Vida de glaciar

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Estos glaciares amables y gigantes del Tíbet dejan sitio en las morrenas después de su trabajo de miles de años a expedicionarios o caminantes que desean ver o escalar las montañas que los circundan. Dada la amplitud de la tierra tibetana, estos glaciares progresan por vastas alfombras de tierra, sin aparentar realmente el poderío que albergan en sus entrañas. Tampoco las masas gigantes de hielo se hunden como en los glaciares del lado nepalí o en tierras paquistaníes. Amable es la palabra para este tipo de fenómeno glaciar en el lado tibetano.
En el campo intermedio, donde ahora estamos, miramos a ambos lados y tenemos en una parte un amplio pedrerío que se alimenta de lo que va cayendo de la montaña que arranca allí mismo. Y al otro lado, precipicio abajo, el glaciar compacto de hielo, vestido con piedras que se han apuntado a viajar con él, todo esto, comprimido por las montañas que se alzan en esa parte. Es por esto que el glaciar se presta a que se puedan formar senderos por donde, además del ser humano, pasan los yaks sin inconvenientes.
Sin embargo, desde donde estamos hacia el campo base avanzado, un tramo ha quedado intransitable. El sendero, esculpido en un colmillo de hielo negro entre tanto pedregal que lo envuelve, de repente se convierte en un mirador para los yaks. Se trata sólo de pasar ese colmillo deslizándose por el pedrero hasta el curso del río. Una vez se pasa al otro lado, la morrena muestra la pista por donde los yaks podrían andar durante seis horas más. Es por esta razón que nos hemos vuelto hombres de glaciar, sube y baja por los pedregales. Tanto es así que el caos que aparenta ser un pedregal, comenzamos a percibirlo de otra manera. Las piedras se han ordenado de modo anárquico pero guardan su equilibrio que se debe intentar no despertar, utilizando un movimiento a veces acrobático, otras de danza y, en mi caso, cuando son varias las idas y venidas por el lugar, me permito ir relajado, sin pensar cómo o dónde pisar.
Llega un momento en el glaciar donde comienzan a elevarse enormes colmillos blancos de hielo que sólo desaparecen cuando uno se acerca al plató donde queda todo allanado por las avalanchas que bajan de los montes y las nevadas que tienen lugar allí.
Mientras tanto, acompañado de las chovas y de las palomas, junto con mi compañero de escalada y amigo Txingu, que no tiene la salud para bromas y, junto con Edorta y Gotzon, a quienes la vida de glaciar tampoco les está sentando tan bien, aguardo la oportunidad para escalar, en los siguientes cinco días, el 7500 del cual ya hablé en la crónica anterior, que está en el mismo macizo del Everest.

Publicado el 23/08/2010 por Alberto Zerain.

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