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Después de pasado el mal rato de la habitación ornamentada con todo tipo de cochinadas, hemos podido descansar en otra aunque sin llegar a estar del todo relajados. Esto se consigue la mayor parte de las veces tratando de respirar de manera correcta, cosa difícil en este caso teniendo en cuenta que la sufrida habitación está cubierta en el suelo por una moqueta de las que a uno se le arruga el bigote sin tan siquiera pisarla. Las mil batallas que ha soportado hasta ahora no pasan en vano y el tufo que sale de esa moqueta impregna todo el espacio.
A pesar de todo llega la hora de la cena y bajamos a la tasca de abajo a cumplir con un deber más que a deleitarnos como es lo habitual. La verdad que no ha estado mal lo que nos han servido, incluso puedo decir que hemos tenido la suerte de que nos traigan un menú nepalí a base de dalbat: pollo, verduras, lentejas, arroz y picante a discreción. Ha anochecido ya cuando salimos y antes de subir a dormir compramos como postre un chocolate. La única e interminable calle que tiene este lugar muestra todavía negocios abiertos y sombras que se mueven sin prisa en la oscuridad. No hay mucho más que hacer que no sea esperar a salir cuanto antes de este lugar inmundo.
No muy temprano partimos hacia Nyalam. El buen estado de la carretera me pone sobre aviso de que diez años no pasan en balde. En aquella ocasión el viaje que realicé en la expedición de “Al filo” para realizar un documental sobre la ascensión de Mallory e Irvine 75 años atrás, fue más movido y lento por discurrir por una carretera sin asfaltar que nos llevó a otro Nyalam diferente al que ahora contemplo. El pueblo, además de estar como la carretera, totalmente asfaltado, alberga un conjunto de edificios más cuidados que lo que yo recuerdo e incluso han proliferado más infraestructuras hoteleras. En concreto, el que nos ha tocado nos ha sorprendido por todo en general: limpieza, comodidad y detalles. Todo sin perder el encanto de las construcciones y adornos tibetanos. Todo esto resulta un bonito escaparate que si se mira detenidamente también está hecho con inteligencia de chinos porque estos mismos son los que caminan distraídos pegados al uniforme mostrando su poderío. Incluso los que vagan sin uniforme mal vestidos, sucios y despeinados, lo hacen con ese aire chulesco de saberse no sólo superiores a los tibetanos sino dueños de su existencia.
Turísticamente, el reclamo que tiene Nyalam tal como está, si nos ponemos a pensar en lo que al pueblo chino se le ocurriera construir siguiendo su estilo, no tendría ni comparación, y como ellos lo saben porque el negocio es lo primero, los que llegamos hasta aquí podemos disfrutar de la postal que vemos en este pueblo. Ahora bien, si dejamos que la mirada penetre por el ambiente es cuando la cosa se estropea.
La altura se deja notar y decidimos no agobiarnos con excursiones ni demasiados movimientos. Descansar y poner el cuerpo a tono para lo que irá viniendo es lo más sensato. Mañana saldremos a realizar una caminata por los alrededores para llegar hasta los 4000 metros. Ahora toca ya abrazar a Morfeo.
Publicado el 11/08/2010 por Alberto Zerain.
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