Recordando el K2 1a parte

Por la mañana desayuno con Frank y Nick. Ellos también van a salir a escalar.
A Frank le acompaña un porteador de altura maduro que exhibe la expresión recia de estar curtido en mil batallas. Seguro que cuidará bien del grandullón alemán.
A estas horas y envuelto en una helada maja no me doy cuenta ni de lo que estoy tragando. Como si el sentido de la saciedad se hubiera evaporado. Entre que Frank no me hace más que servir y acercarme de todo y yo, que creo que comiendo se lucha mejor contra el frío, no hay manera…
Frank ha decidido no salir por creer que en cualquier momento puede empezar a nevar. Yo veo que los porteadores de los serbios están ya saliendo y mirando hacia donde estoy yo. Antes de seguir sus pasos peso la mochila: la friolera de 23 kilos.
“Con esto no llego ni al campo depósito situado a dos horas”, me digo.

Cuando amanece estamos los tres porteadores de altura y yo caminando juntos.
Paro para filmar y esprinto para alcanzarles, esto me asfixia pero no queda otra que joderse si es que quiero mantener un ritmo vivo y seguir filmando. Gracias a que no sólo dispongo de un corazón que puede bombear sangre que va engordando con la altitud como el cemento. Delante de mí están funcionando otros tres corazones que mueven cortesía y humanidad a chorros. Y es que si algún “pecado” tienen los lugareños, lo que me demuestran a continuación me lo confirma: son demasiado humanos. Sí, así de cruda es la realidad. Yo, por supuesto, me niego a que cometan ese tipo de faltas cuando me piden que les pase algo de material que llevo en la mochila para facilitarme el porteo. “No, no, tranquilos, que voy muy bien”, les digo no muy convencido. A los diez minutos me vuelven a repetir la misma oferta y esta vez no puedo disimularlo y acepto encantado. Con cuatro o cinco kilos menos es ya otra cosa, la vida se ve de otra manera. Ir acompañado de ángeles como estos es más que un lujo, es una bendición.
Ahora atravesamos una especie de laberinto glaciar que nos va llevando hacia lo que es la base de la montaña. Una inmenso caos de pedruscos enormes no ha podido escapar de la misma montaña al quedar entre la enorme masa del glaciar de hielo que se dirige hacia Concordia. A pesar de tratarse del K 2 el que suelta sus desechos, no acaba por llenar el hueco que hay entre el glaciar y la pedrera, ya que la misma masa de hielo se va llevando de paseo los sobrantes de la montaña.
Pronto se distinguen en una planicie de cascajo las tiendas de varias expediciones: es el campo depósito. Las conocidas tiendas de color verde, las coreanas, están en todas partes. Sus componentes están también en este lugar y suben ahora hacia los campos I o 2. Una pareja de noruegos; Cecilie y su marido, también nos acompañan en la ascensión.
Las primeras pendientes están “diseñadas” como para entrar en calor, ya que permiten disfrutar con comodidad debido a la no exagerada verticalidad de esta zona. Pero pronto se advierte que la nariz puede tocar fácilmente la pared a nada que incorporemos algo el tronco. A partir de aquí, la montaña no admite bromas y el terreno es mixto con tramos de corredor de hielo y nieve. Sain me ha pedido la cámara de video para filmarme y acto seguido, con mejor estilo que el mío va haciendo tomas en varios puntos, a mí y otra vez a mí. Al parecer de sus compañeros no quiere sacar nada, como si ya estuviera harto de verles, empachado de compartir ahogamientos en estas rampas. De ellos, tendrá grabada seguro, varias vidas en su cerebro.
En una de las reuniones hacemos una parada para comer y beber algo. Hablar, hablamos lo justo. La mayoría son gestos y muecas cordiales que nos permiten atenuar la tensión y el cansancio. Yo les invito a unos frutos secos que aceptan con recelo. Ellos me pasan lo que para todos los oriundos de la zona es un manjar exquisito: los omnipresentes albaricoques secados al sol en Machulu y otros pueblos.
Ya queda poco para el Campo I, vas mejor que lo que pensaba. Es más, no creía que siguieras nuestro ritmo cargado como vas”, me dice Sain valorando mi esfuerzo.
No cantes victoria Sain, voy reventado y lo más seguro es que me quede en el primer campamento. Si continuo hacia el campamento siguiente tengo que dejar la tienda, pero entonces, ¿dónde duermo?
Tranquilo Alberto, tenemos dos tiendas grandes para nosotros tres. Mis dos compañeros ocuparán una y nosotros dos, la otra”.
Esta noticia me alivia el cansancio, aunque todavía tengo mis dudas ya que todavía ni tan siquiera aparece el campo I. Tras pasar unas zonas delicadas sobre todo por el riesgo de desprendimientos, llegamos por fin a este emplazamiento que da la impresión de ser un mercado en un día de feria. Hay mucho colorido y algunas tiendas muestran cicatrices de guerra, otras, son trapos que se enredan con el hielo. Fuera de las tiendas parece que hoy lo que se vende en este día de mercado es todo de segunda mano: chatarrería, bombonas de gas, envoltorios de todo tipo y comida congelada. Debe estar todo muy caro porque nadie compra nada y hasta los comerciantes desatienden los expositores. De alguna de las tiendas sale gente que al parecer marchará al campo 2. Son dos americanos que comienzan con movimientos de desgana la primera rampa. Tras ellos van algunos porteadores. De repente, me entran ganas de salir de este campo porque es lo que se dice, un estercolero.
Mi tienda y uno de los piolets que llevo han quedado guardados en la tienda de Sain y sus compañeros. Lo malo ha sido que me han dado un “regalito” para subir; una cuerda para colocar mañana en la chimenea House.
Así arreglas el hueco que tiene tu bonita mochila”, me dice en tono de guasa Ibrahin.
“¿Queréis que os lleve alguna cosa más?, me ofrezco con tono amable.
Si no te importa podías subir una bolsa de comida que tenemos guardada”, dice con voz seria Sahin.
Bah, déjala aquí de momento, no vaya a ser que le entre el mal de altura”, le digo aguantándome la risa.
No sé si me han entendido pero no han parado de reír y de hablar entre ellos durante un rato. Seguro que me la tendrán guardada más tarde; ojalá lo hagan porque si con ello aflora la risa, seguro que el cuerpo lo agradece.
Esta parte de la ruta se me hace entretenida por lo aérea y espectacular. No es de extrañar que pronto me encuentre bajo la primera chimenea antes de llegar al campo 2. Aquí el ambiente cobra otra dimensión. Aquí siento que estoy metido en el K 2, porque lo único que veo es la inmensidad del vacío cuando miro bajo mis pies. Ya en el hombro, distingo las tiendas en la niebla, dispuestas en terracitas y aprovechadas hasta la base del muro que defiende este lugar de cualquier proyectil que ruede desde arriba. Sólo la ventisca se cuela cuando revolotea por cada rincón de la montaña. Por eso mismo toca palear un buen rato hasta sacar a flote la tienda. Otra vez me fijo en las tiendas verdes que vuelven a mostrar desgarros importantes en los avances. No sé qué pruebas pasarán esas tiendas en Corea, o quizás sea que el viento se ceba más en este color. Sea la razón que sea, con la ventisca que tenemos van a pasar una noche un tanto incómoda.
Son las dos de la tarde cuando me tumbo en una verdadera cama conseguida por la gran cantidad de material que está depositado dentro: tiendas, sacos de comida, ropa etc. Tengo la intención de estar sólo un rato inmóvil, y el rato me ha durado hasta las diez de la mañana. No he sido capaz de levantarme. Entre que estaba literalmente baldado y que Sain me animaba a no moverme, se han pasado las horas sin enterarme. Me ha dado de cenar y beber a capricho. A pesar de ello, el descanso ha sido como no puede ser de otra manera cuando se está enfermo de cansancio: malo, sintiendo el cuerpo torturado y enfadado.
No tan temprano a causa de la ventisca, Sain y sus dos compañeros se han ido hacia el campo 3 y me han dejado durmiendo, o mejor dicho tumbado y admirado por ver que son capaces de moverse. Yo siento mi organismo en huelga, vacío y desmotivado. Desde el saco veo la cuerda que subí ayer y que dije que la llevaría hasta arriba de la chimenea. Es a lo único que me agarro para moverme hoy, no quiero fallar a los compañeros después de lo hospitalarios que han sido conmigo, así que la cuerda hoy la llevaré hasta la chimenea. Ha sido una burrada lo de ayer; no obstante me siento animado sabiendo que normalmente asimilo bien el esfuerzo. Dos horas después que de mis compañeros salgo con la bendita cuerda y arrastrando penosamente mi cuerpo. Un poco más adelante van dos porteadores de los italianos. Uno es Amin, amigo desde la expedición que hicimos a los Gasherbrun hace dos años. No deja de sorprenderme el ritmo que puedo mantener que incluso me permite alcanzar a los dos porteadores. Resulta una grata experiencia sentir lo que mi cuerpo es capaz de rendir. En parte se debe a que no llevo más peso que la cuerda por lo que la situación comparada con la de ayer me hace sentir que voy flotando. También por supuesto a la voluntad que le pongo para cumplir con el compromiso.
Cuando llego al final de la chimenea me encuentro con los compañeros de nuevo.
“¿Subirás con nosotros hasta el campo 3, no? Me preguntan, pensando que les voy a decir que sí.
Imposible”, les digo. En cuanto he llegado y dejado la cuerda mi organismo y mi mente han cambiado de actitud. Siento que hasta para bajar voy a ir hecho un trapo.

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