Recordando el K2 2a parte
Así que alcanzar de nuevo el campo 2 me ha sabido a victoria. Otra noche de aclimatación y de descanso dará por concluida mi primera visita al K 2. La próxima será para intentar la cumbre.
Por la noche, la ventisca es más violenta, por lo que estar dentro del saco a mis anchas, me motiva. Sin embargo, a eso de las diez de la noche oigo voces distorsionadas por el alboroto del viento contra las tiendas. Gritan para entenderse entre ellos y consigo darme cuenta de que son las bestias de los franceses que se pasean a cualquier hora por el mismísimo infierno. Esa ruta que quieren abrir a este paso se les va a quedar pequeña. Me da la sensación que han salido del campo base después de un buen almuerzo y no me equivocaría diciendo que hasta hayan jugado una partida de cartas. Estos guías franceses con tal de experimentar y asimilar cualquier situación se sienten felices. Intuyo además el diálogo que se traen. Sain les había dicho ayer por teléfono que cogieran mi tienda para que pudieran dormir hoy aquí. Claro está que en estos momentos no puedes montar una tienda a no ser que la situación sea de vida o muerte. Asomado en la entrada de la tienda y recibiendo perdigonadas de hielo, les grito que vengan hacia mí y que se repartan en las dos tiendas que usamos ayer. Cristian, el grandullón, asoma con una expresión de decir: “ Alberto, a lo mejor me quedo un rato afuera para aprovechar estas ráfagas de ventisca como masaje terapéutico para mis huesos”. Le veo entrar en la tienda desde mi camastro como si yo fuera la mujer que espera a su marido que viene de juerga a las tantas de la noche. Se sienta al lado y me da la impresión de que le está dando pena perderse el ambiente de fuera, como si hubiera dejado a la cuadrilla afuera en el último bar y se arrepintiera de haberlos abandonado. Sus movimientos son lentos y no sabe por dónde comenzar a desvestirse. A parte del traje blanco de nieve que trae y que lo va desmigando por toda la tienda, tiene un buzo de plumas rojo que de momento se resiste a desprenderse de él. Las botas parecen estar soldadas a los pies y hace maravillas para quitárselas.
Dirá lo que quiera pero andar a estas horas y con un temporal así es de inconscientes. Bueno, en realidad son guías de Chamonix y aprovecharán a vivir experiencias de otra índole, ya que no van con clientes. Eso será.
“Es que se nos ha hecho un poco tarde esta mañana. Que si hacía bueno, que si hacía malo. Al final, hemos salido del campo base a las once de la mañana”, me dice.
El cisco que me ha armado dentro de la tienda este cachalote es monumental. Todo su mono de plumas está blanco, así que entre lo que ha entrado y lo que ha traído él, estoy apañado. Por muy pequeño que sea este lugar yo aquí soy el “amo” de casa y después de haber fregado, barrido y recogido todo a nadie le gusta que vuelvan a desordenar.
Después me quedo pensando lo difícil que es quedarse sólo en esta montaña, ni aún habiéndolo elegido.
Por la mañana reacciono rápido y tras colocar en mi petate las cosas que necesitaré la próxima vez, me voy escapado para el campo base. Me despido de Cristian que por el semblante que me muestra, me da la impresión que se va a quedar todo el día tirado a la bartola. Lo malo será que le entre el hambre y acabe con todo.
Un poco de nieve y la omnipresente ventisca, me acompañan en la bajada y me la hacen más entretenida. Pensando así, me da la impresión de que Cristian me ha contagiado sus andares y su desfachatez por estas montañas. No viene mal y resulta incluso divertido. Tanto que se me ha hecho corto y ya me deslizo por las rampas de nieve caldosa en dirección a las tiendas que se ven en la escombrera que forma el espacio apretujado entre el paso del glaciar y el pie de la montaña.
Resulta que el primer campamento por el que tengo que pasar están montándolo ahora y por el habla de uno que viene a saludarme son los que pertenecen a mi expedición.
“Jorge Egotxeaga está aquí trabajando”, me dice “Tú debes de ser Alberto Zerain, yo soy Javier Feito”. Para el permiso del K 2 la agencia me añadió a otro grupo que iba a intentarlo y por fin puedo saber quiénes son.
“Encantado”, le digo sorprendido.
Luego me ha puesto al día de todo lo que han hecho y no han hecho. También me dice que cuando vaya a mi campamento encontraré a un chico que se llama Martín Ramos, de Zamora.
“Al parecer se quedará con vosotros, ya sabes, cosas de las agencias así no tienen que volverse locos. Él, es el que ha hecho cumbre junto con Jorge hace apenas cinco días, lo que pasa que Martín ha traído un dedo del pie un poco tocado del G 2 y Jorge le ha aconsejado que el K 2 es mucho para el dedo, que vaya al Broad”, sigue contándome hasta que Jorge se acerca a saludarme.
Tras dos palabras justas para presentarnos, se va a sus quehaceres dejándome de nuevo con Javier que parece que tiene mono de hablar.
“Ya me ha dicho Jorge que estos grupos que hay por aquí no arrancan todavía a hacer nada. Sólo llevamos desde ayer por la tarde y según parece todos están pendientes de lo que vayan a hacer los demás. No puede ser, así se pasa julio entero y todavía no van a tener montado ni el campo 4. Alguno anda que no sabe por dónde le da el aire. También hay un figura que se sube a un pedrusco y se tira una hora haciendo gimnasia de mantenimiento. Me parece que voy a estar entretenido”. Entonces le interrumpo para preguntarle cuando piensan atacar ellos, a lo que él me contesta:
“Este Jorge va a salir para cumbre escopeteado. Ya sabes lo fuerte que es. A la mínima les va a demostrar al vecindario cómo se sube un Montañón de estos. Por si acaso, que sepas que yo no escalo, que yo solo vengo como acompañante, soy su tercer ojo y por eso a Jorge le va bien tenerme de cordada en el campo base. Me doy el gusto haciendo una escapadita de la rutina y de paso ayudo en lo que puedo a gente como Martín, Jorge, o tú mismo que, para mi sois de otra galaxia. Siendo más preciso, soy como un manager, aunque este Jorge pasa de todo eso, si me oye hablando así me fulmina con la mirada. Ya sabes, su medicina, su filosofía, su novia, sus amigos, su estilo y lo demás va a su aire. Le da por rasca cualquier ambiente donde haya mucha tontería, es sencillo hasta la exageración. Parco en las palabras y en la comida, aspectos estos que acabarían conmigo. Tanta frugalidad no va conmigo, en fin, que Jorge es de forma de ser reservada. Para comunicarse con quien haga falta, para eso estoy yo. Los coreanos ya me conocen todos y estos de Singapur que han venido hace dos días ya me dejan pasar por la cocina como si fuera de casa. Yo soy así de extrovertido. Venga vámonos a ver quién nos invita a tomar un té”.
“Yo sé dónde vamos a tomar un rico té y de paso te voy a presentar a los que me han acogido antes de llegar vosotros aquí”.
“Sí, sí, Alberto, llévame adonde esa gente que espero que tengan generador porque tengo un montón de accesorios que me gustaría cargar”.
Este Javier es entretenido pero me está poniendo la cabeza como un bombo y ahora además va con el papel de pedigüeño oficial. Miedo me da que no le echen de aquí con el descaro que tiene y a mí con él.
Nick y Hugues han pensado que Javier es un familiar mío, así que cuando ha ido a saco a pedirle a Nick no sé qué cosas, yo miraba para otra parte.
“Esta gente está provista de cojones, ¡mira qué pedazo de generador! Subir, no sé si subirán pero esto sí que es nivel”.
“No te extrañe Javier, el padre de Nick trabaja en la Nasa, si quieres que te dé algún parte climatológico o quieres que te muestre la ventana que tiene al mundo desde su portátil, éste muchacho es el indicado. Además me han dicho que su página web es la más visitada de cuantas existen de montaña. Alucina con el niño”, le digo pensando que no me entiende.
“No sé los días que estaremos por aquí pero ya lo creo que voy a estar entretenido”, dice Javier entusiasmado.
Después de un té con pastas y algo más de conversación con Hugues, voy pensando en regresar con los míos al campo base del Broad Peak. Antes de salir, entra Gerard, el irlandés y consulta con Hugues un tema de informática que por la expresión que muestra, no entiende demasiado.
“No te preocupes Hugues, si me dejas el libro de instrucciones ya lo puedo solventar yo mismo”, le dice Gerard.
“Pues va a ser que no, porque no lo he traído, pero tranquilo que yo tengo algo mejor: tengo el teknoniño”, y señala a Nick quien al momento resuelve el problema. Los demás reímos la ocurrencia de Hugues, que está con Nick como si fuera su hijo pequeño. Se ve que además de apreciarse como compañeros de expedición, se empiezan a querer.
Con la sensación de haber hablado para los próximos días, me despido de todos pensando en que nos veremos pronto, ojalá sea para ir a cima.
Cuando veo a Martín en mi tienda, sentado y formalito, le estrecho mi mano como si ya lo conociera desde hace tiempo.
“¿Qué tal Martín? Enhorabuena por tu éxito en el G 2. Yo soy Alberto.”
“Ah, ¿Has estado con Javier? Bueno, bueno… No habrás tenido tiempo para aburrirte, seguro”, me dice amablemente.
Al lado de Martín está José Carlos Tamayo que ha venido desde su campamento del G 4 a ver qué tal nos va.
“Así da gusto regresar a casa, es un lujo tener semejantes visitas, les digo mientras doy un abrazo a José Carlos”.
“Para mí sí que lo es, tus amigos me están agasajando hasta con lo que tenéis reservado para la cumbre, me va a dar pena marchar de aquí”, dice agradecido.
“Tú ya lo deberías saber Carlos, para nosotros todos los días son como si hiciéramos cumbre. Esta es una expedición de lujo para ricos. Ricos de espíritu. Y respecto a lo de que te da pena marchar: ¡quédate aquí hombre! Tu compañía es para nosotros como una bendición y si traes a Juan Vallejo, mejor. Ni te imaginas “la huella” que podría dejar vuestra presencia aquí. Ni te imaginas la ilusión y la motivación que nos daría. Sería de película teneros a los dos aquí, ofreceros nuestras más ricas viandas y luego despediros para que mano a mano, abráis un buen surco desde el campo 3 hasta la cumbre”, le digo pasándome ya de gracioso.
“Por lo que veo el K 2 te ha tratado bien; te veo en forma y con chispa”, me dice sonriendo.
“Aitor nunca se cansa de decirlo: más vale tener humor que en los huevos un tumor”, habla nuestro nuevo jefe de expedición, Santi.
Massur me trae agua caliente para la ducha, así que antes de que el sol pierda fuerza aprovecho para asearme. Una ducha, amigos con los que pasar un buen rato y la satisfacción del trabajo bien hecho, le suben el ánimo a cualquiera. Por si acaso la última jarra de agua que me tiro cabeza abajo es helada, no vaya a ser que se me suba demasiado el pistón.
De nuevo estoy sentado a la mesa y disfruto conversando con Martín que cuenta las cosas con aire de nobleza poco común. Santi está encerrado en su mundo, con los cascos puestos y un libro entre las manos. Alfredo está preparando el generador como casi siempre y hoy con más razón, si cabe, ya que los franceses, los rusos y nosotros mismos, le pondremos a prueba con un montón de baterías. Lina y Aitor, contando la de hoy será la tercera noche que pasen en el Broad. Diego está en la tienda, al parecer está un poco delicado y “algo” me dice que su mal es más de amores que de otra cosa. Esto de tener teléfono en estos lugares olvidados de Dios, en ciertos momentos, evocan imágenes que te dejan enfermo al no poder ver ni tocar a la persona por la que suspira tu corazón. Minuto a minuto, la voz, la respiración, el escalofrío del cuerpo, los susurros e incluso los silencios, acallan los rugidos del glaciar y los vientos que viven en los dos ochomiles que tenemos al lado. Después, cuando la línea se corta, sólo queda un cuerpo suspendido en el aire que va cayendo roto hasta posarse de nuevo en las piedras del maldito glaciar. Cómo no pensar que Diego haya necesitado de refugio dentro del saco para soñar y recobrar lo que le acaban de robar.
Pocas veces puede sentirse uno más a gusto al meterse en el saco cuando se nota cansado, igual que las hojas sabias de otoño que se echan bajo los árboles. Y si al mismo tiempo ninguna tarea u obligación espera al día siguiente, los sueños vendrán a llevarme por hermosos lugares como a las hojas el viento les hará viajar por donde quiera. Las únicas tareas por las que preocuparse mañana, serán, comer y seguir viviendo.
Estamos a doce de Julio y quizás en la siguiente salida se pueda dar la ocasión de salir hacia la cumbre. La climatología y nuestra disposición, lo decidirán. ¿O será sólo la climatología, si se presenta favorable, la que nos llevará con la fuerza de una avalancha? Está claro que cuando ya rozamos la aclimatación necesaria para poder enfrentarnos a intentar la cumbre, este suele ser el dilema.
Si el tiempo es malo durante muchos días seguidos, sólo pensamos en que deponga su actitud para salir sin más miramientos hacia el objetivo. Sin preguntarnos siquiera si estamos preparados para afrontar el asalto a la cima. Por el contrario, otras veces en que disfrutamos del merecido descanso tras haber estado por los campos de arriba, y casualmente el tiempo es formidable: ¿Qué hacemos? ¿Seguimos a la bartola o aprovechamos para subir no vaya a ser que esta sea la oportunidad? El instinto es un aliado que en muchos casos no se tiene en cuenta. Es básico tener el olfato necesario para captar el momento apropiado en que hay que despegarse del campo base.
Resulta evidente que desde el saco y con el cansancio que tengo, el mañana no existe para mí, el ahora ocupa todo, y el ahora es dormir y dejarme llevar por los sueños.
Por la mañana el campo base está tranquilo. Desde la tienda se escucha el murmullo de Manssur y del ayudante de cocina, así como el graznido de algunas chovas que entre nosotros se encuentran como en familia. Abro la ventanilla de la tienda para apreciar el hermoso día que sin decir nada, ha venido de visita sorpresa. Mis ojos beben de la luz que todo lo envuelve y de inmediato recobro nuevos bríos que me hacen levantarme al nuevo día. Los franceses han madrugado más y andan en los quehaceres cotidianos, secando ropa, aseándose y cómo no, mirando a cada rato lo que compartimos, la belleza expresada con mayúsculas, donde cada montaña es una letra, un sueño, una ilusión.
Después del desayuno el glaciar nos trae caminantes que nos visitan con los que conversamos sin olvidar que hay varias tareas pendientes. Entre otras, está la de escribir la crónica para que la gente esté informada al día mandarla de la expedición. Las otras son: comer bien y cenar mejor. Además, hoy he cocinado alubias con todos los sacramentos menos la morcilla porque el viaje en bidón hasta el glaciar la ha dejado con un aspecto que ni para el perro. En la mesa está Javier Feito que ha debido oler el perolo desde el campamento del K 2.
“No, Alberto, no pienses así de mí. He pasado por aquí para despedirme de vosotros porque he decidido volver para casa”, me dice con tono serio después de escuchar la broma.
Tras dejar limpio el plato y llevar unos minutos instalado el silencio en la tienda cocina, Javier ha tomado aliento y nos ha contado con pelos y señales sus inquietudes, así como sus flirteos y andanzas amorosas….



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