nuevo.
“¿Subirás con nosotros hasta el campo 3, no? Me preguntan, pensando que les voy a decir que sí.
Imposible”, les digo. En cuanto he llegado y dejado la cuerda mi organismo y mi mente han cambiado de actitud. Siento que hasta para bajar voy a ir hecho un trapo.

El Correo Digital

«Siempre antepongo la ayuda a la cima»

El alavés será dado de alta hoy en el MAZ de Zaragoza, donde se ha tratado unas congelaciones leves tras conquistar el Kangchenjunga

«Siempre antepongo la ayuda a la cima»

«Sabía que tenía los pies tocados y sólo pensaba en bajar cuanto antes»

«No disfruté de la cumbre igual que otras. Fue un ascenso precipitado»

«La suerte va contigo, pero hay muchas trampas por el camino»

Dieciséis días después de hollar la cima del Kangchenjunga, la tercera más alta de la tierra, el alavés Alberto Zerain abandonará hoy la clínica MAZ de Zaragoza, donde fue ingresado el pasado domingo con uno de sus pies congelados. Atrás quedan ya una ascensión complicada, por precipitada -adelantó sus planes y subió de noche para auxiliar a los expedicionarios de ‘Al filo de lo imposible’ que bajaban exhaustos- y un azaroso rescate que lo mantuvo seis días atrapado en la ‘Montaña sagrada’. De vuelta a casa, y con el séptimo ‘ochomil’ bajo sus pies, el primer alavés que coronó la cima del Everest no se arrepiente. Por una sencilla razón: «en la montaña, siempre antepongo la ayuda a la cumbre».

-Ante todo, ¿cómo se encuentra?

-Recuperándome. Estos cuatro días en Zaragoza me han venido muy bien para que la herida se vaya asentando y para combatir la infección, que es lo más importante. A partir de ahora, habrá que esperar para ver cómo va la recuperación porque, cuando hay congelación, es un poco larga y pesada.

-El jueves (por hoy), 16 días después de coronar el Kangchenjunga, le darán el alta. ¿Alguna vez pensó que no lo contaría?

-Fue un ataque a cumbre un tanto precipitado, pero siempre supe hasta dónde podía arriesgar. Mi idea inicial era salir a las dos de la mañana del campo IV con el objetivo de hollar la cima hacia el mediodía. Pero todo se precipitó cuando nos avisaron de que el equipo de ‘Al filo’ bajaba de la cima en serias dificultades.

-Y salió en su auxilio.

-Yo siempre antepongo la ayuda a la cima. Las cosas pintaban feas y, aunque estaba anocheciendo, no dudamos en salir a ayudarles. Cogimos bebida caliente y una botella de oxígeno porque era probable que tuviéramos que subir hasta bastante arriba.

-¿Se los encontraron tan mal como se les avisó por ‘walkie’?

-Estaban muy cansados, agotados, pero como había cuerda fija pudieron bajar bien sin necesidad de ayuda.

«O entonces o nunca»

-Entonces, usted decidió continuar el ascenso. ¿Por qué no regresó al campo base habida cuenta de la hora que era?

-Sabía que me arriesgaba, pero si no lo hacía en ese momento la opción a cumbre se me iba. No podía andar subiendo y bajando, así que decidí continuar adelante. O lo hacía en ese momento o ya no lo hacía.

-¿Se arrepiente de su decisión?

-A día de hoy, no, porque no tengo nada grave. Pero hubo momentos en que sí pensé que tendría que haber bajado. La noche fue muy larga, demasiado larga. Tuve que parar muchas veces, descansando más de lo que me hubiera gustado y pasando mucho frío para no llegar a cumbre a las tres de la mañana.

-Finalmente, holló la cima a las cinco y media. Demasiado pronto, en cualquier caso, para disfrutar del momento.

-Ni siquiera pude esperar a que saliera el sol porque, de haberlo hecho, me habría congelado por completo. Permanecí en la cumbre unos 20 minutos y sólo disfruté por segundos. Sabía que tenía los pies tocados por el frío y sólo pensaba en bajar cuanto antes.

-Éste ha sido su séptimo ‘ochomil’. ¿El peor?

-Digamos que no lo disfruté igual que otros. Fue un ascenso precipitado por las circunstancias, de noche y radicalmente opuesto a lo previsto.

-El Kangchenjunga se cebó con todos los que atacaron aquellos días su cumbre, incluso usted. ¿Considera hoy que tuvo suerte?

-La suerte va contigo. El día de cumbre estaba en perfectas condiciones y, desde luego, si hubiera notado que los pies empezaban a no responder habría bajado. Pero hay muchas trampas en el camino y cualquier cosa podría haber hecho que no acabara la expedición.

-La pesadilla arreció con el rescate. ¿Cómo es posible que se prolongara durante 6 días?

-El mal tiempo fue una de las razones, pero yo creo que también tuvo que ver la poca influencia de la agencia de montaña que organizó la expedición en Nepal. Si hubiésemos ido con otra agencia más fuerte, con la que iba el equipo de ‘Al filo’, quizá no hubiera pasado lo que pasó.

Sin helicóptero

-¿Por esa misma razón explica que les ‘quitaran’ el helicóptero que pidieron nada más llegar al campo base?

-Quiero pensar que fue por ignorancia. El primer helicóptero que vimos aparecer en el cielo se llevó a dos compañeros. El nuestro, nos dijeron, llegaría dos horas más tarde. Lo normal habría sido que el piloto hubiera bajado hasta la hierba, los hubiera dejado allí y hubiera regresado a por nosotros. Sin embargo, los llevó hasta Katmandú y no volvió. Luego vino el mal tiempo y la salud de mi compañero Koke comenzó a empeorar. Ahora sabemos que lo que tenía era una neumonía atípica muy fuerte, con una deshidratación inmensa.

-Abandonados como estaban, ¿era imposible rebelarse?

-Presionamos todo lo que pudimos. A mí, de hecho, me llamó la Diputación de Álava para preguntarme si necesitábamos ayuda, pero contra el mal tiempo no se puede luchar. Si cuando hizo bueno no vino ningún helicóptero, con la meteorología en contra era imposible.

-¿Cómo aguantaron?

-Ni locos hubiéramos imaginado que íbamos a pasar seis días esperando a ser rescatados. Estábamos en una situación límite, pero serenos. Había que aguantar como fuera y eso fue lo que hicimos. El sexto día, cuando amanecí y miré al cielo, supe que en esa jornada iba a llegar el helicóptero. Si no llegaba entonces, no llegaba nunca.

MAZ-MEMORIAS de ALBERTO ZERAIN ZARAGOZA

Ya son tres días los que llevo enclaustrado en este centro y al parecer, mañana, se me dará el alta médica y podré irme a casa. La verdad que me está viniendo muy bien. Hoy en especial, siento que he mejorado con respecto a días pasados de manera sustancial.

A pesar de echar de menos levantarme por la mañana y no tener ese escenario de picos que se mostraban descaradamente ante mi vista desde que arrancaban del glaciar hasta acariciar el cielo, me siento satisfecho de estar aquí, divisando desde la ventana otras montañas diferentes de ladrillos y otros glaciares de asfalto por donde en vez del agua, piedra y hielo, se deslizan otros elementos a motor. En un entorno como el que he dejado en el kangchenjunga, sentirse incapacitado es una sensación en la que uno, si ya de por sí se siente minúsculo rodeado de un paisaje sobredimensionado, en esta situación queda ridiculizado hasta la mínima expresión. Más, si cabe, después de haber sentido la euforia de haber estado en lo más alto y en cuestión de horas, pasar de ese estado de poderío y satisfacción a ser un pelele que ya no pinta nada en ese lugar. No queda otra que aceptar la derrota y buscar otros consuelos en la vida que olviden por un tiempo estos juegos malabares que practico en las alturas.

Los que si continúan y estarán ya mimetizados en el ambiente que respiran, son mis compañeros que quedaron a la espera de que la montaña liberara a Oscar, para ir recogiendo los bártulos e ir descendiendo como hasta ahora siempre lo había hecho yo cuando acababa una expedición: caminando las etapas de vuelta. En esta ocasión, no me queda otra que mandarles desde aquí la fuerza y la paciencia que necesitan para emprender la marcha de vuelta. Después de lo que han tenido que aguantar, en especial Julen y Patxi, con los males de Koke y míos, y si a todo esto le sumamos la incertidumbre que se pasó con la situación de Oscar, es como para estarles agradecidos por todo lo que se han tenido que tragar y pedirles disculpas por ser tan pesados. Es decir, que les invitaremos a una buena cena bien hidratada con algún caldo de esos que ellos conocen de buen rioja alavesa.

Según ha comentado Miguel desde Katmandú, ya que ha leído la última crónica de Patxi, vienen muy despacio realizando las etapas junto con los porteadores y probablemente el viaje de vuelta que tienen para mañana tengan que retrasarlo. Así que Miguel que los esperaba con ansiedad, quizás tenga que tomar el avión en solitario y aguantar estoicamente todas las escalas que el vuelo con “Pía” le tiene reservada hasta Barcelona, con esperas interminables y seguramente aguantando a algún que otro inepto que pondrá las cosas todavía peor, como puedo recordar que ocurrió al ir a Nepal.

Me acaba de llamar Carlos Soria para saludarme y preguntarme si quiero dar una proyección en Moralzarzar en noviembre. Faltan todavía unos meses pero se apresura a organizarlo porque ya está a punto de salir hacia el G 1, en Pakistán. Ése es el Carlos Soria que yo conozco, siempre tan dinámico. Acaba de volver de un sietemil y ya está preparando para otro nuevo reto. Desde aquí le deseo mucha suerte y que sobre todo, disfrute mucho en la montaña.

Desde el Hotel Rural M.A.Z de Zaragoza

En menos de una semana hemos pasado de estar intentando sobrevivir en el Campo Base, a por fin llegar el helicóptero y estar en Katmandú, llegar a Zaragoza y empezar una recuperación en condiciones.

Fue el domingo por la mañana cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de Barajas y en una ambulancia Alberto y Koke fueron trasladados a este “Hotel M.A.Z” de Zaragoza, en la cual nos encontramos ahora. Le llamo hotel porque nada tiene que ver con los duros momentos que vivieron la semana pasada y que solo oír contarles las hazañas y los sufrimientos se me ponen los pelos de punta. Aquí se encuentran en prefectas condiciones, les cuidan como a nadie en un hospital y los dos están evolucionando muchísimo cada día que pasa gracias a un tratamiento adecuado que les han puesto los médicos. Aquí pasamos los días descansando, relajándonos y reponiendo fuerzas como es debido. Estamos tres, Alberto, Koke y yo, que les hago compañía y les cuido lo mejor que puedo. Hemos estado reviviendo las aventuras y desventuras que han ido transcurriendo a lo largo de toda la expedición y realmente la mayoría de los momentos han sido buenos y divertidos, quitando la última semana, que como todos sabéis ha sido muy dura y tensa, tanto para ellos como para los que esperábamos aquí, pegados al teléfono esperando noticias y que por momentos, a mí en concreto, el corazón me dejaba de latir.

Ahora todo eso ha pasado, ha quedado atrás y sólo queremos recordar los buenos momentos vividos, recuperarse lo antes posible y empezar a disfrutar de la vida de una forma mucho más tranquila e a la vez intensa, porque se lo merecen, porque son personas que merecen mucho la pena, que han sabido ayudar a quien lo necesitaba en cada momento y aguantar en los momentos más difíciles.

Desde esta habitación del “Hotel Rural M.A.Z”, quiero daros las gracias a todos los que habéis estado siguiendo esta página Web y espero que hayáis disfrutado tanto como lo he hecho yo.

Muchos de vosotros os preguntareis quien es el o la que está escribiendo la crónica de hoy…pues lo siento mucho, pero no os lo voy a contar de momento, quizás, tal vez, … algún día lo haga, pero deciros que he vivido y sufrido la expedición cómo si estuviera con ellos, porque los he estado apoyando y siguiendo en cada momento, minuto y segundo de los dos meses que han estado alejados de mí.

Enhorabuena de todo corazón por ser cómo sois, solo os puedo dar las gracias porque ahora estáis a mi lado y os puedo sentir muy cerca.

DONDE ESTA LA CUMBRE?

Encontrar la cumbre normalmente es fácil, es el punto más alto de una montaña. Muchas veces en ella puedes encontrar un monolito con la altitud, un cruz, y si es en Alpes, incluso una estatua de una virgen o un santo. Pero hay montanas en que esto no esta tan claro, su parte final puede ser una arista enorme o una sucesión de rocas y montículos de nieve en los cuales sin un GPS y mucha paciencia es difícil dilucidar cual es la cumbre real, ya que siempre parece más alto el resalte que tienes al lado. La guinda la pone la cima del Kangchenjunga, la cumbre no hollada. Un lugar en el que por respeto a los dioses nepalíes no hay que poner el pie, sus primeros conquistadores se dieron la vuelta justo en el sitio en que consideraron que no había duda razonable de que la tenían a su alcance.
Pero llego el alpinismo de competición y los coleccionadores de ochomiles y todas estas inocentes dudas se están convirtiendo en enormes polémicas y alcanzando algunas veces tintes dramáticos. Lo que ha ocurrido este ano en el Kangchenjunga es solo un ejemplo más de lo que esta ocurriendo en el himalayismo en los últimos tiempos. El pisar ese metro cuadrado de cualquier modo y a cualquier precio ha puesto en peligro muchas vidas. Desgraciadamente desde los medios de comunicación y desde la opinión pública se sigue alentando esa manera de hacer montaña, no hay nada que venda más que ver a una persona llegar extenuada al borde de la muerte al campo base. También el entorno del montanero hace mucho daño, cuando alguien regresa de expedición solo se le pregunta si ha pisado la cumbre, nunca que ruta ha elegido, en que forma ha afrontado la escalada, que ayuda ha utilizado, a cuantos metros ha ascendido,….estamos jugando a un todo o nada que nos hace arriesgar al limite, ya que aquí en el Himalaya normalmente te estas jugando un ano de trabajo y mucho dinero en una apuesta a cara o cruz. Hay mucha gente ahí arriba jugando a la ruleta rusa, algunos confían en que si sus fuerzas pueden llevarlos hasta la cumbre, alguien podrá bajarlos de allí, desafortunadamente esto no ocurre siempre y esta primavera ha vuelto a ser trágica en algunas montanas como el Everest o el Manaslu.
Desde este cyber en Katmandhu intento reivindicar otro modo de hacer montaña, intentando disfrutar de la ascensión día a día, no asediando y conquistando la montaña, si no disfrutando de ella y con ella. Siempre he querido pensar que me acerco a la montaña por simple curiosidad, para intentar conocerme a mi mismo. Hace dos anos en el Cho-oyu me encontré muy cómodo moviéndome sobre los 8200 mts de altitud y me preguntaba que tal respondería mas alto, de momento no lo he podido averiguar, quizá nunca lo haga, pero he averiguado otras muchas cosas, como por ejemplo que haría si recibiera una llamada de emergencia ocho horas antes de atacar a cumbre diciendo que arriba hay compañeros en serios problemas, seria capaz de renunciar a todo por intentar ayudarlos?. Ya lo se. Cuando todos descienden en busca de la seguridad del campo base, seré capaz de quedarme el último para ayudar a los compañeros más afectado, olvidándome de mis propias lesiones? Ya lo se. Seré capaz de soportar la tensión de seis interminables días de espera aislados en el campo base, intentando junto con los compañeros mantener a flote la súper deteriorada salud de un amigo. Ya lo se.

Estas y otras muchas cosas como haber conocido en persona a la elite del montanismo español e internacional así como a grandes seres humanos, hacen que haya valido la pena para mí venir al Kangchenjunga, y han sido mi cima. Mi cima geográfica? la alcance junto a Alberto Zerain sobre las 10 de la noche del día 18 de mayo cuando alcanzamos a las últimas personas que bajaban de cumbre y les ofrecimos nuestra ayuda. Alberto me pregunto si quería continuar para cumbre, en unos segundos tome mi decisión, me encontraba muy bien, pero a esas horas llegaríamos a cumbre de madrugada cuando mas frío hace, no teníamos ni comida ni agua, quizá consiguiera la cumbre pero era seguro que iba a pagar por ello un alto precio. Así que me quede con la botella de oxigeno que portaba Zerain para ayudar,(la cual podría haberme dado la cumbre con facilidad de haberla utilizado) y no le desee suerte, solamente le pedí prudencia y le vi subir en la noche como si fuera ese niño de la película que ve salir volando a Superman de su lado. Si hay alguien que puede hacerlo es el, seguro, pensé. Mire mi GPS, 7998 mts, subí durante cinco minutos mas, mire a mi alrededor y no pude ver nada, este lugar es igual de bueno que cualquier otro,  y descendí los mas rápido que pude para acompañar hasta el campo IV, a los últimos supervivientes de sus respectivas cumbres.

Miguel Fernandez

LLEGA EL HELICOPTERO

Resumir todas las vivencias que he pasado el día antes de cumbre y después de coronarla y bajar al campo base, me resulta algo complejo pero digno de hacer el esfuerzo para contarlo y compartir penas y glorias con los que siguen esta página cargada de sentimientos que afloran sin ataduras, cuando uno se pasea por los espacios que anulan la condición humana.

Por eso, desde esta cama del hotel de Katmandú donde estoy postrado, con Koke Lasa adormecido en la cama de al lado, las imágenes de días pasados brotan en mi mente y no queda otra que intentar hacer diana con los dardos de la palabra para expresar semejantes días que iban revistiendo una situación que nadie  se imaginaba.
En primer lugar, cómo no, “el día de cumbre”. En una montaña tan alta como el Kangchenjunga, tan compleja como ella misma y tan selecta como para que sólo, unos pocos elegidos puedan mirar desde lo alto, me resultaba sospechoso que no pasara nada en el ataque a cumbre que se realizó el día 18 de Mayo y en el que tomaron parte todos los que estaban en el campo 4, a excepción de Miguel Fernández y yo, que lo quisimos dejar para el día siguiente.

A pesar de que la montaña estaba completamente domesticada, ya que los más de tres mil metros de cuerda colocados por sherpas coreanos, habían amansado a la fiera, algunos de los que iban llegando a la cumbre no midieron las consecuencias que podría tener llegar a la cima, demasiado cansados y sin respetar las reglas básicas de cualquier ochomil.

En este caso hubo suerte. Se activó la alarma y llegaba a nuestro walki  desde el campo base. Nos pedían que saliéramos a ayudar al equipo de “al filo” porque algunos estaban en serias dificultades y se temían lo peor. Justo cuando salimos a las siete de la tarde hacia arriba, Koke y Patxi, de nuestra expedición, llegaban agotados al campo 4, habiendo renunciado a la cumbre a unos cien metros.

En fin, como he dicho, hubo suerte. Los fuimos encontrando descendiendo por la cuerda fija por sí mismos y vernos llegar y ofrecerles bebida y ayuda, les sorprendía. Todos pensaron que estábamos atacando la cima.

Lo normal hubiera sido que este tipo de imprudencias de los del campo base que dan el aviso o de los que vienen de cumbre, me hubieran hecho desistir a la cima. Finalmente, como persona de recursos, continué hacia la cumbre. Para ello, le pasé a Miguel la botella de oxígeno que nos habíamos agenciado de una expedición americana que esa misma noche atacaría la cumbre, y sin bebida, sin la cámara de video y con la cámara de fotos congelándose en la tapa de la mochila sin saberlo, continué a las diez de la noche, lo que en estos momentos, es difícil arrepentirse por las consecuencias que me ha traído. Miguel fue más listo y no decidió acompañarme. La cumbre ya la había conseguido por el gesto de salir sin pensárselo a socorrer a la gente.

Pasé la peor noche que os podéis imaginar por el frío. No podía satisfacer los deseos de ir más deprisa para que el cuerpo se calentara. Tenía que ir tranquilo y parándome muchas veces para no llegar de noche a la cumbre. Hubo algunos momentos en los que quise darme la vuelta porque la mordedura del frío iba más que en serio. Si me daba por pararme un poco más de cualquier límite, notaba que los ojos se me cerraban y que el cuerpo se mecía en una especie de sueño, que de seguir su antojo, ahora estaría como un gendarme helado saludando a los que pasasen por ahí.

Finalmente, conseguí llegar a la cima poco después del amanecer. Recién me enteré que la cámara de fotos, de tenerla, estaría en la capota y de aquella manera. Como no me funcionaba en la cima llamé a Aitor para que quedara constancia de la llamada. Tras un cuarto de hora metida la cámara en las partes calientes empezó a funcionar. El americano que estaba ascendiendo con oxígeno y sus tres serpas, se cruzaron conmigo cuando bajaba de la arista cimera. A partir de ese momento, escapé de ese tormento de pisar cumbre al amanecer y corrí despavorido hasta el calor del campo base. Antes, tuve que rellenar la mochila con todo lo que cabía y que estaba por los diferentes campos de altura, 20 kilos pasados.

Atrás quedaba la mole riéndose de todos los que habíamos osado conquistarla como si fuera una simple montaña más. En un acto de generosidad, mantuvo en calma sus vientos, siempre tan inquietos, y obsequió a todos un sol espléndido que permitía a la gente que transportada su pesado cansancio, largas sentadas en la nieve, en definitiva, seguir el ritmo que la montaña había dejado a cada uno en el cuerpo.

Al campo base no llegó nadie de los que habían hecho cima el día anterior o lo habían intentado, hasta dos o tres días después. El agotamiento y la enfermedad se habían cebado con los que iban descendiendo, bien de nuestra expedición, o de otras diferentes. El Kangchenjunga, la cumbre no pisada, había pisado a la mayoría, entre ellos a mí mismo. Cuando me quité las botas descubrí mis pies doloridos y las marcas que la noche anterior habían causado en los dedos. Nada como para alarmarse demasiado pero que desde ese mismo momento había que empezar a tratar e incluso sopesar la posibilidad de ser evacuado en Helicóptero.

VOLAR TAN ALTO Y QUEDARSE EN TIERRA

La montaña siguió portándose bien y permitió que  nuestra expedición al completo estuviera a salvo en el campo base. Sin embargo, las heridas que la montaña nos había causado a algunos, nos obligaban a valernos de nuestro seguro e intentar ser evacuados del campo base. Koke y yo activamos la emergencia y al parecer al día siguiente mismo vendrían a recogernos en helicóptero.

A las seis de la mañana apareció del cielo un helicóptero que se llevó a Kinga y a Oriol. El nuestro, nos habían dicho que antes de las ocho estaría para llevarnos. Tras tres horas de ilusionada espera, las nubes que entraron nos conminaron a subir de nuevo los doscientos metros de altitud que separan este punto de nuestro campo base. La ampolla de uno de mis pies con este paseo acabó reventándose. Koke subió como pudo acompañado de sus pies doloridos y el poco garbo que la montaña le había dejado. Mala suerte, pensamos, mientras hablamos con los compañeros que habían volado a la mañana y que estaban ya en el hotel de Katmandú. Al día siguiente repetimos la operación de bajar y tras dos horas de ansiada espera tuvimos que volver sobre nuestros pies. “Paciencia, mañana, lo conseguiremos”, me dije para mí. Sin embargo, Koke a partir de esta bajada y posterior subida fue cambiando hasta volverse irreconocible. Su expresión, hablaba por sí misma, ya que mostraba que algo en su interior no marchaba bien, a parte de estar tocado por congelación y dolores en general. Su  carácter se volvió irritable hasta decir basta y empezó a quejarse de que apenas podía respirar por unos dolores en el costado. Una vez que se instaló en el saco, nos pidió algo que hiciera de cojín porque no podía estar tumbado. Le llevamos una maleta y así, en esa postura, sin levantarse para cenar pero atendido por cualquiera de nosotros a lo que necesitara, pasó la noche entera.

A la mañana siguiente el día se presentaba prometedor, por lo que me volví a levantar antes de las cinco y desperté a Koke. Esta vez, bajamos con la ayuda de cuatro, todos atentos para cuidar en la bajada al maltrecho Koke. Además, la bajada tenía una capa de unos ocho centímetros de nieve. Aquí se nos cayó el alma al suelo cuando oíamos helicópteros por el valle abajo y Antonio, de la compañía de seguros, insistía en que la máquina estaba a punto de llegar. Cuando parecía que ya lo veíamos, la niebla se echó al completo y nos aguó la fiesta de nuevo. Una vez llegamos a nuestro campo, – el único que quedaba dando la nota en todo el espacio donde días antes relucía un surtido colorido de tiendas -, comenzamos a indagar lo que Koke pudiera tener. Llamamos a Ramón Gárate y por los síntomas podría tratarse de un neumotorax. Al momento comenzamos a medicarle y así esperamos resultados de mejora que sutilmente fueron apareciendo. Koke, comenzaría a ser tratado como una máquina cuando se le va parcheando para que vaya tirando hacia delante.

El cuarto día no nos planteamos ni tan siquiera bajar puesto que la climatología hablaba por sí misma. Además, en la mañana Koke, lucía su peor rostro que invitaba al nerviosismo y a actuar con contundencia para frenar lo que pudiera estar padeciendo.
Tras hablar con los médicos de la compañía de seguros y comentarles que probablemente Koke estuviera sufriendo un edema pulmonar, y debíamos meterlo en la cámara hiperbática pero no podíamos hacer que estuviera echado, nos fueron indicando qué tipo de medicina había que suministrarle para conseguir tumbarlo dentro.
Tras varias sesiones dentro de la cámara, koke fue resucitando a pesar de las fugas que el viejo aparato de Oscar Cadiach, tenía. Entre parches de chicle y pegotes de cinta americana, la vida abrazó al pobre Koke.

Esa noche, por fin, nos metimos más tranquilos al saco olvidándonos del helicóptero. Esa noche misma, comencé a sentir que los ganglios de ambas piernas se me hinchaban y que  una infección me iba dejando fuera de combate. Volví a hablar con el médico de la compañía y me sugirió qué medicina podía tomar, tanto para el dolor como para la infección.

Esa noche, para qué dejarlo para otra ocasión, comenzó un ciclón que se originaba en el Golfo de Bengala y de paso nos visitaba para no sentirnos solos en el campo base. Las ráfagas de viento sacudían una y otra vez la tienda y dábamos gracias a Dios por no salir volando, cosa que por otra parte, tanto ansiábamos.
Esa noche nuestro compañero, Oscar Cadiach, estaba aislado en el campo 3. No quiero ni pensar qué sensaciones recorrían su cuerpo. Oscar, el ciclón y el Kangchenjunga: una compañía perfecta para marcar un antes y un después en la vida de cualquier persona.

Y amaneció. El viento llamaba una y otra vez a la puerta. A pesar de su insistencia, sólo le hice caso a las doce del mediodía, y al salir, el metro y medio de nieve que había caído y la ventisca que todo lo envolvía, me hicieron retroceder sin lograr llegar a la tienda-comedor, donde el equipo. A las cuatro de la tarde pude conseguirlo, el viento había amainado y sólo seguía cayendo copos ordenados e inofensivos de nieve.
Cuando ya todo se nos ponía en contra y comenzábamos a revelarnos contra nuestro destino cruel, un nuevo día nos trajo todo lo que habíamos necesitado: Oscar, el helicóptero y hasta la sonrisa.

Ya en la clínica, nos han examinado, primero el médico nepalí y después, por suerte, una pareja de médicos españoles que Oriol había conocido: José Ramón Morandeira y María Antonia Nerín. Ambos expertos en congelaciones y que han tomado parte como médicos en la expedición al Manaslu de Carlos Pauner. Lo primero que me ofrece el médico nepalí es quedarme unos días para someterme a cirugía quitándome la ampolla que envuelve la congelación. El doctor Morandeira me explica lo que yo ya sé, precisamente ese envoltorio del dedo que es la ampolla, es la verdadera protección. Así que los doctores españoles convencen al nepalí para que haga las curas en el hotel y que ellos me observarán la evolución.

Con respecto a Koke, después de la revisión y placas de las vías respiratorias, el edema y un pinzamiento en la zona aparecen bien visibles. No obstante, los médicos recomiendan reposo en el hotel.

Por la tarde, nos visitan para ver sobre todo la evolución de Koke. Al ver que padece fiebre y que está pachucho, le someten a un análisis exhaustivo y viendo los datos que va dando en las diferentes pruebas, le van suministrando inyecciones y medicamentos. Ahora, un día después, recién empieza a cambiarle la cara y en esas nos encontramos ahora.

Alberto Zerain

Fantasmas en la noche

El Kangchen ha puesto a cada cuál en su sitio, sin aspavientos, con toda la fría contundencia de la que sólo son capaces montañas como ésta. Porque el Kangchen es diferente a cualquier otra montaña del mundo. Eso es algo a lo que todos los alpinistas que aquí nos encontramos hemos llegado al acuerdo. Es implacable, fría, dura y sobre todo larga, muy larga.

He llegado al punto más alto alcanzado en el año 2007. El sol no hace mucho que acaricia levemente mi gélida fisonomía. Las horas de ascensión nocturna no han minado un ápice mis ganas de alcanzar esta preciada cumbre. Reconozco inmediatamente el lugar, el vivac de hace dos años, y las escenas de despedida de Iñigo en ese mismo lugar vienen a mi cabeza como un latigazo. Siento el grito de aliento de Iñigo, me invita a seguir. ¿Qué motivo si no me impulsa a soportar este sufrimiento? Dejo atrás ese lugar, que para mí ya es sagrado y entro en terreno desconocido.

La vía de la derecha no pierde inclinación respecto al corredor principal; es más, se acentúa, exigiendo un esfuerzo extra con el que no contaba. Tras una fuerte pendiente de nieve llegan las complicaciones serias del tramo que queda hasta la cumbre. Mucho tramo mixto que exige un buen equilibrio, tanto físico como mental. El frío sigue siendo intenso y la cumbre sigue ocultándose tras sucesivos resaltes que cuestan una eternidad superar. Esta es una cumbre para pacientes, está claro. Sólo el Yalung Kang parece apiadarse de mi esfuerzo y me deja ver mi progresión.

Supero la altitud del collado, 8.350 metros, y el Tíbet aparece ante mí, luminoso, con su fisonomía tan peculiar. La arista del Yalung se me muestra en toda su extensión, animándome en mi peculiar peregrinaje. Pero mis fuerzas están llegando al límite. No hay un ritmo de ascensión; simplemente doy un paso cuando mis agostados pulmones me lo permiten.

Hace tiempo que ya no presto atención al frío de mis pies; creo que lo peor ya ha pasado. Mi organismo responde perfectamente a cuantos chequeos le hago y esto me tranquiliza. Tras unas cuantas rocas, una pirámide de nieve me observa desde arriba. ¿Seré capaz de llegar hasta allí? Me hago esta pregunta incluso en voz alta.

Veo cómo lo alcanza Juanjo Garra y parte del grupo de Al Filo. Agacho la cabeza y continúo con mi sufrimiento, viendo en mi mente las caras de mis amigos, de mi familia apostando por mí, sintiendo orgullo de mí. Es una nueva inyección de oxígeno y alcanzo esa preciada pirámide de nieve. La bordeo por la derecha y una gran oquedad en una enorme roca me ofrece un singular lugar de descanso.

Aprovecho el lugar que me brinda el Kangchen y me siento a descansar. Siento en mi cerebro la hipoxia que me invita una y otra vez a quedarme dormido, esa trampa tan peligrosa que tiende la altitud a quien osa jugar con ella. Me mantengo despierto, alerta, consciente de lo que me juego.

Contemplo absorto la vertical belleza de la cara del Yalung y aparece Koke Lasa respirando furioso cada gramo de oxígeno. Tras unas escuetas y breves palabras de ánimo, avanzo por la arista que da salida a este estratégico refugio y ante mí aparece un desordenado y caótico campo de rocas que sin orden ni concierto culminan en una gran roca trapezoidal que, orgullosa, se erige en lo que parece ser la cumbre.

Vuelvo mi mirada hacia el Yalung Kang, como pidiendo conformidad. No sé, me fío más de él; ver su cumbre prácticamente a mi altura me anima a seguir. Dos miembros del Al Filo están llegando a la cima. El resto, desperdigado por el caótico mar de rocas, se busca su propio trazado para alcanzar la cumbre. Koke y yo observamos el panorama desordenado. Son las 15h de la tarde, llevo ascendiendo unas 14 horas y me quedan 100 o 150 metros. “¿Qué te parece, Iñigo? ¿Lo damos por bueno?”. Una vez más siento su sonrisa de satisfacción. “Cómo no”. Calculo el resultado de forzar mi pequeña maquinita hasta la cumbre y me veo regresando de noche. No, ya lo hice hace dos años y el Kangchen me permitió salir con vida. No quiero volver a vivir aquella situación.

Koke y yo iniciamos el descenso. A las siete de la tarde soy recibido en el Campo IV por Miguel y Alberto con unos abrazos que a punto están de romper mis leves costillas. Ya es de noche y hay preocupación; mucha preocupación por quienes la punta de aquella roca ha sido irrenunciable.

Una llamada desde arriba alerta sobre una situación extrema entre alguno de los miembros de Al Filo que han arriesgado hasta el límite. Miguel, Alberto y un sherpa, cargados con líquido caliente y oxígeno, inician una ascensión en medio de la gélida noche para prestar su ayuda. El desgaste físico y el esfuerzo económico que han empleado mis dos compañeros en llegar hasta aquí son despreciados de inmediato en un gran gesto de generosidad. Ascienden hasta 8.000 metros y allí, prestan su ayuda a un grupo de personas que desciende tanteando en la oscuridad, como fantasmas en la noche.

Patxi Goñi

Gesta solidaria

Digna de todo elogio ha sido la actuación del vitoriano Alberto Zerain, que, junto al alicantino Miguel Hernández, salió en ayuda de Edurne y sus compañeros en la bajada del Kang. Zerain pensaba hacer esa cumbre al día siguiente, pero, incluso teniendo claro que podría suponer el renuncio a la cima, quería ayudar a la gente que bajaba con dificultades.

Alberto Zerain emprendió el camino de subida porteando líquido caliente como revitalizante e hidratante para los que bajaban en plena noche. Estuvo un rato con el grupo de Edurne, les dejó el líquido y dado que le dijeron que no les hacía falta ayuda, continuó su progresión, muy temprana, hacia la cumbre, que alcanzó de madrugada.

Si increíble es la fortaleza de Zerain, y fantástica su gesta deportiva en el Kang, mayor es aún la solidaridad demostrada por el alavés. A Alberto no le duelen prendas en ayudar a los alpinistas en dificultades, aunque en ello se vayan sus aspiraciones a cumbre.

Lo ha demostrado en más de una ocasión, como el pasado año en el K-2, donde se desencadenó una gran tragedia con once alpinistas muertos. Alberto hizo también la cumbre. Antes se había prestado a ofrecer ayuda a quienes estaban en dificultades. Anteayer en el Kangchenjunga hizo lo mismo. Salió a ayudar a Edurne y sus compañeros. No se lo pensó ni un segundo.

Independientemente de si conseguiría la cima, lo que Alberto sabe distinguir es cuándo hay que ayudar y, por ello, renunciar. Anteayer ayudó, y ayer logró la gesta deportiva. Pero antes primó la solidaridad. Toda una gesta solidaria, en primer lugar, y deportiva, en último lugar.

Marca

EL ALPINISTA LLEGÓ A LA CIMA DEL KANGCHENJUNGA (8.586 METROS) DURANTE LA MADRUGADA DEL LUNES

Alberto Zerain alcanza su séptimo ‘ochomil’

El montañero vasco ya había conquistado antes seis de las catorce montañas de más de ocho mil metros: Everest, Makalu, Lhotse, Gasherbrum II, Hidden Peak y K-2.

El montañero Alberto Zerain ha alcanzado la pasada madrugada la cima del Kangchenjunga (8.586 metros), su séptimo ‘ochomil’, según ha informado el alpinista alavés a través de su página de internet. El montañero vasco ya había conquistado antes seis de las catorce montañas de más de ocho mil metros del planeta: Everest, Makalu, Lhotse, Gasherbrum II, Hidden Peak y K-2.

Zerain ha hecho cima un día después que el grupo de Edurne Pasaban y Juanito Oiarzabal, a los que ayudó cuando ellos descendían, y ya ha conseguido llegar al campo base, en una bajada rapidísima. El montañero ha explicado que a las dos de la madrugada, cinco y media hora nepalí, ha conseguido llegar a la cima del tercer pico más alto del mundo.

La idea inicial de Zerain era salir el martes sobre las tres de la mañana del último campamento. Sin embargo, partió a las ocho de la tarde del lunes desde el campo 4, con Miguel Fernández, de Alicante, y un porteador, provistos de una bombona de oxigeno, una mascarilla, agua y una tienda de campaña, con el propósito de ayudar a los expedicionarios de su equipo y de “Al Filo de lo Imposible” (Pasaban y Oyarzabal, entre otros), que descendían cansados y un poco apurados de tiempo.

Después de prestarles ayuda, Zerain decidió no regresar al campo cuatro, sino continuar el sólo hacia la cima, donde llegó tras seis horas de ascensión. Las primeras impresiones que ha transmitido desde la cima son de satisfacción por el objetivo cumplido y también de mucho frío, por lo que ha bajado lo más rápido posible al campo 4 y, tras recoger sus pertenencias, ha proseguido su descenso hasta el campo base, al que ya ha llegado.

El montañero ha explicado que durante toda la ascensión no ha podido comer ni beber debido a que el agua y los alimentos se encontraban congelados.

Desnivel

C4-CUMBRE-CB EN 18 HORAS

Alberto Zerain, a toda caña en el Kangchenjunga.
Comenzó a subir para ayudar a los que bajaban de cima, lo hizo, y terminó hollando su séptimo ochomil y regresando al campamento base el mismo día. Fue una noche estrellada con 30º bajo cero.

Alberto Zerain en una hermosa terraza. Foto: DEIA

Alberto Zerain hizo cumbre ayer en el Kangchenjunga, ascensión que supone el séptimo ochomil de su carrera. El vasco cubrió la distancia entre el campo 4 a 7.700 metros y los 8.586 de la cima en algo más de diez horas. Hizo cima a las seis de la mañana, nada más amanecer, y a continuación aprovechó para bajar hasta el campo base a 5.600 metros en tan sólo ocho horas más. En total, entre el ascenso y el descenso, el vasco empleó 18 horas.

La previsión de Alberto era salir del último campamento el martes, pero partió el lunes hacia las 8 de la tarde, junto al alicantino Miguel Fernández y un porteador, para ayudar a expedicionarios de su equipo y de Al filo de lo imposible, que descendían cansados y ya de noche. Zerain, Miguel y el porteador acudieron provistos de una botella de oxígeno, una mascarilla, agua y una tienda de campaña por si era necesario ayudarles.

Una vez que el vasco prestó su ayuda y verificó que los que bajaban de cima podrían llegar hasta el campo 4, decidió continuar el ascenso. Al haber comenzado su ataque a la cumbre a última hora de la tarde, le permitió regresar al día siguiente hasta el campamento base. A cambio, realizó prácticamente toda la ascensión de noche y con un frío tan intenso que incluso congeló el gel alimenticio.

El Kangchenjunga es el séptimo ochomil del alavés. Antes ya había coronado el Everest, Lhotse, Makalu, Hidden Peak, Gasherbrum II y K2.